TRUMP: LA POLÍTICA PENAL QUE SE VIENE

AUTORITARISMO NEOLIBERAL: APUNTES DE LA POLÍTICA PENAL QUE LE ESPERA A ESTADOS UNIDOS CON DONALD TRUMP

Este texto forma parte de una serie de artículos y opiniones en torno a la asunción de Trump y el derrotero de múltiples asuntos de la justicia social, cedidos por la Revista Social Justice: A Journal of Crime, Conflict & World Order con el siguiente link http://www.socialjusticejournal.org/the-possible-futures-of-trumps-america/


Escribe Alessandro De Giorgi, Profesor de Derecho Penal en la Universidad de San José, California. Doctor en Criminología de la Universidad de Keele, Gran Bretaña e investigador de Criminología en la Universidad de Bologna, Italia.


“Tengo un mensaje para todos ustedes: El crimen y la violencia que hoy afecta a la nación muy pronto terminará, y cuando digo pronto realmente quiero decir pronto. A partir del 20 de enero de 2017 volveremos a tener seguridad”.

-Donald J. Trump. Discurso de aceptación de la nominación presidencial, Cleveland, Ohio, 21 de julio de 2016

”Cuantos más permanezcan en prisión los que delinquieron, menos gente será asesinada. Es matemático. Y es lo que en verdad pasó en 1980 cuando un mayor número de personas fueron encarceladas. Funcionó”.

-Jeff Sessions, (candidato a Fiscal General del Estado) en su Discurso al Senado, Washington DC, 3 de octubre de 2015


Tras 40 años de una expansión incesante, a mediados de los años 2000 comenzó una ola de reformas en torno a la justicia penal en los Estados Unidos de América, bajo el paraguas bipartidista de “ser inteligentes frente a los delitos” y en “basarse en la evidencia”. Y estas reformas produjeron una modesta pero efectiva reducción de la población carcelaria en los Estados Unidos.♦

A pesar de que apuntó casi exclusivamente a esa fracción de la población criminalizada identificada como ‘no-violenta’ (y a menudo al precio de aumentar los castigos a otras categorías de delincuentes), estas reformas certifican el reconocimiento por parte de las elites norteamericanas de la problemática del encarcelamiento masivo, al menos en términos de compatibilidad con el canon neoliberal de austeridad fiscal y responsabilidad presupuestaria.♦

En años recientes, este movimiento reformista ha provocado algunos magullones en la maquinaria carcelaria de EE.UU. y también en el consenso de ‘orden público’ que dominó la gobernanza norteamericana desde el ascenso punitivo en los primeros años 70. En ese sentido, la elección de Trump como el primer presidente que hace campaña en décadas con el ‘orden público’ presagia el rápido fin de esta suerte de primavera de reformas. ¿Será así realmente?♦


Aun cuando se ve una notoria ausencia de un plan detallado para la justicia penal (a decir verdad, en la mayoría de los aspectos hay una ausencia de planes del futuro presidente), no hay que ir demasiado lejos para ver los puntos clave de su pensamiento. En el año 2000, Donald Trump publicó el libro “The America We Deserve” (N.T. “El Estados Unidos que nos merecemos”), un impactante compendio de propuestas políticas en una hipotética ‘Administración Trump’. En aquel momento, Trump impulsaba a James Q. Wilson (uno de los principales defensores del encarcelamiento masivo en los círculos académicos conservadores) como su criminalista preferido (pp. 93-94); prediciendo que “cuando la población masculina adolescente aumente en el albor del nuevo siglo, vamos a ver jaurías de lobos asolando las calles, y no sólo en los centros urbanos” (p. 99). Asimismo, Trump en el libro se lamentaba “del error de creer que hay demasiada gente en la cárcel, sino más bien que no hay suficientes delincuentes presos” (p. 102). Ahí, alababa las maravillas de la política de ‘tolerancia cero’ impulsada por Giuliani y James Q. Wilson, lo que reiteró en su campaña electoral, impulsando las prácticas discriminatorias de “stop and frisk” (NT: detención y cacheo preventivo), para concluir con una abierta descalificación de cualquier explicación sociológica sobre los comportamientos delictivos y sus ‘ridícula vinculación con la pobreza, la falta de oportunidades o el maltrato infantil’ (p. 94).♦

En cuanto a la pena de muerte, su visión es transparente: el 1 de mayo de 1989 publicó en cuatro diferentes periódicos un aviso de una página completa tras la brutal violación y paliza a una mujer que hacía jogging en el Central Park de Nueva York. Bajo el título “Bring back the Death Penalty! Bring back our Police!” (NT: ¡que vuelva la pena de muerte! ¡Que vuelva nuestra policía!) Trump clamaba por la ejecución de los cinco adolescentes, todos menores de entre 14 y 16 años, falsamente acusados del crimen. Ese punto de vista lo mantuvo hasta fines de 2014 cuando la ciudad de Nueva York resolvió una pena de 40 años de prisión para esos hombres.♦


  En conjunto, las posiciones políticas de Trump, sean las de ‘orden público’, sus ataques xenófobos, la descalificación hacia los inmigrantes y los ‘peligrosos’ refugiados, su evocación de un imaginario ‘pueblo’ traicionado por una camarilla de políticos corruptos y auto-complacientes, su virulento anti-intelectualismo, y su promesa de ‘restaurar la era dorada’ de homogeneidad cultural, jerarquía racial, normalidad de género sexual, y obediencia a la autoridad, encajan perfectamente en el marco de las coordenadas de lo que el teórico cultural Stuart Hall definió en 1979 como populismo autoritario : una forma autocrática de poder que a diferencia del fascismo clásico es compatible con la existencia de instituciones representativas y se sostiene con un activo consentimiento popular (Hall 1979, 15). Digamos que el énfasis en el ‘orden público’ y la ‘seguridad nacional’ han sido históricamente los puntos enfatizados por las plataformas de los populismos-autoritarios, desde el ascenso de Margaret Thatcher en 1979 hasta las más recientes explosiones electorales de figuras como Marine Le Pen en Francia, Norbert Hofer en Austria, Victor Orban en Hungría, Geert Wilders en Holanda o Rodrigo Duterte en Filipinas, sólo para mencionar algunos. De hecho, sería de esperar que cuando asuma, Trump intente capitalizar los sentimientos punitorios que vino insuflando durante la campaña, y que avance en el conocido sendero que dejaron abierto Barry Goldwater, Richard Nixon, y Ronald Reagan.♦


Paradójicamente, creo que Trump no va a lanzarse a una campaña masiva de encarcelamiento ni de expansión de acumulación de población presa. El populismo penal es muy caro, tal como lo revelan las cifras desde que ese tipo de políticas se expandieron. Si se moviera en esa dirección, su estrategia implicaría una expansión del sector estatal, algo que difícilmente se logre sin aumentar el gasto público y los impuestos, o una inversión descomunal a la ya cuantiosa cifra dedicada a los correccionales, algo que se da de patadas con las promesas electorales de campaña. Por otro lado, los experimentos que hubo antes con cárceles privadas –sobre todo con los escándalos de desmanejo de fondos que hubo en los ’80 y los ’90- demostraron que son alternativas caras e ineficaces para el estado punitivo.♦

El panorama más amplio que hay que analizar es que mientras que el populismo autoritario de Trump emerge como un fenómeno de coyuntura, el objetivo de la elite política norteamericana se basa en los dogmas neoliberales de reducción del déficit, austeridad fiscal, y un presupuesto conservador. Tras la recesión posterior a 2007 esos principios son los que marcan las coordenadas estructurales con las que cualquier proyecto político tiene que compatibilizar…después de todo, el infame ‘compromiso de protección al contribuyente’ (taxpayer protection pledge) presentado en 1986 por el grupo lobista anti-impuestos Americans for Tax Reform, es producto de Grover Norquist, uno de los cruzados derechistas a favor de una reforma de la justicia penal, cuyo objetivo de que se vote un congelamiento de cualquier aumento de los gastos de cualquier tipo y bajo cualquier circunstancia fue firmado por 49 senadores y por 218 diputados del actual congreso de los Estados Unidos, así como por 13 influyentes gobernadores y 1000 influyentes legisladores de diversos estados. Desde esa perspectiva, será la austeridad neoliberal el principal obstáculo para los sueños autoritarios de Donald Trump, al menos en lo que concierne a una expansión carcelaria.♦


Dicho todo esto, no vamos a creer que la particular mezcla de retórica autoritaria con medidas neoliberales de Trump no vaya a tener un dañino impacto en las políticas penales. A nivel estatal que es donde se formulan las políticas penales, el discurso a favor de una reforma de la justicia penal va a continuar en la medida en que pueda encauzarse dentro de una agenda de ahorro de gasto, más que en torno a la garantía de derechos. Asistiremos a una tibia continuidad de reformas graduales que apuntan a reducir el número de presos por delitos menores de tráfico de estupefacientes, mientras se incrementan las penas para delitos más graves.♦

En simultáneo, es muy probable que las iniciativas derechistas tales como Right on Crime marquen el ritmo del debate público sobre una reforma penal que se encamine a una menor excarcelación de presos por delitos menores, mientras se blinda a los delincuentes de las corporaciones, o sea, descriminalizar diversos delitos financieros calificados como ‘desvíos de la regulación’ y se distiende el control sobre los entramados de los empresarios.♦

Creo que es bien posible que se acelere velozmente la privatización (en marcha) de amplios sectores extra o post-carcelarios, tales como la supervisión comunitaria, probation, libertad condicional, monitoreo electrónico, reingreso de presos y rehabilitación de toxicómanos, con el correlativo incremento de costos de esos “servicios” a los “clientes”. Finalmente, Trump, un vicioso de la retórica, con su deliberado discurso racista de crimen y seguridad, que ha usado y continuará utilizando, impactará en el largo plazo en los debates sobre las penas, así como en el modo en que se imaginan éstas a nivel social, y en cómo se administra en los juzgados, en las prisiones y en la calle. No será la infeliz definición de “super-predadores” que usó Clinton (para hablar de los jóvenes afroamericanos, NdeR), pero alguna versión así del imaginario racista lo que puede agradar a las bases supremacistas de Trump y que se instale con renovada preminencia en el discurso público. Independientemente de cuántas prisiones se construyan, o de las leyes rigurosas que se aprueben, esa imagen es la que los fiscales y los jueces tendrán en mente cuando ejecuten las leyes, así como los policías que patrullen las calles. Las consecuencias de todo esto en un período de creciente evidencia de la brutalidad policial y sesgo racial atravesando todos los niveles del sistema penal, no pueden ser subestimadas.♦


Señala John B. Judis en un libro recientemente publicado, que a diferencia de los populismos de izquierda, que están basados en la oposición binaria entre el pueblo y el establishment, los populismos de derecha “defienden al pueblo en contra de una elite que ellos acusan de estar mimando a un tercer grupo…El populismo de derecha es triádico. Mira hacia arriba pero también mira por encima del hombro a otro grupo” (Judis, 2016, 15). El populismo autoritario se sostiene por una producción incesante de indignos ‘otros’ contra los cuales los ciudadanos de a pie pueden ser movilizados.♦

Hoy por hoy, la imagen de la quintaesencia de esos ‘indignos otros’ –fogoneada por las autoridades a expensas de los ciudadanos que respetan la ley- son los inmigrantes indocumentados, y el presidente electo se sumará de inmediato a sus socios europeos neofascistas en su cruzada anti-refugiados de países ‘proclives al terrorismo’, en contra de las comunidades musulmanas en los Estados Unidos, y deportando tantos ‘extranjeros criminales’ como sea posible. Tal como señala Raymond Michalowski en esta serie de análisis, es improbable que Trump pueda arrestar los 11 millones de indocumentados que viven en EE.UU, pero sí es probable que los raids, las detenciones y deportaciones aumenten, precipitando a las comunidades de inmigrantes en una era de oscura inseguridad y temor. Después de todo, la infraestructura de deportaciones masivas ya ha sido exitosa con Obama, bajo cuyo gobierno se alcanzaron los records de deportaciones de migrantes.♦


  Considero que en tanto y en cuanto el tema inmigrantes pueda calar como un pánico por la seguridad de las fronteras, los delitos de los inmigrantes y el terrorismo global, ese campo es donde vamos a ver desplegado al máximo el autoritarismo de Trump hasta extremos inconcebibles. Las declaraciones de los próximos funcionarios no dejan duda de que el control inmigratorio será una de las áreas donde el presidente ponga de inmediato su energía, al menos para ganar puntos entre los sectores que más lo han apoyado.♦

  Su visión de la política penal probablemente sea, como dije, menos directa, lo que no significa que vaya a ser menos perniciosa. Mientras esperamos el nuevo tweet que muestre el futuro de la política penal en el mayor estado carcelario del mundo, debemos prepararnos para defender a las fracciones de la población más vulnerables y oprimidas por este ataque conjunto de control autoritario y abandono neoliberal.♦



El profesor De Giorgi cedió a www.purochamuyo.com / Cuadernos de Crisis esta presentación que publicara en enero 2017 en la Revista Social Justice http://www.socialjusticejournal.org/
Referencias
  • Hall, Stuart. 1979. “The Great Moving Right Show.” Marxism Today, January: 14–20.
  • Judis, John B. 2016. The Populist Explosion: How the Great Recession Transformed American and European Politics. New York: Columbia Global Reports.
  • Trump, Donald J. 2000. The America We Deserve. New York: Macmillan.

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