LA POLICÍA DEL LENGUAJE Y EL PENSAMIENTO

Escribe Héctor A. Palma

“(…) Y juro que en el futuro nunca diré

ni afirmaré, de viva voz o por escrito,

cosas tales que por ellas se pueda sospechar de mí;

y que si conozco a algún hereje o sospechoso de herejía,

lo denunciaré a este Santo Oficio o al Inquisidor u Ordinario

del lugar en que me encuentre"

(Galileo Galilei, Fragmento de la Carta de Abjuración a la errónea doctrina según la cual la Tierra se mueve)

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La policía del lenguaje del siglo XXI: censura, irracionalidad y autoritarismo

La historia nos facilita la comprensión de las distintas épocas en pocas líneas. Se resume la complejidad, se omiten los matices, se hacen trazos gruesos –a veces verdaderas caricaturas- pero al menos podemos hacernos un esquema mental simple de las épocas pasadas. Más difícil, y por diversas razones, es caracterizar el siempre complejo, matizado y contradictorio presente. Sin embargo, y a despecho de ser parciales vale la pena preguntarse ¿en qué época vivimos? Por un lado la Humanidad enfrenta desafíos planetarios que comprometen no solo la supervivencia misma de la especie sino también la autocomprensión humana a través de las potencialidades y promesas de la genética. En ese contexto, el mundo occidental se regodea con más y más libertades individuales, con más y más reivindicaciones subjetivas y privadas detalladas hasta el paroxismo; pero al tiempo reverdecen puritanismos furiosos, censuras escandalosas, actitudes intolerantes y violentas.

Casi como un oxímoron histórico las libertades individuales se defienden sobre la negación de las libertades de los otros, y no como una corriente alternativa de pensamiento...

Como se comprenderá el tema resulta sumamente amplio y por ello aquí solo me ocuparé de algo que está ocurriendo con el lenguaje.

Todos sabemos la diferencia entre lo representado en el arte y la realidad. De hecho cuando presenciamos una obra de teatro, o leemos una novela o vamos al cine, celebramos un acuerdo tácito con la obra. Un acuerdo de verosimilitud, aunque claramente no acerca de la verdad: sabemos perfectamente que es ficción. La policía no espera a la salida del teatro al actor que encarnó a un asesino para llevarlo detenido; no llegan ambulancias a socorrer heridos de la obra; ninguno de nosotros salta al escenario para ayudar a una persona en peligro. Jugando un poco con esta obviedad hace más de un siglo y medio Estanislao del Campo compuso su delicioso poema gauchesco “Fausto, Impresiones del gaucho Anastasio el Pollo en la representación de esta Ópera”, su obra más conocida.

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> Anastasio “el Pollo”, realidad y ficción

A orillas del Río de la Plata, allá por 1866, el Gaucho Anastasio el Pollo le relata con todo detalle a un viejo amigo (“de apelativo Laguna”) las vivencias e impresiones que le suscitaron haber presenciado la ópera Fausto de Gounod (basada en la obra de Goethe del mismo nombre). Como en todas las obras del linaje “Fausto”1 el diablo interviene y le concede a alguien su deseo más fuerte e imposible a cambio del alma. En este caso el Dr. Fausto, un abogado ya entrado en años, sufre sin ninguna chance por el amor no correspondido de Margarita, una bella y joven rubia. El Diablo le ofrece lograr que Margarita se enamore de él a cambio de su alma el día en que muera. No contaré más pero invito, en cambio, a la lectura del delicioso poema.

El lenguaje gauchesco y la forma poética le otorgan a esta charla de dos viejos y entrañables amigos un rasgo particular, y la referencia a lo ocurrido en la obra se entremezcla con cuestiones cotidianas sobre la vida, el amor, los caballos, la amistad, etc.

Rápidamente el lector se percata de que ni Anastasio ni Laguna pueden diferenciar realidad de ficción, lo real de lo representado. Anastasio cuenta la obra como algo que efectivamente ocurrió delante de sus ojos y Laguna le creía. No se trata de aquel pacto tácito donde entra la ficción, lo verosímil, la credulidad consentida. Para estos dos, representación y realidad son la misma cosa.


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En verdad, cuando Estanislao del Campo escribe esta obra el Estado argentino está en pleno proceso de consolidación y está instalada en el imaginario corriente la creencia según la cual las culturas atraviesan por estadios de salvajismo, barbarie y civilización; ya hacía una veintena de años de la publicación del Facundo (o Civilización y Barbarie) de Sarmiento. Y aunque los personajes reúnen aspectos positivos como el culto a la amistad, la honestidad, la franqueza, la empatía con los que sufren, también es cierto que el gaucho simbolizaba la barbarie y la ignorancia, la imposibilidad de disfrutar e incluso entender manifestaciones más o menos elementales como una obra de teatro. Pero si bien ni la candidez ni la bonhomía de los personajes los libera de su ignorancia, se trata de una ignorancia inocua, incluso simpática (si se consigue obviar la estigmatización y exageración de los personajes). Anastasio toma partido por los personajes pero no se le ocurre intervenir en lo que está viendo.

Si no fuera porque el poema que nos ocupa tiene más de 150 años, casi podríamos imaginar -haciendo uso de una licencia o trampa temporal- que Del Campo está ironizando o se está burlando de personajes e instituciones que también desconocen la diferencia entre realidad y ficción artística aunque sin la ignorancia de Anastasio, sino justamente desde estrados supuestamente ilustrados e incluso académicos.

PIETER BRUEGEL : 'LOS CIEGOS GUIANDO A LOS CIEGOS'

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> La policía del arte y del lenguaje

En octubre de 2019 la UNESCO instó al artista plástico Stéphane Simon cubrir con ropa interior a dos estatuas que representaban a personas desnudas en la exposición titulada Memory of me, para “no ofender algunas sensibilidades”. Aunque después la UNESCO aseguró que se trató de un malentendido, los ingredientes propios de los nuevos puritanismos se asocian claramente: un hecho trivial como un cuerpo desnudo, la “sensibilidad” particular de algunas personas como principio universal de la moral, una institución que no se atreve a romper con lo que supone políticamente correcto2

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En diciembre de 2019 y en la misma línea de lo anterior, es decir por herir la sensibilidad de algunas personas, la Universidad de Cambridge decidió descolgar de una de las paredes de su comedor la magnífica pintura del siglo XVI “El mercado de las aves”, de Frans Snyders. Se trata de un lienzo que mostraba varios animales muertos (entre ellos un jabalí, un cisne, venados y aves de caza) que habría molestado a la gente que no come carne.

¿Cuál es el límite de la sensibilidad particular herida o molestada, de estas minorías ultra-sensibles pero políticamente correctas y extremadamente vociferadoras y militantes para privar al resto de los mortales de obras de arte que no los ofenden?

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En abril de 2019, la escuela Tàber de Barcelona (cuya titularidad corresponde a la Generalitat) ha decidido retirar de su catálogo infantil 200 cuentos por considerarlos sexistas. Si esto ya de por sí resulta, por decirlo benévola y amigablemente, de una ingenuidad inédita, peor es la propuesta de reescribir los cuentos clásicos infantiles en clave no machista3.

Hace pocos meses el escritor español Arturo Pérez Reverte salió al cruce de una situación similar. Él lo dice mucho mejor que yo:

“Acabo de escuchar a una autodenominada escritora española asegurar que un novelista debe comprometerse con los valores éticos y no escribir lo que pueda interpretarse —ojo al pueda interpretarse— como apología de la violencia, machismo y otros perversos mecanismos. «Hay que exigir responsabilidad a los creadores», afirma, citando como autoridad a una crítica literaria que hace un año metió la gamba hasta el corvejón afirmando que Lolita de Nabokov es una apología de la violación pedófila, y que los escritores deben tener cuidado con lo que escriben. (…) Lo que importa es subrayar que sigue la murga, y que va a más la cacería de quienes no crean, pintan, componen o escriben cosas al dictado de los nuevos tiempos.

Porque vamos a ver, mojigatos de pastel. Hablando de contar historias, que es mi oficio y el de otros, hay autores que asumen compromisos éticos, políticos o de lo que sea, y los sostienen con dignidad y consecuencia; como José Saramago, por ejemplo, que fue mi amigo y siempre mantuvo, dentro y fuera de sus novelas, un compromiso moral. Pero ésa no es obligación, sino elección libre. Un novelista puede elegir la postura opuesta, o ninguna: enfocar cada trama y personaje como le dé la gana. ¿Por qué no un protagonista violador o asesino? ¿Por qué renunciar a caracteres inmorales, perversos, viciosos? ¿Acaso somos tan imbéciles como para creer que lo que piensa o hace un personaje de ficción es trasunto del autor?

Otros inquisidores van más allá. No exigen relatos, sino propaganda de sus ideas. Y si no, que se retiren los libros. Que los quemen y desaparezcan. En unos casos, porque juzgan inconveniente el contenido. En otros, fuera de la obra —que ni siquiera conocen—, porque consideran al autor antipático, inmoral o malvado, y creen que eso invalida una obra. (…)

Un autor sólo tiene una responsabilidad: contar bien sus historias para que luego el público apruebe o condene su resultado, no al autor. Imaginen, de ser así, qué sobreviviría en literatura. Curiosamente, basura moral como Sartre, el Neruda admirador de Stalin o gente con la sucia vida privada de Carlos Marx —iconos de la izquierda— escapan siempre de la quema; pero ¿qué pasaría con la Biblia, con ese Yahvé vengativo y hasta criminal? ¿O con Rousseau, pésimo padre y misógino sin complejos? ¿Y con Cèline, D’Annunzio, el Barón Corvo, Curzio Malaparte, Casanova, Ian Fleming, Bukowsky, el Bram Stoker de Drácula o la Emily Bronte de Cumbres borrascosas? ¿O con el espantadizo y poco comprometido Stefan Zweig?

Salvando la distancia con todos esos autores, puedo afirmar que desde hace treinta años escribo novelas, no para mejorar el mundo ni redimir a la Humanidad, sino porque me gusta imaginar historias y contarlas. Lo mismo me manejo con un torturador y asesino que con una buena persona o un perfecto caballero. Lo que busco es limpieza y eficacia narrativas; y según las necesidades de la trama, me reservo el derecho a representar el bien y el mal como crea conveniente”

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El lenguaje (tanto el artístico como el común) resulta ser así uno de los blancos preferidos de ciertos grupos que parecen creer que las lecturas y las convenciones del lenguaje tienen una capacidad performativa infalible y absoluta. ¿Imaginan que si escuchamos o leemos tales y cuales cosas o nos expresamos con algunas convenciones lingüísticas, todos pensaremos y haremos lo mismo? Ni más ni menos que eso imaginaban los censores cinematográficos que supimos sufrir en otras épocas o la inquisición que debía aprobar los libros en España durante el horror franquista.


¿Imaginan, acaso, que si en vez de hablar fluidamente con unas convenciones lingüísticas más o menos idóneas y bellas lo hacemos mediante un mamarracho cacofónico que solo logra entorpecer más y más la comunicación estaremos contribuyendo a borrar las desigualdades?

¿Imaginan que una jerga que incluye solo a algunos y que para lo único que sirve es para que el hablante se identifique ideológicamente (algo bastante parecido a los pequeños escuditos que algunas personas usan para mostrar que pertenecen a alguna institución, partido político o club de fútbol) puede ser tan poderosa?

Las censuras dictatoriales más funestas y los inquisidores más fundamentalistas, seguramente llamarían a la prudencia si se confrontaran con estas verdaderas hordas policíacas (en este caso ilustradas, digámoslo, no como el Anastasio) que hoy pululan por las instituciones políticas, académicas, científicas, y por los medios masivos indicando qué debemos pensar, cómo debemos hablar, qué tenemos que leer o qué cine debemos consumir so pena de condenarnos a la muerte civil a través de las cloacas de las redes sociales.

Se sonrojarían esos inquisidores si vieran que en estos tiempos y en nombre de las libertades y derechos individuales, un festival de gritadores está cercenando no solo las opiniones divergentes, sino sobre todo el pensamiento reflexivo más elemental.

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> La Academia, que no es poco

Esas instituciones académicas que fracasan constantemente no solo en lograr que sus estudiantes lean algunos libros completos sino que ni siquiera pueden resolver la cuestión básica de la lecto-comprensión en la mitad de sus ingresantes ¿creen estar contribuyendo al conocimiento y al pensamiento crítico cuando aprueban en sobreactuadas reuniones directivas la utilización de una jerigonza afectada y vacua? ¿Pero acaso la Humanidad no está inundada de miles de personas que simplemente no han seguido los dictados de las costumbres y las tradiciones, independientemente de su educación, de cómo hablen o de lo que hayan leído de niños o en su vida? ¿consideran a todos tan idiotas o solo hablan de sí mismos?

Es difícil saber en qué terminará todo este festival de intolerancia y tonterías, cuántos desvaríos epistemológicos inundarán las instituciones académicas. Probablemente, y como suele suceder, poco a poco las cosas buscarán cierto equilibrio.

Pero mientras tanto, y paradójicamente, estos incansables militantes de la banalidad no se dan cuenta de que mientras festejan sus efímeros y dudosos logros en cuanto a derechos civiles, no solo llegan a destruir las vidas públicas de muchísimas personas, sino que todos vamos perdiendo derechos sociales que parecían consolidados. <><>

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Dr. Héctor A. Palma

-Profesor de Filosofía de las Ciencias / Investigador del LICH-CONICET-UNSAM - (Escuela de Humanidades. Universidad Nacional de San Martín)

-Profesor del Seminario “Mejoramiento genético en humanos. Historia, mitos y realidad”, Universidad Nacional de Hurlingham

- Autor de "Mejoramiento genético en humanos. De la eugenesia al transhumanismo" (2019)

  • https://unsam.academia.edu/HectorPalma/CurriculumVitae

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1 El personaje Fausto surge de una leyenda clásica alemana (aunque hay referencias de que ha sido un personaje real e histórico) y su historia ha sido llevada a la literatura (y también musicalizada) en varias ocasiones.

2 https://www.clarin.com/viste/unesco-pidio-vestir-ropa-intima-estatuas-genero-polemica_0_U97Dp1pf.html

3 https://elpais.com/ccaa/2019/04/10/catalunya/1554930415_262671.html

4 https://www.eldiario.es/micromachismos/Cambiar-historias-infantiles-reproducen-machismo_6_752134806.html

6 comentarios

  1. Lala Altschuler 22 febrero, 2020 at 15:49 Responder

    Los militantes de la banalidad atacan la ópera Carmen, consideran que su final es femicida!!! El Facebook también lo ejerce prohibiendo que se publiquen como ilustración afamadas pinturas que contienen desnudos y están en galerías de arte. Gracias por el artículo.

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