DARWIN, FITZ ROY Y LOS FUEGUINOS

Escribe Héctor Palma


Una soleada mañana de enero de 1833, por uno de los canales al sur de la Tierra del Fuego, un buque inglés navega junto a un bote más pequeño. Los nativos de la zona, mediante gritos y humo, rápidamente se comunican entre sí la novedad y comienzan a aparecer decenas de canoas, con cientos de ellos para observar la extraña aparición. En el bote pequeño iban tres nativos. Para sorpresa de sus compatriotas, que los recibían casi desnudos, estos tres vestían ropa europea, tenían el cabello cortado, traían consigo juegos de té de porcelana, ropa blanca de cama, sombreros y vestidos...y hablaban inglés. Esta escena singular, casi grotesca, es solo una pequeña parte de una historia más extensa que comienza en 1830 cuando el capitán Robert Fitz Roy al mando del Beagle, buque de la marina británica, embarca a cuatro fueguinos y los lleva a Londres.



La pregunta es qué pasó en ese ir y venir, porque como suele ocurrir, tanto en la vida como en la historia, algunos relatos se repiten una y otra vez hasta constituir una suerte de versión consagrada de los hechos. Y esto se instala con tanta fuerza que elimina cualquier sospecha de que allí puede haber algo distinto para decir. Algo así ha ocurrido con la historia de estos fueguinos que el capitán Robert Fitz Roy embarcó en su primer viaje por la Patagonia.


La versión estándar sostiene que Fitz Roy tomó como rehenes a tres fueguinos (una niña de nueve años y dos hombres de algo menos de 30 años) para obligar a los nativos a que le devuelvan un bote que habían robado. Al poco tiempo sumó un cuarto (un joven de unos quince años) que, se dijo, habría comprado por un botón de nácar. Así, con los cuatro fueguinos a bordo emprendieron el viaje a Londres. Uno de los hombres murió de viruela apenas llegado, y los tres nativos restantes fueron internados alrededor de un año en una escuela cerca de Londres para aprender inglés, oficios y religión cristiana.

Fitz Roy pensó que eso sería útil para que en el futuro los viajeros europeos pudieran comunicarse con los nativos y, sobre todo, para sacarlos del salvajismo en el que, a su juicio, se encontraban. Una experiencia evangelizadora y civilizadora. Finalmente, y al cabo de tres años (si se incluye el tiempo de viaje), en la segunda expedición del Beagle en la cual también viajaba como naturalista de a bordo el joven Charles Darwin, los trajo de vuelta.


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LA PALABRA DEL EXTRANJERO COMO ÚNICA FUENTE DIRECTA



Una reinterpretación plausible de lo ocurrido enfrenta dos limitaciones fundamentales. La primera es que las únicas fuentes directas de que disponemos son los diarios de viaje de Fitz Roy y de Darwin quienes, por supuesto, se encuentran atravesados por todas las creencias y los prejuicios de la época, aunque sus opiniones pueden considerarse honestas y transparentes. En esos diarios no hay entrelíneas, cinismos ni dobleces interpretativos. Como contraparte, carecemos de testimonio alguno de las vivencias de los nativos, sus sentimientos, reacciones y motivaciones profundas, y solo podemos captarlas por cierta empatía humana (precaria e insegura por nuestra lejanía cultural), y por testimonios indirectos sobre la cultura fueguina.

La segunda limitación es que, a partir de las fuentes directas disponibles, es posible defender distintas interpretaciones con el mismo grado de contundencia, con solo efectuar una estratégica y adecuada selección de hechos o de citas y opiniones.


Los textos de Darwin y Fitz Roy muestran cierta ambigüedad o cambios de opinión en momentos diferentes, no solo en cuanto al carácter de los nativos, sino que también muestran optimismo y pesimismo alternativamente con respecto a la posibilidad de civilizarlos. Los califican repetidamente como los más abyectos y primitivos del mundo, pero también tienen palabras elogiosas, sobre todo cuando hablan de los tres fueguinos del viaje. Llama la atención que esta cuestión bien notoria, me refiero a la ambigüedad, no sea un tópico tenido en cuenta por quienes parecen preferir aquellos recortes que apoyan a priori sus tesis.

Tales tensiones y ambigüedades surgen, según mi opinión, de que en estos hombres (con profundas e irreconciliables diferencias entre sí) viven las tensiones profundas del siglo XIX europeo. Etnocéntricos, aunque en su caso honestos y bienintencionados; imbuidos de la creencia en la unidad de la Humanidad pero incapaces de entender por qué surge la enorme diferencia que ellos ven con los fueguinos; confiados del beneficio que creen estar ofreciéndoles a los nativos, pero sin herramientas culturales y científicas para comprender por qué su empresa está destinada al fracaso; convencidos de la superioridad (y de la responsabilidad) de su propia cultura para con el resto de los pueblos, pero incapaces de entender qué es el respeto por las otras culturas e idiosincrasias, y mucho menos de juzgar críticamente el plan imperial del que forman parte.


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CHARLES DARWIN: RACISTA PERO ANTIESCLAVISTA



Un ejemplo claro es la tensión que hay en el propio Darwin. Es posible encontrar entre los biógrafos y comentadores la tentación de elegir y defender a rajatabla o bien a un Darwin perverso, aristocrático espía de Su Majestad Británica y necio defensor del racismo más vulgar, o bien un Darwin que se alza por sobre su tiempo y puede también, además de antiesclavista, ser un antirracista inmaculado.

La verdad es que Darwin no fue ni una cosa ni la otra, sino que no hace más que aceptar y repetir una creencia arraigada entre los varones de clase alta en la Inglaterra victoriana con respecto a las desigualdades y jerarquías raciales y sexuales. El antiesclavismo de Darwin está fuera de toda duda, no solo por la abundancia de inequívocas expresiones en ese sentido, sino por la actitud que mantuvo a lo largo de su vida.

Sin embargo no es necesario caer en la trampa historicista que, con el requisito de la contextualización, puede llegar a justificar cualquier cosa ocurrida a lo largo de la historia; solo es necesario evitar actuar como inquisidores implacables (esos que tanto abundan en estos tiempos), con respecto a la aceptación pasiva por parte de Darwin de unas creencias generalizadas y extendidas y, más bien, comprender la tensión implícita e irresoluble que transcurre en su mente y a lo largo de los años.



Darwin, antes que un determinista biológico con respecto a la desigualdad fue, más bien, un meliorista en el marco de la tradición paternalista es decir que estaba convencido de que el mundo tiende a mejorar y el hombre puede contribuir a ello con su esfuerzo. En virtud de ello puede tener consideraciones desdeñosas sobre los pueblos inferiores, pero sus consecuencias prácticas son muy distintas porque el meliorista ve a los ‘salvajes’ como primitivos que pueden mejorar (occidentalizarse, para ser más precisos). Fitz Roy que también se oponía a la esclavitud, participó de esta actitud paternalista al embarcar a los fueguinos e intentar, con todos los prejuicios de su época a cuestas, occidentalizarlos.


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FITZ ROY, 'CIVILIZADOR' Y EVANGELIZADOR


Ahora revisemos algunos tópicos que, a fuerza de ser repetidos, han quedado instalados en la literatura sobre el tema. Una y otra vez se ha dicho que los fueguinos han sido meramente rehenes. Es cierto que Fitz Roy manifiesta que esa fue su intención inicial, pero ¿para qué llevar rehenes hasta Inglaterra? De esa lectura pueden hacerse por lo menos, cuatro cuestionamientos.

El primero, es que el capitán fue cambiando de parecer, hasta decidir llevarlos a Inglaterra para su proyecto “civilizatorio” y evangelizador. Segundo, no tendría ningún sentido llevar rehenes hasta Inglaterra. Tercero, solo los tres primeros fueron embarcados según la intención inicial de forzar la devolución del bote, mientras que el último (el muchacho de 15 años) fue subido a bordo más de tres meses después, y en otras circunstancias. Cuarto, los fueguinos parecían estar a gusto a bordo y aunque pueda dudarse de esto en función de que solo tenemos el testimonio de Fitz Roy al respecto, de hecho no se escaparon, como lo hicieron sin mayores problemas otros nativos subidos a la fuerza, en el momento inicial de la búsqueda del bote.



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LA HISTORIA DE JEMMY BUTTON Y EL BOTÓN DE NÁCAR


Otro de los elementos que ha quedado instalado en la historiografía y en la literatura es que Fitz Roy “compró” al cuarto nativo por un botón de nácar y por ello lo rebautizaron burlonamente “Jemmy Button”. Probablemente la convicción acerca de la excesiva importancia y el gusto que los fueguinos daban a las baratijas que los extranjeros llevaban y les entregaban a modo de regalo haya contribuido a reforzar esa interpretación.

Estaban intercambiando con los fueguinos chucherías por pescado, una situación bastante usual en la cual se arrojaban pescados desde las canoas hacia el barco, y desde éste, trozos de tela, clavos y algunas baratijas. Como resulta imaginable, eran situaciones bastante caóticas y espontáneas.



El relato de Fitz Roy sobre este episodio es muy breve y un tanto ambiguo, pero sus dichos pueden reinterpretarse, teniendo en cuenta que es casi seguro que ningún nativo habría vendido a su hijo ni por el mismo Beagle con todo lo que contenía a bordo, además de las insalvables dificultades de comunicación entre ingleses y fueguinos, y las diferencias culturales e idiosincráticas. Estaban intercambiando con los fueguinos chucherías por pescado, y el botón de nácar era uno de los objetos entregados, pero no constituyó la paga por el muchacho que subió al barco. Simplemente fueron eventos sucesivos, correlativos en el tiempo, pero no estaban relacionados causalmente, no formaron parte de un intercambio comercial.



La repetición de la tripulación de que se pagó un botón de nácar y subió el muchacho al barco es una interpretación forzada, burlona y equívoca de la situación, si bien el testimonio de Fitz Roy en la misma línea, y el nombre que le adjudicaron, contribuyeron a instalar esta historia.


Quizá la tendencia a interpretar los hechos de la historia con las categorías disponibles haya hecho perder de vista que se trató de un episodio extraordinario y no un rapto más de los muchos cometidos por las expediciones europeas alrededor del mundo. Muchos de esos secuestros tenían como objetivo exponer a los nativos en verdaderos zoológicos humanos.

Por ejemplo, la “Venus hotentote” (su verdadero nombre era Sara Baartman, de la nación nama) fue exhibida en Londres hasta su muerte en 1815. En 1881, once fueguinos raptados en la zona del Estrecho de Magallanes por un marino alemán, comenzaron a exhibirse en París en el Jardín de Aclimatación, y luego en distintas ciudades alemanas. Como varios murieron por distintas enfermedades, los último cuatro que quedaron fueron devueltos a su país. En París, en el centenario de la Revolución francesa se celebró la Exposición Universal, donde se expusieron once indígenas de una familia, en una jaula en condiciones miserables para acentuar el aspecto salvaje.


Sin embargo no fue ese el tratamiento que recibieron los tres fueguinos que, por el contrario, formaron parte de un episodio extraordinario, único probablemente. Varios elementos avalan este punto de vista. En primer lugar lo ocurrido con los fueguinos ocupa extensos pasajes y varios capítulos en los diarios del viaje. Se describe con minuciosidad el robo del bote, la búsqueda posterior y el embarque de los fueguinos; su estancia en Londres; se dedican varios capítulos a detallar el conocimiento disponible acerca de los nativos según distintos autores; el esfuerzo en hombres y equipos destinados a la repatriación. En segundo lugar, Fitz Roy estaba dispuesto a pagar de su propio dinero no solo la educación sino también el costoso viaje de repatriación. Tercero, el trato dispensado también fue muy particular y si bien fueron expuestos a un doloroso e injusto proceso de aculturación, fueron recibidos por la pareja real inglesa en un clima de cierto respeto (al menos según los relatos disponibles), y aunque no dejaron de ser una curiosidad para los londinenses que supieron de su existencia, de ninguna manera fueron expuestos como atracciones o fenómenos exóticos en las ferias y zoológicos humanos que triste e incipientemente comenzaban a surgir en Europa, sino discretamente internados en una escuela.


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EL INDIO “INGLÉS”



Por último, es necesario mencionar el particular caso de Jemmy Button quien, indudablemente trabó una relación de afecto e incluso de amistad con Fitz Roy, con Darwin, con los ingleses que frecuentó en Londres, y con algunos tripulantes del Beagle. Una amistad que lo lleva en el último encuentro con Fitz Roy, a entregarle regalos identificados para él y otras personas; regalos elaborados y guardados para la ocasión, no solo pescados como era usual y a los cuales los nativos adjudicaban muy poco valor. Una amistad difícil y completamente asimétrica en varios sentidos. Una amistad entre desiguales.



Pero ¿quién era Jemmy Button?


Seguramente no fue ni el mitológico y romántico buen salvaje que algunos creyeron ver, ni el salvaje sin ningún tipo de límites ni escrúpulos que vieron otros. Fue, en cambio, el protagonista de una historia única, extraordinaria.


Aquel jovencito (cuyo nombre real era Orundellico) que a los quince años llegó a Londres, quedó profundamente impactado por ese mundo extraño y deslumbrante en el cual fue atendido, y en cierto modo, cuidado. Pero un desgarramiento imposible de subsanar se apoderó del joven Jemmy no solo por su experiencia externa, sino también porque el salto a otra cultura se produce en su adolescencia, en plena búsqueda de su identidad y su lugar en el mundo. Jemmy volvió a su tierra siendo casi un hombre de ningún lugar, que había olvidado buena parte de su lengua, pero le enseñó a su gente algunas palabras en inglés.

En el último encuentro con el capitán, Jemmy pide ropa para vestirse como europeo. Su hermano ante el temor de que no bajara del Beagle otra vez, lo llamaba por su nombre en inglés. ¿Se haría llamar siempre “Jemmy Button”? ¿Qué ascendiente le otorgaría sobre su gente hablar inglés y que -más de veinte años después- esos extraños vinieran a buscarlo llamándolo por su (falso) nombre?

Jemmy construyó su identidad atrapado en esa impactante experiencia juvenil que lo apartó definitivamente de su vida anterior pero no le dio otra. ¿Les habrá contado a sus compatriotas historias (reales o fabuladas) y maravillas de su gran viaje y de esa gente que conoció, esos nuevos y lejanos amigos? ¿Les habrá dicho que se trataba con ellos como si fueran viejos camaradas y que conversó de igual a igual con los máximos jefes de los extraños, el rey Guillermo IV y su esposa Adelaida?

Más de veinte años después, vuelve a pedir ropas europeas cuando una expedición inglesa, al mando del capitán Snow, llega a Tierra del Fuego a buscarlo y pedirle ayuda para instalar una misión inglesa en la zona. Sin embargo, estos otros ingleses no eran como sus antiguos amigos y sólo querían de él que trabajara como un siervo y condujera a su gente según los intereses británicos. Colaboró poco y a regañadientes con esos ingleses que no conocía de antes, y que tampoco tenían ni las intenciones ni las cualidades humanas de Fitz Roy y sus otros antiguos amigos. Esperó de estos ingleses un trato especial, afectuoso y exclusivo como el que había recibido hacía ya más de veinticinco años. Pero eso no ocurrió. Se sintió defraudado, humillado; ya no podía seguir fabulando frente a los suyos su supuesto poder sobre los ingleses. La creencia en que el inglés lo respetaba y reconocía, había estallado en mil pedazos en la mente de Jemmy.



Las condiciones para la tragedia estaban en marcha hasta que ocurrió finalmente. Jemmy se vio envuelto en una matanza de ingleses ocurrida el 6 de noviembre de 1859 en la isla Navarino.

Casi como en las viejas tragedias griegas, el desenlace no podía ser otro que el que efectivamente tuvo lugar por causas que habían comenzado a gestarse muchos años atrás, silenciosa e irremediablemente en la mente de ese jovencito que, atrapado en su limbo cultural, dejó para siempre de ser lo que era, pero nunca llegó a ser lo que imaginó que podría.<>




Dr. Héctor A. Palma - Profesor Titular de "Filosofía de las Ciencias". Investigador del LICH UNSAM-CONICET (Centro de Estudios de Historia de la Ciencia 'J. Babini')

https://unsam.academia.edu/HectorPalma

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Salvajes y Civilizados. Darwin, Fitz Roy y los fueguinos (nuevo libro)

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2 comentarios

  1. Gabriel Eterovich 1 septiembre, 2020 at 18:11 Responder

    Curioso revisionismo ligth, sin la necesidad de poner «una fila de peones» y debatirse frente al «ejercito» de la historia oficial… me gusto el «humanismo» con que se trata en el artìculo a Fitz Roy, a Darwin y al propio (claro) Jemmy Button.

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