TRUMP PAREDÓN Y DESPUÉS

LOS MUROS


La pose y el ‘como sí’ de la política real que gobierna con y para los más ricos, mientras repite hasta el cansancio que es progresista, se derrumbó en Estados Unidos la noche del 8 al 9 de noviembre de 2016. Casi como una celebración de la caída del Muro de Berlín, un 9 de noviembre de 1989.

A mediados de los años 80 los más ‘jóvenes’ dentro del PCUS, de la mano de Mijaíl Gorbachov plantearon la perestroika, la glasnost. Hagamos memoria: el discurso de la modernización, la transparencia, los mecanismos de participación, el aire fresco… Dentro de ese pequeño gran ejército de burócratas que ya dominaban los cargos directivos de las principales empresas soviéticas, y que vivían una vida absolutamente distinta y mejor que la de la mayoría de los obreros y campesinos de todas las repúblicas que integraban la URSS, había figuras como Boris Yeltsin.

Un bon vivant, borracho vergonzoso, mujeriego, amante e impulsor del tenis (raro en un país donde los juegos y deportes colectivos era casi una política de estado). Al tensarse el conflicto interno entre los que no habían entendido que la batalla frente a la reconversión capitalista instrumentada en occidente desde 1976 a 1986 les había hecho perder el tren y estos ‘nuevos’ muchachos, se produjo el golpe de 1991 en el intento por ‘salvar’ la URSS. Ilusos. Tristes.

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Yeltsin que era un simpaticón se paró arriba de un tanque en Moscú y jugó su rol actoral, mientras McDonalds repartía hamburguesas frente a la Duma de la capital y Vernon Walters –que ya había pasado unos meses en Berlín Occidental en 1989 antes de la caída del muro- salía en apoyo a los ‘demócratas rusos’. Cayó la URSS sobre sus propios restos.

Yeltsin confirmó lo que se esperaba (ya sabemos quiénes lo esperaban), y proscribió el Partido Comunista. El resto fue más simple: todas las camarillas viejas y más recientes se hicieron con todo, y desde 1991 en Rusia y en las ex repúblicas soviéticas gobierna un rosario de oligarcas, verdaderos, de carne y hueso. Como lo que son, algunos con cultura y enormes estudios, otros unos simples osos vestidos de seda, viven una vida que para ellos y para el 25% de los rusos es una maravilla porque había para repartirse enormes recursos de una construcción social-económica tremenda. ¡Vamos! ¡De la segunda potencia del mundo! Los oligarcas no gobiernan para los otros exsoviéticos. Para los otros no. Y cuanto más lejos de los centros de poder urbanos, peor el reparto. Ahí lo tenemos a Putin.

1989

Berlín 1989. La celebración de la caída de un muro que nadie quiso tener, que nadie quiso construir pero que sirvió a unos y a otros, hasta que con un pequeño empujón se derrumbó. El llamado ‘socialismo real’ no precisaba de muros. Tal vez hubiera precisado mostrar lo que había hecho sin el Plan Marshall que permitió el milagro alemán occidental. O lo que produjo con el trabajo social sin empresas transnacionales invirtiendo y apropiándose de las riquezas de todo el hemisferio sur. Sin la mafia del juego y las drogas que se expandieron por Europa y Estados Unidos de América. Hubiera precisado descartar de cuajo el estalinismo y todos sus modos para expandir los sueños de una vida nueva ganada a sangre y fuego al nazifascismo. Y hubiera precisado movilizar las bases sociales de los que habían defendido sus logros o creían en ellos. Que las asambleas en las fábricas fueran verdaderas asambleas. Que las cooperativas agrícolas, sovjoses y koljoses decidieran su destino basado en las necesidades de la propia comunidad y región y no en base a grandes sabiondos planes pergeñados a 2 mil kilómetros de distancia. Y sin embargo, los que gobernaban con el ‘como si’ hubiera socialismo creyeron que los muros les servían para protegerse. Toda esa pose fertilizó la genuina necesidad de democracia…y los que llegaron (desde adentro con sus socios de afuera) hicieron lo que podía esperarse. Tumbaron todo y dieron entidad a la supremacía blanca heredera del imperio ruso. Hoy existe un conjunto de repúblicas cuasi oligárquicas, revanchistas, algunas filo-nazis y cada vez más a punto de estallar en todo el este de Europa, el Báltico y Asia.

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La desindustrialización en Estados Unidos con el presidente-actor Ronald Reagan a la cabeza, desde 1981 salvó el complejo militar – industrial y a los bancos. Dio abono para fertilizar la capitalización financiera con sus nuevos instrumentos y ‘productos derivados’ sin control, creó, habilitó e incentivó los paraísos fiscales, potenció más que nunca la idea de ser una superpotencia triunfante…pero dejó sin trabajo real y concreto a millones de norteamericanos, que pasaron progresivamente a vivir de trabajos en el tercer sector, o sea, los servicios, el comercio, las industrias creativas, los productos virtuales e intangibles. Y obviamente como mano de obra rentada en las guerras.

La crisis de las hipotecas y todo el recordado asunto de Lehman Brothers en 2007/2008 es el punto de inflexión de ese ciclo ultraliberal. Los movimientos antifinancieros tipo Occupy Wall Street que salieron a la luz mostraron que había millones que gritaban basta. Basta a una casta que en poco más de 20 años había potenciado el capital para sí hasta extremos nunca vistos. El 1% contra el 99%.

Y dentro de esa casta los Donald Trump. No existe ningún turista que no haya ido a Nueva York y haya pasado de largo sin ver los dorados muros de cristal de la Trump Tower. Un hijo dilecto de su tiempo histórico. Un protagonista de estos 30 años en la historia cotidiana norteamericana, acumulando en su persona todos los tics en los que la cultura media blanca de ese país se reconoce: emprendedor, prepotente, brilloso, maniqueo, orgullosamente inculto, ampulosamente desconocedor del resto del mundo, sexista, inversor de riesgo, políticamente incorrecto, malhablado.

Los norteamericanos siempre han creído que ayudan a otros pueblos. No ven que sus corporaciones se han llevado todo de cada lugar en el que estuvieron (y están). Ellos sólo ven lo que los políticos y los medios les dicen que hacen por los demás. Nunca registraron que los Clinton se quedaron con un tercio de la riqueza de la devastada Haití. Solo han visto las fotos de los camiones con bolsas de arroz donadas a ese país. Ellos están desde siempre convencidos que las guerras que emprenden y todos los bombardeos que realizan son para ayudar a las democracias que los otros países no tienen. Y atan una cinta amarilla y la bandera en todas las casas y balcones. Ellos están convencidos que la Academia de Cine de Hollywood y su premio Oscar es infinitamente más relevante y justo que el que pueda darse en cualquier otro centro de creación cinematográfico porque jamás ven, ellos, que es el premio de la industria.

Naturalmente, la mayoría de los norteamericanos cree que los migrantes que van a trabajar en la construcción, en las cocinas de los restaurantes, en las huertas y cosechas, en limpieza de hoteles, oficinas y aeropuertos, y en otras decenas de oficios manuales y no-calificados son una desgracia migratoria que arruina su país y se lleva ‘su’ dinero. En consecuencia hay que echarlos o si se los tolera al menos deben dejar de recibir ayuda del gobierno que pagan ellos con sus impuestos porque los norteamericanos ‘no están para darle siempre de comer a los otros que no se ganan el pan con su propio esfuerzo’. ¡Si además ni siquiera saben hablar inglés!

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Donald Trump ganó las elecciones y barrió con todos los puestos de la cámara de representantes y la de senadores no por una casualidad. Ganó porque el iletrado, apático, racista, ultraconservador y ciego pueblo de los Estados Unidos es mayoría. Es toda una generación votante que no tolera más el ‘como sí’ de ciertas elites demócratas urbanas, muchas de ellas fuertemente atravesadas por el particular rol de los sectores sionistas. El mapa pintado de rojo de los estados en los que ganó y los pocos estados en los que Trump perdió muestra exactamente eso. La desazón del NYTimes también.

Ganó el Estados Unidos de carne y hueso. Trump es real. Realmente americano.

No es como sí. Hay muchos que todavía no logran cerrar la boca de la sorpresa o del espanto. Inútil tarea el espanto. Las elites del capitalismo financiero más concentrado han fabricado este odio y a este frankenstein durante 35 años. Y ahora está con ellos en el trono, para gobernar.

Abróchense los cinturones.

Darío Bursztyn- Periodista- Sociólogo. Especial para purochamuyo.com / Cuadernos de Crisis

LA SOLUCIÓN ES POLÍTICA


Editorial de la revista Jacobin

por Megan Erickson, Katherine Hill, Matt Karp, Connor Kilpatrick, & Bhaskar Sunkara


No nos hacemos ilusiones con la victoria de Donald Trump. Es un desastre. La perspectiva de un gobierno unificado de derecha, liderado por un populista autoritario representa una catástrofe para la clase trabajadora. Hay dos maneras de responder a esto. Una es acusar al pueblo norteamericano. La otra es acusar a la elite de los Estados Unidos.

En los próximos días y semanas muchos expertos van a apuntar al pueblo. Temblequeantes liberales ya han escrito y escrito sobre cómo mudarse a Canadá. En estos dos días el sitio web del departamento de Migraciones de Canadá colapsó por la cantidad de consultas. ¡Los que nos condujeron a este precipicio son los que están planificando la fuga!

Sin embargo, acusar al pueblo norteamericano por la victoria de Trump lo único que hace es profundizar el elitismo que colocó a sus votantes en la línea ganadora. No cabe la menor duda que el racismo y el sexismo jugaron un rol crucial en el ascenso de Trump. Y es horripilante contemplar que su triunfo servirá para empoderar a las fuerzas más crueles y fanáticas de la sociedad americana.

Y aun así, una respuesta a Trump que empiece y termine con el horror no es una respuesta política: es una forma de parálisis, una política de ocultarse debajo de la cama. Y una respuesta al fanatismo norteamericano que empiece y termine con la denuncia moral no es política en lo más mínimo. Al contrario, es derrota.

Creer que el encanto de Trump estuvo meramente basado en el nacionalismo étnico es pensar que los americanos se guían apenas por el odio y por un programa político de supremacía blanca racista.

Nosotros no. Y son los hechos los que nos avalan.

Esta elección, en palabras del analista del New York Times Nate Cohn, fue definida por la gente que llevó a la victoria a Barack Obama en 2012. No todos ellos pueden pensarse como fanáticos.

Hillary Clinton obtuvo solamente el 65% del voto latino, comparado con el 71% que logró Obama hace cuatro años. Ella logró esta pobre cosecha frente a un candidato que mostró cada vez que programa construir un muro en la frontera sur del país, y que arrancó su campaña diciendo que los mexicanos son violadores.

Clinton recibió el 34% de los votos de las mujeres blancas sin formación superior, y sólo el 54% del universo femenino en comparación con el 55% que había apoyado a Obama en 2012. Hillary, lo sabemos, enfrentaba a un candidato que exaltaba que había que agarrar a las mujeres por la vagina.

Esta fue la elección que Clinton tenía que perder. Y perdió.

foto: Hiroko Masuike- NYTimes

foto: Hirko Masuike- NYTimes

Un sinfín de acusaciones le serán endilgadas a Clinton, la candidata, pero ella solo corporizó el consenso de esta generación de líderes del Partido Demócrata. Durante el gobierno de Obama los Demócratas habían perdido la mayoría de los 1000 cargos legislativos de los Estados que se pusieron en juego, una docena de gobernaciones, 69 cargos en la Cámara de Representantes y 13 en el Senado.

Lo que ocurrió la noche del 8 de noviembre no salió de la nada.

El problema con Hillary Clinton no era ella en su peculiaridad sino su tipificidad. Era característico del Partido Demócrata que los poderosos jugadores de Washington decidieran a quienes nominaban, con abrumadores avales, muchos meses antes de que se realizaran las internas.

Tomaron una decisión por todos nosotros haciendo trampa con el mazo de cartas, en contra de una política de otro tipo que pudo ser victoriosa: la política de las clases trabajadoras.

El 72% de los que fueron a votar opinaba que ‘la economía está amañada para dar ventajas a los ricos y poderosos’. El 68% afirmaba que ‘a los partidos tradicionales y sus políticos no les importa la gente como yo’.

Casi en solitario entre todos los políticos Demócratas, fue Bernie Sanders quien habló de este creciente sentido de alienación y enojo de clase. Sanders tenía un mensaje claro para el pueblo norteamericano: ustedes merecen más y no se equivocan si piensan así. Tanto en torno a la salud, como a la educación superior o al salario. Un discurso que lo convirtió incuestionablemente en el político más popular del país.

La plataforma de Hillary Clinton tomó algunas de las ideas de Sanders, pero repudió el núcleo central de su mensaje. Para quienes encabezan el Partido Demócrata era insensato ‘patear en contra’ de América. Para ellos, USA nunca había dejado de ser ‘grande’. Y las cosas solo podían ir para mejor.

Los líderes partidarios pedían a los votantes que dejaran en sus manos la política. Y pensaban que lo tenían bajo control. Y se equivocaron, pero somos todos los que debemos afrontar las consecuencias. ¡Y lo haremos!

Esta es una nueva era que requiere de un nuevo tipo de políticas: que hable de las necesidades y esperanzas del pueblo, no de sus temores. El liberalismo elitista no puede derrotar al populismo de derecha. Es momento de abrazar las políticas democráticas, no de repudiarlas No podemos mudarnos a Canadá o escondernos debajo de la cama.


Detroit. El fin de la industria

Detroit. El fin de la industria

TRUMP, EL NAZIONALISMO-OBRERISTA Y LA GUERRA RACIAL


escribe Franco 'Bifo' Berardi- Especial para purochamuyo.com / Cuadernos de Crisis

La clase obrera se toma revancha de los que los tomaron por idiotas los últimos treinta años. Un esclavista que confiesa que nunca pagó los impuestos, un violador serial. Ese es el nuevo presidente de los Estados Unidos de América.

Intentemos comprender qué pasó. Como en 1933, la clase trabajadora votó por él porque han sido traicionados por la izquierda. Tanto en Estados Unidos como en Europa.

Lo que faltaría ahora es lincharlos porque son ellos quienes le abrieron el camino al fascismo al trabajar al servicio del capital financiero y de la reforma neoliberal: son los Bill Clinton y Tony Blair; los Massimo d’Alema y Matteo Renzi, los Giorgio Napolitano, François Hollande, Manuel Valls y Sigmar Gabriel. Y tantos otros… Digámoslo sin tapujos: una escoria que por cinismo e imbecilidad le entregó a las grandes corporaciones financieras el gobierno de nuestras vidas, y le abrió la puerta al fascismo rampante que ahora impulsa la guerra civil global y ante la cual no podemos construir diques.

En el Reino Unido, en Polonia, en Hungría, en Rusia y ahora en Estados Unidos ha ganado el Nacional-Obrerismo. La clase obrera blanca, humillada los últimos 30 años, engañada con las promesas reformistas de sus representantes, empobrecida con las agresiones financieras, es la que pone en la Casa Blanca a un esclavista violador.

Dado que la izquierda le quitó a los trabajadores las armas de las manos para defenderse, ahora tenemos ante nosotros la versión fascista y racista de la lucha de clases: Wall Street hizo lo imposible para sacarse de encima a Bernie Sanders en las primarias, y ahora un fulano del Ku Klux Klan derrota a la candidata del Wall Street.

Los próximos diez años serán tremendos. Y hay que saberlo. El fracaso de la globalización capitalista es el inicio de una guerra en la cual muy poco de lo que llamamos civilización está destinado a sobrevivir. El periódico Zero Hedge donde escriben los intelectuales trumperistas publicó hace unos días un artículo que sintetiza a la perfección lo que está sucediendo, y anticipa lo que vendrá:

“La clase media desmoralizada y desilusionada es la que ha perdido más, depredada por la Reserva Federal, con salarios que languidecen desde los años 80. Los intereses bancarios en torno a cero han castigado a los pensionados y ahorristas mientras beneficiaban a los millonarios de las finanzas. El próximo colapso financiero que está agazapado en una esquina provocará una guerra de clases en las calles”.

Bernie Sanders- Getty Images

Bernie Sanders- Getty Images

Trump ganó porque representa un arma en las manos de los trabajadores empobrecidos, considerando que la izquierda los ha entregado desarmados a los pies del capital financiero. Pero esta arma muy pronto apuntará contra los propios trabajadores y los conducirá a una guerra racial. La otra cara del obrerismo trumperista es, en verdad, el nacionalismo blanco. Dice Zero Hedge: “en las elecciones las personas blancas, casadas, rurales y religiosas enfrentarán a los negros, los huérfanos, los ateos”.

La amenaza de una guerra racial está a la vista en las posturas del Nacional-obrerismo norteamericano. Derrotados en el plano social por el capitalismo financiero, los trabajadores blancos se asumen como la raza de los exterminadores y esclavistas.

“El movimiento Black Lives Matter auspiciado por George Soros creó el caos en las ciudades americanas, impulsando a los jóvenes negros a matar policías, llevando al límite el programa reparatorio inspirado por Obama. Pero si intentan salir de sus propios guetos urbanos creados por los demócratas y si intentan ir a las zonas de la Norteamérica rural se encontrarán con los propietarios legales de armas que los esperarán atrincherados. La guerra racial terminará rápido y con un vencedor claro. Los blancos moderados y los conservadores están hartos del programa liberal y de los negros victimizados. La respuesta será: basta de tener hijos extramatrimoniales, vayan a trabajar. Edúquense. La vida es dura. Apréndanlo. ¡No les debemos nada!”

Mientras espero la segunda guerra civil norteamericana, en estos días estoy en Moscú para una conferencia. Mientras daba una charla en una galería de arte, el pueblo ruso con un gélido clima festejaba. ¿Acaso el inicio del mes de noviembre recordando la revolución soviética de 1917? No. Festejaba una cacería de polacos en 1612. El fascismo ruso de ayer se celebraba con una estatua de 18 metros a Vladimir El Sabio, cristianizador de la patria en el siglo X.

Foto: Mijail Mtezel-Tass

Foto: Mijail Mtezel-Tass

Muchísimas mujeres y criaturas, vestidos con uniformes militares alabando a los peores asesinos de la historia, desde Iván el Terrible a Stalin, el asesino de comunistas.

La raza blanca en armas prepara un final horripilante para la horripilante historia del colonialismo moderno.

Me pregunto ¿lograremos escapar a este libreto ya escrito en los libros del Armageddon que el capitalismo financiero ha preparado y en el cual la izquierda reformista y socialdemócrata hizo su trabajo de abrir todos los caminos?


EXPANDIR LA PASIÓN POR EL HUMANISMO

editorial del DIEM25

El triunfo de Donald Trump marca el fin de una época en la cual un confiado establishment pregonaba el fin de la historia, el fin de la pasión y la supremacía de una tecnocracia trabajando para el 1%. Pero la época que comienza no es nueva. Es una variación de los años treinta, con economías deflacionarias, xenofobia y una política de "divide y reinarás".

La pasión ha regresado a la política, pero no de una forma que vaya a ayudar al 80% que ha quedado afuera desde los años setenta. La pasión ahora alimenta la misantropía.

La pasión explota la furia de ese 80% pero para reacomodar el poder de arriba, mientras el 80% queda moribundo, traicionado y dividido. Es NUESTRO deber detener esto. Es NUESTRO deber emplear la pasión para la causa del humanismo.

Las tonterías del establishment lo están llevando a su muerte. Incapaz de comprender la crisis económica que creó, mataron la Primavera Griega porque podían. Llevaron a la mayoría de las familias británicas a una austera desesperanza. Arrastraron a miles de alemanes a mini-empleos. Conspiraron para contener el posible efecto de Bernie Sanders. Y cuando los resultados fueron el ascenso de los neonazis griegos de Amanecer Dorado, Brexit, los neonazis de Alternativa para Alemania y Donald Trump, respondieron con una mezcla de desdén, negación y pánico.

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La política mundial está viviendo más cambios radicales que nunca desde los años treinta. Una Gran Deflación se está apoderando de ambos lados del Atlántico, rearmando las fuerzas políticas que estaban dormidas desde 1930. El uso que hace el presidente Trump de tácticas y discursos dignos de Mussolini es sólo un síntoma de la puesta en escena de esta época sombría.

¿Qué debemos hacer?

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El espectro del Nacionalismo Internacional que se nos viene encima (desde Trump y el Brexit hasta los gobiernos de Polonia y Hungría, la Alternativa para Alemania, el próximo presidente austríaco y Marine Le Pen) sólo puede ser derrotado por el Progresismo Internacional que está construyendo el Movimiento por la Democracia en Europa.

Pero, claramente, Europa no es suficiente. Los progresistas en Estados Unidos, que apoyaron a Bernie Sanders y a Jill Stein, deben unirse a los progresistas de Canadá y América Latina, para crear el Movimiento por la Democracia en las Américas. Los progresistas de Medio Oriente, que se están desangrando contra el Estado Islámico, contra las tiranías y también contra los gobiernos-títere de Occidente, deben unirse a los progresistas palestinos e israelíes para construir el Movimiento por la Democracia en Oriente Medio.

En 1930, nuestros ancestros fracasaron en conectarse con demócratas de otros sitios del mundo para detener la putrefacción. Ahora debemos triunfar donde ellos fracasaron.

Hoy, en el día de la victoria de la política del miedo, el odio y la división, nos comprometemos a luchar contra el Nacionalismo Internacional, a formar un Progresismo Internacional efectivo y poner la pasión al servicio del humanismo.

Carpe DiEM!

 

2 comentarios

  1. Federico Caire 20 noviembre, 2016 at 09:38 Responder

    Comparto la nota de Darío en general pero hay que agregar a su análisis la prédica sistemática de los medios, aún antes de la caída de las torres, amedrentando a la ciudadanía para justificar las intervenciones bélicas en Medio Oriente y otras regiones. La excusa es garantizar la seguridad interna de los habitantes estadounidenses más que expandir la democracia en aquellos lugares.
    Por otra parte hay que señalar que el sistema electoral indirecto está pergeñado para que los intereses de la alta política sean, en definitiva, los árbitros que determinen al ganador en caso de elecciones reñidas como esta. Ya había pasado en la elección que relegó a Al Gore a favor de Bush hijo. En este caso, la verdadera ganadora fue H.Clinton, superando en más de doscientos mil votos a su adversario.

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