INVIERNO ROJO 1917 - CON LA REVOLUCIÓN NACE LA CONTRARREVOLUCIÓN

INVIERNO ROJO - COMIENZA EL CAMINO

Cuarta y última entrega de la saga a 100 años de la Revolución
 Escribe Pedro Cazes Camarero

¿Por qué importa hoy el análisis de la primera revolución que enfrentó a obreros, campesinos y soldados con la autocracia, el latifundio y los capitalistas?
Porque fue la primera que triunfó; porque aró sobre territorio virgen; porque aprendió -un poco- de la derrota de la Comuna de París; porque la primera medida fue un llamado a la paz y terminar con la Primera Guerra Mundial.
100 años después ese proceso luce más utópico que nunca.

Abiertamente, ante todo el pueblo, hemos levantado el estandarte de la insurrección. La fórmula política de este levantamiento es “todo el poder a los soviets”, por intermedio del Congreso de los Soviets. Nos critican diciendo que no esperamos el Congreso de los Soviets para dar nuestro golpe de estado. Hubiéramos esperado, pero era Kerenski el que no quería esperar. Los contrarrevolucionarios no dormían. .. si el Congreso de los Soviets se hubiera visto cercado por los junkers, ¿cómo podría conquistar el poder? Para realizar esa tarea era preciso un partido que arrancase el poder a la contrarrevolución y les dijese: “Aquí tienen el poder, su deber es tomarlo”!”

Discurso de Trotsky a los congresales el 26 de octubre de 1917,  citado por John Reed


  • SE REÚNE EL CONGRESO DE LOS SOVIETS

Al Segundo Congreso de los Sóviets acudieron unos seiscientos setenta delegados, entre ellos trescientos noventa bolcheviques y cien social-revolucionarios de izquierda, que también apoyaban el derrocamiento del Gobierno de Kérenski. El apoyo a los bolcheviques venía creciendo en los últimos meses antes del congreso, aunque no contaran con la mayoría absoluta de los delegados.

El ambiente era bastante caótico. El control de las credenciales de los delegados era dificultoso y volvía lento el ingreso a la hermosa sala de columnas blancas del palacio Smolny, oscurecida por el humo del tabaco y casi repleta a las ocho de esa mañana del 25 de octubre de 1917. La composición de clases de la concurrencia saltaba a la vista por la indumentaria. Predominaban los capotes raídos de los soldados del frente de batalla y la ropa gris de los obreros. Todo el mundo charlaba animadamente con los vecinos, muchas veces desconocidos, lo cual resultaba en muchos casos en el brusco cambio de posición política de los tímidos delegados campesinos, quienes llegaban todavía vacilantes a la reunión.

Pasaba el tiempo y la asamblea no comenzaba. Los bolcheviques hacían tiempo porque deseaban ofrecer al congreso el hecho consumado de la toma del palacio de Invierno, símbolo del poder. A pocos kilómetros, los combates siguieron efectuándose todo el día. Los mencheviques, en tanto, tampoco tenían apuro porque se hallaban divididos en fracciones irreconciliables y no lograban ponerse de acuerdo. Discutían en susurros en un rincón de la sala.

Salón de asambleas de Smolny

Fuera del palacio, el viento helado golpeaba contra los muros del palacio, que carecía de calefacción; pero la muchedumbre se hallaba caldeada por el hacinamiento y el aire ardiente de la política. Llegó la noche. En una habitación enorme y vacía situada junto al salón de reuniones, todavía disfrazado con una gran peluca y gafas falsas, Lenin controlaba la situación sentado en una silla solitaria. “Pequeño” y otros dos bolcheviques estaban sentados en el suelo, apoyados contra la pared, bebiendo sopa caliente en jarros de hojalata. Trotsky y Lunacharsky llegaron preocupados: no se podía postergar más el comienzo de la sesión. El país entero esperaba junto a las oficinas de telégrafos. Lejos, los cañones del crucero Aurora tronaban en la oscuridad. “Bueno” dijo Lenin, meneando la cabeza, “comencemos nomás”.

Comenzaron las sesiones con muy pocos jefes comunistas presentes, porque se encontraban atareados en la lucha del Palacio de Invierno. Se impuso de entrada la moción bolchevique de elegir una representación proporcional a las delegaciones: catorce bolcheviques, siete social-revolucionarios, tres mencheviques y al menchevique internacionalista Yuri Mártov. El bolchevique Kamenev, quien ya vimos que era bastante conciliador y poseía aptitudes personales excelentes para el cargo, fue nombrado presidente del congreso y de inmediato expuso el orden del día que deseaban tratar los leninistas (formación de un nuevo Gobierno, acciones para acabar con la guerra y la convocatoria de la Asamblea Constituyente).

El ala derecha de los mencheviques y de los social-revolucionarios estaba en franca minoría, pero deseaba realizar una acción espectacular retirándose en masa del congreso ante cualquier hecho consumado producido por los bolcheviques que les proporcionara el pretexto. Martov propuso entablar negociaciones pacíficas y la creación de un gobierno de coalición entre todos los partidos. La derecha estaba segura de que los bolcheviques rechazarían la moción, pero sorpresivamente éstos la aceptaron. Ante esto, la derecha no sabía qué hacer; el ala más reaccionaria de los mencheviques proponía incluso disolver el congreso de los soviets. Finalmente, unos setenta delegados se retiraron. El resto se unió a las fracciones centristas. Martov, desesperado, gritaba bajo el ruido de los cañonazos: “¡Es necesario detener la efusión de sangre!” “Calmate, Yuri, son solamente rumores”, le decían en broma los representantes bolcheviques. Los cristales de la sala vibraban al son de los disparos.

La idea de los revolucionarios era constituir un gobierno soviético, pero ello resultaba imposible mientras existiese el Gobierno Provisional escondido en el Palacio de Invierno.

Una moción de cuarto intermedio de media hora fue adoptada a las dos de la mañana. Al final de la misma, en un silencio sepulcral, Kamenev informó al Congreso que el Palacio de Invierno había caído en manos de los insurrectos. Los antiguos ministros se hallaban detenidos. El poder estaba en manos del Congreso. Delegados de todas las unidades del frente comenzaron a llegar con sus adhesiones. “La gente lloraba abrazándose”, atestiguó el periodista estadounidense John Reed.

** Llamamiento bolchevique a los obreros, campesinos y soldados leído por Lunacharski

Redactado a toda prisa para ser presentado en el Congreso de los Soviets en la madrugada del 26 de octubre de 1917.

Los plenos poderes del Comité Ejecutivo Central conciliador han expirado. El Gobierno Provisional ha sido depuesto. El Congreso de los soviets toma el poder en sus manos… El gobierno soviético propondrá una paz inmediata, entregará la tierra a los campesinos, dará un estatuto democrático al ejército, establecerá el control de la producción, convocará en momento oportuno a la Asamblea Constituyente, asegurará el derecho a todas las naciones de Rusia a disponer de sí mismas… el Congreso decide que todo el poder, en todas las localidades, debe ser entregado a los soviets”

El llamamiento fue aprobado con sólo dos votos en contra.


** La aurora azul

Al amanecer, los delegados votaron un cuarto intermedio para ir a dormir un poco. Al salir del Smolny, una bocanada de aire limpio y helado los espabiló. El paisaje era gris azulado, grises las calles empedradas, celestes los árboles sin hojas, plomizos los tranvías que gemían cruzando las bocacalles. Aquí y allá ardían aún las hogueras encendidas durante la noche por los combatientes, medio congelados en sus trincheras improvisadas.

A lo lejos, el Palacio de Invierno constituía sólo un espectro negro.

Fuera del área de los combates, la ciudad mostraba una normalidad absoluta. Mujeres jóvenes llevaban de la mano los niños a la escuela, los ciclistas zigzagueaban en el aire gris, camiones despidiendo humo grisáceo, repletos de obreros azules cargados de herramientas se alejaban hacia el barrio de Putilov. Los canillitas, llevando gruesos fajos de periódicos con la tinta aún fresca, voceaban las principales noticias por la Perspectiva Nevsky. Integrantes de las clases acomodadas comenzaron así a enterarse de la revolución, sin percibir todavía la magnitud de lo ocurrido.

Tanto los diarios burgueses como los de la derecha socialista apostaban ciegamente al naufragio del nuevo gobierno soviético debido a su absoluta inexperiencia y al boicot al que sería sometido por la burocracia del Estado: ante todo por los empleados bancarios, los obreros de los ferrocarriles y las telefonistas de las centrales. Legiones innumerables de imaginarios soldados leales a Kerensky se estarían dirigiendo, en tanto, desde el frente de batalla a la capital, con el propósito de reponer al gobierno provisional. Los “petimetres” y su compañía femenina deglutían sin vacilar tales patrañas, mitad amenaza, mitad esperanza.

Los socialistas de derechas, que se habían retirado del Congreso y se oponían a la toma del poder, formaron un “Comité para la Salvación de la Patria y la Revolución”, el primer centro de oposición al nuevo gobierno soviético. El Comité denunció las acciones de los bolcheviques, solicitó el apoyo de la población y anunció su intención de formar un nuevo gobierno. El partido burgués de los kadetes, a pesar de su oposición a los bolcheviques, no ingresó en ese nuevo Comité de Salvación, y continuó defendiendo la legitimidad del ya desaparecido Gobierno Provisional.

El “Pravda” de los bolcheviques no se leía mucho en los cafés elegantes, iluminados vivamente con gas, pero en las barriadas de la periferia grandes grupos silenciosos se formaban en torno a lectores que manejaban con cuidado la frágil página tamaño sábana y leían en alta voz, bajo fanales de kerosén, el listado de los decretos del congreso de los Soviets.

 

Bomberos limpian salas de palacios antes de la revolución


** Comisarios, no ministros

No me gusta la palabra ministro” dijo Lenin, mientras untaba con manteca una hogaza de pan francés. Nadesha Krúpskaia, sirviendo el té, reflexionó: “Da lo mismo, Vladia, lo importante es el contenido”.

Los franceses del año 1793 tenían la palabra Convencional para designar a los delegados políticos de la Convención” recordó Stalin.

Lo simbólico tiene cierta importancia, camaradas. “Secretario de Estado suena mejor que ministro” afirmó Lunacharski, alargando su jarro abollado bajo la tetera. El grupo quedó silencioso.

Comisario” dijo de pronto Trotsky. “Comisario del pueblo para esto, comisario del pueblo para lo otro”.

No sé” reflexionó Krupskaia, “me suena a policía”.

¡Justamente!” saltó Stalin, “buenísimo”. “Queda acordado entonces” concluyó Lenin. “Un Comisario del Pueblo para cada cosa”.


** Regresa Malinovsky

El vicecónsul inglés Robert Lockhart se hallaba nuevamente de visita en el palacete de la princesa Cantacuzene-Spiransky, pero esta vez los ventanales se hallaban cerrados y no había “pusinsky” para tomar el té. “No hay azúcar”, explicó la aristócrata. Una ráfaga de lluvia y nieve se estrelló contra los vidrios biselados. Pero la chimenea todavía exhibía un buen fuego, el té era ceilandés y los uniformes de las fámulas lucían blancos y almidonados.

Supongo que tiene arreglado su regreso a Washington”, comentó el diplomático.

Dado los hechos, no parece oportuno postergarlo” confirmó la madura princesa. “Pero es una lástima no poder enterarnos de lo que está ocurriendo en el Smolny”.

Lockhart carraspeó. “Si lo desea, yo puedo ofrecerle una idea”. Y de inmediato se lanzó a una descripción minuciosa del primer día del Congreso de los Soviets, ante la mirada asombrada de la americana. “esa información es oro en polvo. Pero …¿cómo?”

El inglés sonrió, bebiendo su té. “Malinovsky” confesó finalmente. “Pero si lo atrapan, lo fusilarán” observó ella. “Es muy escurridizo”, constató el diplomático.

Afuera pasaban los tranvías repletos de soldados y oficinistas. Lentamente crecía el crepúsculo del 27 de octubre de 1917, calendario viejo. Las farolas eléctricas de la Perspectiva se encendieron de pronto. Al fondo, el barrio obrero bullía en la oscuridad, quebrada aquí y allá por las luces de kerosén.


** La Central Telefónica

Las operadoras de la Central Telefónica de Petrogrado eran en su mayoría damas de edad mediana que se consideraban a sí mismas de clase media (pobres pero limpias) y no estaban exactamente sindicalizadas, pero sí aceptaban el liderazgo informal de la señora Ekaterina, algo entrada en carnes y en años, quien dialogaba amablemente, cuando era necesario, con el gerente de la compañía en nombre del colectivo femenino.

Cuando Antonov-Obseienko, demacrado y sin afeitar, quien sería ese mismo día confirmado como Comisario del Pueblo de las Fuerzas Armadas por el Congreso del Soviet, irrumpió en el salón de operaciones telefónicas acompañado por un pelotón de obreros armados, encontró que todo funcionaba de manera normal. Así se lo informó doña Ekaterina, algo nerviosa por el aspecto feroz de los jóvenes recién llegados.

Gerente” dijo telegráficamente Antonov.

Oficina” confesó Ekaterina, contagiada del laconismo del bolchevique.

La puerta vidriada se abrió de inmediato y el gerente hizo pasar a Antonov-Obseienko y a tres o cuatro trabajadores de mayor edad, con sus fusiles al hombro y sus tabacos apagados en los labios.

En nombre del Congreso de los Soviets de toda Rusia” informó el líder revolucionario, “esta Central queda bajo el mando del Comisario del Pueblo camarada Afílov”. “Afilov no está” susurró uno de los obreros a Antonov. “No importa” dijo éste. “Ya traeremos a Avilov. Mientras tanto, quiero saber si usted obedecerá las órdenes del nuevo gobierno”.

Depende” contestó el gerente.

¿Depende de qué?” De que esté de acuerdo con sus órdenes”.

Fusilémoslo” sugirió el obrero, también susurrando. “Un momento, no se pongan así” pidió el gerente.

Señora Ekaterina” llamó. La dama asomó su cabeza por la puerta. Los bolcheviques la miraron en silencio. Luego miraron al gerente. “Vean, camaradas” explicó el gerente, “De pronto me di cuenta de que estoy mal de salud”. Sacó un papel membretado de la carpeta oficial y rellenó unas líneas de puntos. “Señora” dijo a Ekaterina, “haga el favor de firmar”. Todos contemplaron cómo la mujer firmaba trabajosamente la planilla.

La señora Ekaterina es la nueva gerente. Me retiro” dijo el hombre. El obrero de la puerta le cruzó el fusil. Antonov hizo una señal y el gerente atravesó el umbral de la oficina por última vez. El jefe bolchevique sugirió a la dama que se sentase, a fin de explicarle la situación, pero ésta se dirigió al salón. Tres docenas de ojos femeninos la observaron en silencio.

Atención” dijo Ekaterina. “La central queda bajo las órdenes del Soviet”. Consultó con los ojos a Antonov. Éste asintió. “El nuevo Comisario Inspector es el señor Afílov, que momentáneamente no se halla aquí”, continuó. “Comisario del Pueblo”, corrigió Antonov. “Eso. Bueno, las damas que no deseen trabajar en las nuevas condiciones deben agruparse a mi derecha”.

Unos minutos después, un nutrido grupo de telefonistas se había reunido a la derecha de Ekaterina. “Pueden retirarse, ya no trabajan más en la Central”. Las operadoras cesanteadas comenzaron a protestar. “Sáquenlas de aquí” ordenó Antonov. Una docena de operadoras habían quedado ante las consolas. Los bolcheviques detuvieron un tranvía atestado e hicieron bajar a las mujeres.

¿Quién sabe leer y escribir?” preguntó Antonov. Al poco rato, dos docenas de nuevas operadoras voluntarias estaban aprendiendo el oficio.


** El Banco Central

Una de las flaquezas en las que había incurrido la Comuna de París durante su breve gestión de 1870 fue haber respetado prolijamente los bienes de la burguesía, en primer lugar el dinero depositado en las cajas fuertes de los bancos. A las dificultades generadas por la guerra civil, los comuneros sumaron así los problemas provocados por la falta de numerario. Los bolcheviques, al tanto de la historia, se juramentaron respecto de que a ellos, por lo menos, nada de eso les pasaría.

La división del trabajo era relativa entre los bolcheviques. Trotski, recién estrenado Comisario del Pueblo para las Relaciones Exteriores, recibió una misión que tenía poco que ver con las mismas. El 27 de octubre, el ex Presidente del Soviet de Petrogrado llegó a la elegante sede del ex banco imperial al comando de un ómnibus repleto de jóvenes bolcheviques de cuello y corbata. Detrás se detuvo una camioneta blindada con un pelotón de zapadores recién llegados del frente.

Trotski, cubierto por un capote militar que le quedaba algo grande, erguido ante el edificio de granito, llamó: “Camarada contador”. Un cincuentón de lentes, llevando un grueso libro de registros, de cantos marmolados y lomo en pasta, descendió del ómnibus. El profesional y Trotsky entraron al recinto. Un funcionario enfundado en un traje gris les salió al cruce. “El gerente” dijo el contador. Trotsky se mantenía en un segundo plano, con las manos en los bolsillos de su enorme abrigo. “¿Para qué desea verlo?” inquirió el empleado. En eso irrumpieron media docena de embarrados zapadores acarreando panes de trilita, cada uno con un gran ovillo de cordón detonante colgado de los hombros.

¿Qué volamos, jefe?” preguntó el cabo a Trotsky, depositando ruidosamente en el mármol del pavimento un pesado explosor de bronce y madera.

Un momento” dijo el funcionario, pálido ante la invasión del mundo real. Segundos después un hombre mayor, vestido de levita y con impertinentes pinzados sobre una larga nariz, surgió desde lo recóndito de las oficinas. Una pequeña multitud de clientes y empleados se había aglomerado alrededor de Trotsky. El contador bolchevique espetó al gerente con parsimonia: “Los libros”. El veterano funcionario alzó la barbilla, en un silencio desafiante. Trotsky lanzó un penetrante pitido con un silbato de infantería. Diez o doce jóvenes contables bolcheviques llegaron en tropel, empujándose entre sí. Detrás de los cristales de la puerta giratoria espiaban otros, impacientes por participar de la fiesta. Trotsky hizo una señal con la cabeza y los contables bolcheviques comenzaron a distribuirse por las mesas de trabajo, abandonadas por los empleados. El contador en jefe, abandonando el diálogo con el gerente, los siguió, desenfundando una enorme pistola Mauser de la marina y cargando siempre el libro encuadernado bajo el brazo izquierdo.

La puerta comenzó a girar y apareció el bolchevique Afilov.

Tenías que ir a la central telefónica” le reconvino Trotsky en voz baja. “¿Dónde está Antonov?”.

En la central telefónica” repuso Afilov, despreocupado.

En fin” se resignó Trotsky. “Escúcheme” dijo al gerente. ”¿Dónde está la llave de la caja fuerte?”.

El funcionario puso aún más cara de indignado y continuó en silencio. “Le dije, jefe” comentó Afilov. “Pero sí” rezongó Trotsky, harto ya de los desplantes. “Bajá al sótano, buscá la caja fuerte y volala”. Los zapadores vitorearon, encolumnándose tras Afilov por la escalera. “No vayan a quemar los billetes” alcanzó a advertirles Trotsky. “¿Qué hago contigo?” reflexionó, hablándole al gerente.

En silencio, tragando saliva, éste extrajo una gruesa llave de bronce de su bolsillo y se la ofreció. Trotsky se le quedó mirando. Le arrebató la llave y se asomó al sótano. “Afílov” llamó. Una fuerte explosión le contestó desde las entrañas del edificio. Los clientes del banco aplaudieron.


** La situación en el Smolny

“… el Smolny se había convertido en el centro de todas las funciones de la capital y del Estado… de allí partían las decisiones o bien se iba allí para obtenerlas… allí se pedían las armas y se llevaba a los prisioneros… todos los automóviles confiscados eran enviados allí. Los mejores autos exhalaban el mal olor de la pésima nafta…las motos trepidaban en la penumbra… los autos blindados hacían sonar sus bocinas. El Smolny parecía una fábrica, una estación y el centro energético de la insurrección… las hogueras ardían delante de las puertas [y] a su luz vacilante, obreros armados y soldados escrutaban atentamente los salvoconductos… en cada entrada había ametralladoras… los interminables y oscuros corredores… retumbaban con el ruido de los pasos, exclamaciones y llamadas. Los que entraban y salían se cruzaban en las magníficas escaleras…correos, emisarios…con el fusil a la espalda atado con un cordel o con un portafolios atestado bajo el brazo… [estos hombres] enviaban comisarios a todos los rincones de la capital, sellaban innumerables órdenes y certificados…peticiones de informes se entrecruzaban…llamadas telefónicas y ruido de armas…en el límite de sus fuerzas… no habían comido ni dormido… sin afeitarse, con la ropa sucia y los ojos inflamados, gritaban con voz ronca… y si no caían exánimes al suelo…era gracias al caos del ambiente que… los llevaba sobre sus alas irresistibles… Nunca desde la creación del mundo se habían transmitido tantas órdenes: oralmente, a lápiz, a máquina, por telégrafo… lo milagroso era que en ese remolino de locura había un sentido profundo”.

León Trotsky, Historia de la Revolución Rusa


** Decreto sobre la paz **

La segunda sesión del Congreso de los Soviets de Toda Rusia se abrió a las nueve de la noche. Disfrazado de mujik, Román Malinovsky notó que la aglomeración del día anterior había cedido y decidió no utilizar su salvoconducto apócrifo que lo acreditaba como congresal campesino y simplemente se unió al público. En esta sesión se debía nada menos que ¡terminar con la guerra, formalizar la reforma agraria y establecer un gobierno revolucionario!

La aparición por vez primera de Lenin generó aplausos interminables. John Reed cuenta que luego se produjo un silencio: “Compañeros” dijo el líder bolchevique , “ahora vamos a construir el orden socialista”. Lo primero era la paz. Los bolcheviques propusieron una tregua con Alemania, de por lo menos tres meses, para negociar una paz sin anexiones a través de conversaciones públicas, y la eliminación de los tratados secretos con los aliados del zarismo, esto es, Francia e Inglaterra. Lenin agregó que también interpelarían a los pueblos de los países beligerantes para que exigieran el final de la contienda a sus respectivos gobiernos. Hubo unanimidad milagrosa en la votación. El menchevique de derecha Sujánov, en sus memorias, recuerda que la inmensa mayoría de los congresales era consciente de que acababan de votar la primera medida de gobierno de la revolución.

Decreto sobre la Paz

Los bolcheviques se atrevieron: fueron los únicos en hacerlo. “Escuchen, pueblos del mundo: esta es la propuesta de los trabajadores de Rusia”, dice el manifiesto votado por los delegados. Trotsky recuerda: ”El orgullo estalla en los corazones. Los ojos se inflaman. Todos están de pie. Nadie fuma ya. Parece que nadie respira. La mesa, los delegados, los invitados, los guardias, se unen en un himno de insurrección y fraternidad”. Pero esta vez ya no es La Marsellesa, como en febrero; ahora, en octubre, es La Internacional. Esta vez, es la clase obrera la que enseña los dientes.

John Reed cuenta: “Bruscamente, bajo un impulso general, nos encontramos todos de pie, entonando los acentos arrebatadores de La Internacional. Un viejo soldado de cabellos grises lloraba como un niño”. Malinovsky, olvidadas por un momento todas las traiciones y las jugarretas, todos sus crímenes atroces, confundido en el mismo estado de ánimo, cantaba también.


** Decreto sobre la tierra ** 

El Decreto de la tierra ratificó las acciones de los campesinos que se habían apropiado por toda Rusia de las tierras de la aristocracia y de los campesinos ricos, y que habían distribuido sin pedir permiso. La propiedad de la tierra quedaba abolida y los terrenos pasaban a manos de los soviets para ser distribuidos entre los campesinos de acuerdo a sus necesidades. El decreto se basaba principalmente en el programa político de los social- revolucionarios de izquierda y garantizaba a los bolcheviques el apoyo de éstos, facilitando la legitimación del nuevo Gobierno ante el campesinado.

Karelin, eserista de extrema izquierda encarcelado largos años por el zarismo, increpó a Lenin: “Carajo, Vladimir Ilich, ¡ése es nuestro programa!”

"Tal cual”, respondió el bolchevique, “a nosotros nos viene a la perfección”.

Hábilmente, el Decreto sobre la tierra omite precisar la nueva forma de la propiedad agraria. Repartiendo directamente las tierras entre los campesinos, no se garantizaba que no ocurriera un retroceso posterior hacia el capitalismo agrario, pero ante todo se excluía una restauración feudal. Además, previendo un largo período de luchas civiles, el partido del proletariado se aseguraba así la lealtad de la clase mayoritaria de la formación económico-social rusa.

Decreto sobre la Tierra


** Es una lástima **

Nada puede hacerse sin errores, y menos aún la revolución. No estaría mal, sin embargo, reducir los errores al mínimo”

        León Trotsky, “A los Cinco Años”

Poco después del Congreso de los Soviets, Félix Edmundo Dzerzhinsky depositó en el despacho de Lenin una parva de papeles de medio metro de alto. El jefe de la futura “Cheka” (servicios secretos soviéticos) se cruzó de brazos en silencio. Vladimir Ilich, malhumorado, le espetó:

¿Qué demonios es esto?”

Malinovsky”.

Lenin hojeó distraídamente uno de los cartapacios. “Son las pruebas acumuladas contra Malinovsky”, explicó el jefe de los espías soviéticos. “Nos estuvo traicionando con la Ojrana desde 1907, y después con los ingleses desde febrero hasta octubre”.

Era uno de los jefes bolcheviques más capaces”, dijo Lenin. “Yo lo propuse para el Comité central. ¿Estás seguro de esto?” preguntó, señalando a las carpetas.

” contestó Dzerzhinsky.”

"¿Cómo lo atrapamos?” inquirió Lenin. ”No lo atrapamos”. Dzerzhinsky se sentó frente a Lenin. “Se presentó voluntariamente en la frontera, presentando su pasaporte real”.

Lenin se rascó su cabeza calva. Malinovsky no podía ignorar que el gobierno soviético poseía toda la documentación incriminatoria, por lo menos de su época zarista. “Sabes qué…fusílenlo. Que salga en el Pravda”. Dzerzhinsky quedó en silencio unos segundos. Después asintió. Trabajosamente, levantó la pila de cartapacios del escritorio de su jefe. Lenin ya corregía, lápiz en mano, una galera para “Izvestia”.


Primer gobierno tras la toma del Palacio de Invierno


** Segunda jornada: el nuevo gobierno **

Antes de clausurarse, el Congreso eligió un nuevo Gobierno y un nuevo Comité Ejecutivo Central panruso, el cual quedó encabezado por Kamenev y compuesto por 62 bolcheviques, 29 social-revolucionarios de izquierda , seis mencheviques internacionalistas y cuatro miembros de otros partidos menores. A las 5 de la mañana del día 27, el Congreso legitimó alConsejo de Comisarios del Pueblocomo base de un nuevo Gobierno. Todos eran miembros del partido bolchevique, ya que los social- revolucionarios de izquierda finalmente se negaron a formar parte de un Gobierno que no fuese de coalición con el resto de fuerzas socialistas y éstas, a su vez, se habían retirado del Congreso. Lenin presidía el nuevo Consejo, en el que Trotski ocupaba la Comisaría de Exteriores, Lunacharski , la de Educación; Rýkov , la de Interior; Noguín , la de Comercio e Industria; Shliápnikov , la de Trabajo; Miliutin , la de Agricultura; Skvortsov , la de Finanzas; Lómov , la de Justicia; Teodoróvich , la de Abastecimiento; Avílov , la de Correos y Telégrafos; Stalin , la de Nacionalidades. Por último, las fuerzas armadas quedaban bajo la dirección de un triunvirato formado por Antónov-Ovséyenko , Pável Dybenko y Nikolái Krylenko.

A continuación el Segundo Congreso de los Sóviets quedó clausurado.

Aquella mañana, el órgano central del Partido Bolchevique, que había recuperado el nombre de Pravda (“La Verdad”), publicaba: “Quieren que seamos los únicos en tomar el poder, para que seamos los únicos en afrontar las terribles dificultades que se han planteado en el país…pues bien, tomaremos el poder solos, apoyándonos en la voluntad del país y contando con la ayuda amistosa del proletariado europeo. Pero, habiendo tomado el poder, aplicaremos a los enemigos de la revolución y a los que la sabotean, el guante de acero. Han soñado con la dictadura del general Kornilov…Les daremos la dictadura del proletariado”.


** Reciclaje **

El paquebote “Nueva Lusitania” se dirigía a buena marcha rumbo a Nueva York, con la princesa Cantacuzene-Spiransky a bordo. Un cable del almirantazgo británico, ensobrado y presentado en una bandeja de plata labrada, había llegado a las manos de la aristócrata minutos atrás.

El capitán del vapor estaba muy orgulloso. “Sabe usted, nuestro telegrafista desapareció horas antes de que zarpáramos. Casi tuvimos que partir sin servicio de radio”.

Qué bien” contestó distraídamente la princesa. “Parece que el problema se arregló. ¿Podemos enviar un cable a Lord Robert Lokhart en seguida?” 

"Por supuesto”. El capitán entregó la pequeña hoja de papel escrita por la mujer a un oficial joven.

Que el nuevo telegrafista la envíe de inmediato”, ordenó. En el cuarto de la radio, Román Malinovsky recibió el texto y se dispuso a transmitir.♦♦


Las imágenes y objetos pertenecen a la Colección-Exposición del Museo de Historia Nacional de San Petersburgo, "Cien años de la Revolución de Octubre"


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