PACO URONDO: CONTAR LA HISTORIA

Francisco ‘Paco’ Urondo. Periodista, escritor, poeta, militante. Irrepetible. Las voces de algunos muertos, como Urondo, parecen estar más comprometidas que las de los vivos. Los fusilamientos del 9 de junio de 1956. Los 50 años de Trelew. Y más.

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Escribe Gustavo Provitina

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Cuando estuvimos desesperados alguien contó la historia… escribió Paco Urondo, el hombre que buscaba la palabra justa. Quién pudiera contar la historia con las palabras justas en este tiempo de balbuceos vergonzantes. Sería más simple contar la desesperación, porque está hecha de frustraciones cíclicas y persistentes, sin mencionar la propensión a la catarsis que consuela de la inocuidad.

Hay quienes piensan, o creen pensar, que la historia se cuenta sola; otros ni siquiera suscriben la necesidad de contarla. Estábamos perdidos y la historia era confusa…confesó Urondo. ¿Y cuándo no lo fue? Pensamos en voz baja para no abonar al desencanto de estos días.

Contar la historia supone el ejercicio de asumir sus imprecisiones, los silencios trabajosos de lo implícito, las omisiones deliberadas, las furibundas tachaduras sin enmiendas, los relatos dispersos en primera persona, las fatigosas notas a pie de página, y la yunta de bueyes perdidos que es necesario conducir por la senda siempre oblicua del lenguaje que solo promete exactitudes parciales.

Alguien, no obstante, deberá contar la historia. El narrador de Las babas del diablo, uno de los cuentos mayores de Julio Cortázar, declara:

nunca se sabrá cómo hay que contar esto (…) Uno de todos nosotros tiene que escribir, si es que esto va a ser contado. Mejor que sea yo que estoy muerto, que estoy menos comprometido que el resto…

Cruje, esa última imagen, fuera del marco literario de la ficción. Las voces de algunos muertos, como Urondo, Conti, Bustos, Walsh, Cooke… parecen estar más comprometidas que las de los vivos, que se complacen en repetir fórmulas ajenas o se dedican a pronosticar derrotas detrás de un vidrio oscuro.

Contar sí, pero ¿desde dónde?…Esa es la pregunta bordada al pie de la escritura de cualquier crónica que se precie de tal. Estamos desesperados y esta vez no hay quien cuente la historia. Haría falta un Paco Urondo, animoso frente a la voz poética que declara: no sabemos qué hacer con las historias

Contarlas, aún con las imperfecciones propias de las vacilaciones internas y de las bruscas digresiones o los sobresaltos del pensamiento, es ya un modo de comprometer la voz; hacerlas circular abre una escotilla para ventilar el humo y purificar el ánimo de cara a la indiferencia.

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Cuarteto Cedrón – Juan Gelman – Glorias

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2

Rodolfo Walsh, en la Semblanza escrita en ocasión de la muerte de Paco Urondo, articula dos cualidades inmanentes al acto de escribir: una forma de mirar y una forma de escuchar.

Ese enunciado aparentemente simple remite a la cresta de un iceberg, sedimentado por lecturas insurgentes y desordenadas, anejas a los trasquilones del desasosiego y la pavura, y sostenidas sobre el trepidante equilibrio del saber formal y aquel otro, aprendido en el acre fraseo de la calle y sus lóbregas derivas. Walsh repujará en el animoso pupitre del periodismo elevado a su máxima expresión un imperativo categórico: dar testimonio en tiempos difíciles…

Esa preceptiva acaso nos permita obliterar, en cumplimiento del deber, toda identificación del ejercicio vocacional del periodismo que niegue o damnifique el compromiso moral inherente a la responsabilidad de brindar la información o de contar la historia (fruto del mismo árbol) en la candente lengua de quien conoce los riesgos de la palabra sublevada y a la vez medida, calibrada en la semántica del claror literario.

Una lectura porosa de La patria fusilada (que junto a Operación masacre y la Carta a la Junta Militar de Walsh representan la cúspide del arte periodístico), permite comprobar eso mismo que Juan Gelman clamorea en Glorias: ¿acaso no está corriendo la sangre de los 16 fusilados en Trelew? Esa sangre ajena a las fatuas coagulaciones de la amnesia o de los inicuos acuerdos reconciliadores, se astilló en las voces de los sobrevivientes entrevistados por Urondo y humedeció su escritura hasta el grado torrencial de la querella.

En su largo poema ‘Adolescer’, publicado en 1968, Paco Urondo decía

VII

(…)

Hay quienes han profesado

la adolescencia y han muerto, y hay

quienes la profesan y siguen

viviendo, agonizando

de una juventud ridícula: payadores

que pasean por las mismas calles que uno

ha besado para poder

gritar de indignación, pero nada más

que gritar cuando el sonido

no arrastra la rabia

ni la decae; se desentiende

de la furia, levanta los hombros

y se aleja. Hay quienes crecen

de golpe, se agrandan y su corazón

es débil, como las aguas

traicionadas de este país sin inocencia, y sigue

adolesciendo

hasta el día de la muerte. Esta

tierra que pisamos, sufre

por un tamaño, por su edad

que le han impuesto sin que nadie

atinara a defenderla. Las muertes

prematuras, las eternas

juventudes, la madurez compulsiva,

destituyen el destino, ablandan

la sangre ofuscada y temerosa.


En la fecunda noche del 24 de mayo de 1973, Urondo entrevistaba a tres sobrevivientes de la masacre de Trelew para dar testimonio en tiempos difíciles. No estaban en un café, ni en un confortable estudio de radio o de televisión.

La entrevista tuvo lugar en una celda fría del penal de Villa Devoto, al abrigo de la pasión política y revolucionaria, y bajo el amparo de la lucidez y la formación rigurosa y comprometida. Reeditado casi medio siglo después sentimos, al leer ese libro originalmente publicado por Crisis, que toda definición canónica de historia -entendida ésta a partir de la escritura de un hecho pasado- se torna obsoleta y limitada.

De la Colección ‘Presentes’ – Ministerio de Cultura de la Nación

Para contar la historia, el periodista pregunta. La crisálida de su intuición madura en un diálogo descarnado con las víctimas de la masacre, y uno siente que esa dialéctica fluida y diáfana debió haber sido la forma primigenia del discurso histórico.

Leyendo la entrevista de Urondo uno tiene la sensación de que la primera crónica de la historia de la humanidad nació al calor de un cuestionario y hasta no sería exagerado pensar que el imperativo labrado en el frontispicio del oráculo de Delfos –conócete a ti mismo– haya sido, tal vez, la respuesta a una pregunta que el tiempo se llevó. Si fuera así, esa tradición encuentra su expresión cabal en la ya mítica –dicho esto de manera literal- entrevista de Francisco Urondo a María Antonia Bergier, Ricardo Haidar y Alberto Miguel Camps.

La dialéctica de ese intercambio exuda imágenes sacrificiales. La historia emerge, como en una tragedia, del intercambio de voces, de silencios y de gestos explícitos o tácitos extraídos de los tejidos graves de la memoria.

Preguntar es otra forma de escuchar, de respirar, de frasear ideas y sucesos y también de ordenar el eco virtual de las respuestas. Hay quienes para contar la historia suprimen las preguntas, avanzan sobre las conjeturas como el resero guiando al rebaño por la soledad de la cañada, pero las marcas de esa omisión, aunque atenuadas, asoman entre los poros confidentes del discurso.

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> Paco Urondo – La pura verdad

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Las preguntas de Urondo son precisas como su escritura, miden distancias y profundidades, calibran las íntimas resonancias de cada una de las palabras, oxigenan la memoria del entrevistado, sin dispersar el fuego del relato. Paco pregunta desde adentro, compartiendo la suerte de sus interlocutores, (recordemos que el propio Urondo era, por aquellos días, un prisionero político en vísperas del indulto), conoce desde los tejidos grises de la militancia en tiempos de dictadura los altibajos de la lucha, el riesgo fatal de las derrotas y la fugacidad de las victorias.


La patria fusilada – Paco Urondo – Revista Crisis Nº4 – 1973

¿Desde dónde pregunta Urondo? Lo hace desde la bisagra de esa puerta donde convergen el escritor y el militante, el periodista y el revolucionario. El resultado final será una crónica que trasmutará el nervio molido del pasado en un presente continuo. La patria fusilada trasciende el esquemático inventario de las clasificaciones, en provecho del poder insurrecto de la palabra lanzada como un guijarro contra la cristalera exasperante de la complaciente poquedad medrosa.

Contar la historia en los términos de Urondo es lo contrario de la pretensión científica de embalsamar sucesos o de exhumar documentos, tampoco se propone la vulgaridad de la primicia; contar la historia es un medio para despabilar la mirada amaestrada de los indistintos y también la necesidad de disputarle al poder hegemónico de los medios de prensa la potestad de distorsionar a gusto y conveniencia el valor trágico y épico de los hechos.

El pasado muta a una variación, insospechada, del presente. La patria fusilada es la melaza del arte periodístico de Urondo, su voz conduce la dialéctica de la entrevista por un andarivel humano destinado a detonar el coraje de la militancia heredera de otra masacre ocurrida en 1955. Hablan allí los “hijos” de los fusilados en José León Suárez y establecen un diálogo diferido, interrumpido por los avatares de la clandestinidad y el desasosiego. El periodismo suma al testimonio el reguero vivificante de la estampida crítica.

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3

Hojeo al azar los Poemas de Batalla en una edición castigada por el tiempo y las mudanzas. El libro se abre siempre en la misma página, no hay misterio, sólo el terco ademán de las repeticiones. Leo:

Del otro lado de la reja está la realidad, de este lado de la reja también está la realidad; la única irreal es la reja; la libertad es real aunque no se sabe bien si pertenece al mundo de los vivos, al mundo de los muertos…

El poeta que se pregunta por la falible inmanencia de la libertad escribe estos versos recluido en el penal de Villa Devoto. Había sido secuestrado por la policía en una quinta de Tortuguitas, en el verano de 1973.

Faltaban pocos meses para que el retorno de Perón se consumara, tras dieciocho años de exilio en Puerta de Hierro. Aquellos años de la proscripción testimonian los capítulos más aciagos de la épica de la resistencia y su crónica descarnada de sangre y fuego.

Urondo conocía la epopeya de esa espera desde un plano que empezó al principio desenfocado, pero que fue ganando nitidez con la adhesión a la militancia primero en las filas de la FAR y después en Montoneros, cuando ambas fuerzas políticas se unificaron.

El despliegue policial en Tortuguitas, perpetró, además de la detención del poeta, la acusación falaz de haber sido el instigador de los asesinatos del teniente general Juan Carlos Sánchez y del contraalmirante Emilio Rodolfo Berisso.

El atropello de los uniformados confirmó, para quienes lo sospechaban, que Urondo ya estaba del otro lado de todas las rejas contrarias al compromiso político. La policía le seguía los pasos desde hacía tiempo hasta que inventó la excusa para echarle el guante. Detuvieron en esa redada a otros militantes, su hija Claudia entre ellos. Eran los últimos meses de la dictadura de Lanusse, pionera en el método de la desaparición forzada de personas.

El botín del asalto policial fue testificado, por Urondo, en clave poética con un remate apodíctico:

Hago esta denuncia especialmente por la pérdida de armas y poemas, ya que ambos son irreparables. Han sido robados al pueblo de la república, a quien naturalmente pertenecían.

La poesía antes y el periodismo después fueron para Urondo, parafraseando a von Clausewitz, la continuación de la lucha política por otros medios.

Los “poemas de batalla” no surgieron de una idealización romántica vislumbrada a la distancia, en la plácida molicie del escritorio de caoba con vista a un paisaje boscoso, sino en las circunstanciales trincheras donde se libraban las imprevistas conflagraciones de la querella revolucionaria.

José Martí lo supo antes de cabalgar hacia la muerte:

El verso, dulce consuelo / nace al lado del dolor.

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> Paco Urondo – Otra cosa

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4

En la obra de Urondo es posible detectar todas las modulaciones de ese grito abisal que crece en los lindes del inconformismo político y tensa su arco, de un modo parecido al de su amigo Rodolfo Walsh, desde el confort del escritor burgués hasta la clandestina soledad del militante revolucionario, asaltado por la amenaza de su propia perplejidad.

La historia de las luchas políticas y no la de los movimientos literarios ubica en la misma repisa a escritores de estilos y preferencias literarias diferentes.

Pienso, reitero, en Conti, Bustos, Walsh, Urondo.

¿Qué los agrupa en la rinconera del lector memorioso además de la contemporaneidad, la nacionalidad y el uso del idioma?

En el caso de Urondo y de Walsh hay una fina línea de demarcación, matices que las diferencian apenas de la lógica irrefutable de las vidas paralelas. Ambos compartieron un rechazo concluyente hacia el peronismo al comienzo de la década del ´50, acompañaron, luego, las modulaciones políticas de la región y la primigenia condena hacia el movimiento justicialista que sufrió un proceso de oscilación progresiva, en los años de la proscripción, hasta convertirse en una adhesión crítica y militante.

Conscientes de la funesta amenaza de las dictaduras militares supervisadas desde los Estados Unidos, ambos escritores decidieron empuñar las armas para repeler la furia de los personeros del imperialismo norteamericano y sus políticas neocoloniales. La adhesión a la Revolución Cubana los encontrará en la trinchera vehemente del periodismo y la palabra munida de un espesor rebelde incondicional.

Compartieron, también, aunque siguiendo estilos y géneros diferentes, la riesgosa vocación de exhumar las voces de los militantes torturados bajo el furor fratricida de las dictaduras. Dos episodios trágicos astillaron las raíces de la resistencia peronista: los fusilamientos de José León Suárez en 1956 y la masacre de Trelew en 1972. Esos dos fuegos decantaron en clave de crónicas escritas: Operación Masacre (1957), primera novela de no ficción periodística que signó la vida y el derrotero político e intelectual de Rodolfo Walsh y quince años más tarde en los punzantes alegatos de La patria fusilada (1973) que Urondo escribió en la cárcel.

La obra de Walsh denunció la matanza ocurrida en los basurales de José León Suárez a través del testimonio novelado de los sobrevivientes; La patria fusilada registró la crónica de las víctimas de los crímenes perpetrados por el ejército en la penitenciaría de Trelew.

El texto de Urondo es una cabal demostración de un recurso que, según el enfoque de Ricardo Piglia, modificó la forma de escritura en el siglo veinte: el uso del grabador, pues ha logrado “resolver la tensión entre oralidad y escritura, porque no solamente capta la historia, también capta los modos de decir” (Piglia, 2016:41).

El registro de Urondo amplifica, sin alterar, el tono elocuente, las voces percudidas por el dolor de las víctimas. El apotegma de Walsh: escribir es escuchar, había sido materializado por el autor de Los pasos previos en aquel libro que no es posible leer sin escuchar.

Esos “tropiezos heridos de muerte” que cintilaban en la poesía de Urondo saltaron el cerco de la metáfora para caer del otro lado de la reja, en esa realidad desapacible y fosca que lo tumbó en una calle de Mendoza, el 17 de junio de 1976, alcanzado por los sicarios de la dictadura.

Unos meses después, el 25 de marzo de 1977, el mismo sino trágico acabaría con la vida de Rodolfo Walsh, en el barrio porteño de San Cristóbal. Ya se sabe, la figura del intelectual lúcido y contestatario incomoda a propios y ajenos, como quedó demostrado con el destino brutal del poeta salvadoreño Roque Dalton, traicionado por sus compañeros de militancia.

El paralelismo entre Urondo y Walsh se cierra con la desaparición y muerte de las hijas: Victoria Walsh y Claudia Urondo, acribilladas ambas en el 76, una en un operativo militar en Villa Luro, la otra, secuestrada en Caballito unos minutos después de dejar a su hijo en la guardería.

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5

Escribir y empuñar un arma eran modos de salir al encuentro de la palabra justa. La palabra justa será aquella que elimine cualquier fisura o contradicción entre la acción y el decir, como pedía Hamlet.

¿Quién puede arrogarse la cualidad de haberla encontrado alguna vez? Posicionarse de un lado de la reja o del otro, como escribió Urondo, le cede a la palabra la autoridad del riesgo.

Para el hombre de ideas que ordena sus pensamientos en una celda polvorienta de Villa Devoto, la reja es irreal porque su compromiso existencial, es decir político, está más allá de las condiciones materiales de una jaula de hierro.

Pero la reja no era irreal: era tan real como aquella clasificación de Dostoievski de los hombres ordinarios y extraordinarios. Urondo pertenecía a esta última categoría. ¿Qué es un hombre extraordinario, al estilo de Dostoievski, si no es capaz de identificar y revocar la marea de obstáculos desplegada entre la idea y su materialización?

Si se quiere ver la revolución, el salto temido y acariciado, golpeando a la puerta de nuestra desidia, es preciso asumir riesgos. Urondo empuñó las armas, sí. Como Martí y Roque Dalton. ¿Quién puede juzgarlo sin el precio de enfrentar la miseria de su propia cobardía? Las armas son el testimonio estremecedor de una época que no es posible analizar a la ligera.

Es probable que Urondo haya encontrado la palabra justa en un santiamén, en el paso previo a la agonía, brillando en la trágica lucidez de lo que no es posible decir.

La palabra justa pertenece, como la experiencia de la muerte, a las verdades silentes del cuerpo; como el nombre de Dios carece de sonido, nadie podría pronunciarla sin ahogarse.

Ese hombre que aseguraba poder vivir en el corazón de una palabra sufrió en su cuerpo frágil y templado el axioma de David Viñas: a mayor riesgo crítico, mayor peligro de sanción.


Maisie Ward, biógrafa de Chesterton, escribió que en el tramo final de su agonía el escritor inglés murmuró: Todo está claro ahora. Está entre la luz y la sombra; cada uno debe elegir de qué lado está. Si la luz y las sombras fueran valores absolutos, la elección se volvería tan clara como pretendía Chesterton.

Pero la dicotomía se entorpece al tratarse de categorías no menos subjetivas que el conjunto de ideas y convicciones morales inmanentes a cada individuo. La reja de Urondo plantea una elección diferente a la de Chesterton.

Quien pretenda definir la realidad antes deberá asumir que las luces y las sombras no ocupan un solo lado de la reja; la claridad y su reverso conviven y a menudo se superponen como la plenitud y el sufrimiento.

¿De qué lado de la reja estamos nosotros, sibaritas dóciles y amables, que leemos los textos de Urondo mientras bebemos el soleado café de la media tarde y evitamos, bajo pretexto, cruzar del otro lado para sondear el refugio esquivo de la palabra justa?


BIBLIOGRAFÍA

-Montanaro, P. Paco Urondo. Biografía de un poeta armado, Buenos Aires, Barenhaus, 2018.

-Piglia, R. Las tres vanguardias (Saer, Puig, Walsh) Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2017

-Urondo, F. Poemas de batalla, Buenos Aires, Planeta, 1999.


GUSTAVO PROVITINA, nacido en La Plata, Argentina. Graduado en la Universidad Nacional de La Plata con el film El Sur de Homero, ensayo audiovisual centrado en el universo político y poético de Manzi. Provitina es guionista, director de cine y docente universitario en la UNLP y la Universidad Nacional de las Artes – UNA. Ganador del Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes (2013) en la categoría ‘Ensayo’ por el libro El Cine-Ensayo, y el Ministerio de Cultura de la Nación, en 2015, lo distinguió con una mención especial en el Concurso Federal de Relatos La Historia la ganan los que escriben. En 2017 estrenó La sombra en la ventana en el Cine Gaumont en el Festival de Cine Inusual de Buenos Aires. Recientemente publicó El matiz de la mirada (Curso de Cine Italiano) y en julio de 2021 apareció su último libro Nouvelle Vague, Bajo el signo de Lumière.

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Un comentario

  1. Evidentemente le asistía la razón a Gabriel Zelaya en aquello de “… la poesía es un arma cargada de futuro… y desprecio … concebida como un lujo cultural por los neutrales …
    En aquel equipo jugó Urondo y cada tanto hombres de la cultura (como en este caso Gustavo Provitina) visibilizan nuevas epifanias.

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