TERRAPLANISTAS, ANTIVACUNAS, SEUDOCIENCIAS Y LA BABEL CIENTÍFICA

Escribe Héctor A. Palma*

La ciencia, una de las más maravillosas invenciones de la mente humana, hoy no solo representa la mejor forma de explicar cómo es el mundo sino que también define y organiza nuestros modos de vivir de manera inédita en la historia; se trata de un fenómeno cultural polifacético, complejo y cambiante que ocupa a millones de personas y a instituciones de todo el mundo. Sin embargo, hay al menos tres problemas –de distinto tenor y alcance- que enfrenta el sistema científico.

En primer lugar, que la especialización y especificidad de los saberes está llegando a niveles increíbles. Si bien es cierto que el saber científico tiene algunas características básicas como el de estar organizado según disciplinas por objetos de estudio, esta división teórico disciplinar también define la administración y organización académica de los estudios, las publicaciones especializadas y libros de texto, la distribución de subsidios y premios, etc. Este tipo de organización puede encontrar una justificación fundamental en que el análisis, es decir la separación en unidades cada vez más pequeñas parece ser una de las formas típicas en que los humanos podemos comprender mejor el mundo múltiple que nos rodea.

Pero también estas divisiones que surgen del estilo de racionalidad científica moderna que podríamos calificar como analítica y compartimentadora de la realidad ha terminado, de alguna manera, ontologizándose o hipostasiándose, es decir suponiendo que la realidad misma se encuentra compartimentada del mismo modo que las disciplinas que la estudian.

Asimismo, esta especialización se refleja en la diversidad de las formaciones académicas, las perspectivas y métodos o enfoques diferentes, la diversidad del lenguaje, arsenal conceptual y marcos teóricos utilizados; lo cual lleva a una especie de Babel científica en la cual resulta difícil entenderse.

Es necesario reconocer que esta forma de producción y distribución de los saberes ha tenido éxitos deslumbrantes, marcados por el crecimiento exponencial del conocimiento disponible.

Pero las cosas han ido cambiando: la Humanidad se encuentra actualmente en una encrucijada inédita en la cual, como nunca, hay que tomar decisiones que afectarán a las futuras generaciones de un modo dramático y, quizá, decisivo para la supervivencia de la especie.

No son slogans publicitarios ni políticos (que también lo son, por cierto) la degradación del medioambiente natural, la superpoblación, la desigualdad creciente (globalización, capitalismo financiero y migraciones mediante), los conflictos armados (capaces como nunca de llegar a la autodestrucción de la Humanidad); la capacidad creciente de manipular le genética humana.

Frente a estos desafíos, los caminos que llevaron a la enorme capacidad científica y tecnológica actual parecen agotarse y la solución o, al menos los paliativos para estos problemas, requieren, como condición necesaria –aunque clara y definitivamente insuficiente si la política no acompaña- del conocimiento integrado y abarcativo de los factores en juego. Son problemas complejos y múltiples que requieren las miradas (parceladas pero, al fin, integradas en un escalón superior y no como meras sumatorias) de físicos, químicos, biólogos, sociólogos, economistas, historiadores, antropólogos, psicólogos, filósofos, artistas, etc. Pero para ello, y dejando de lado la dimensión política del asunto para otra oportunidad, se vislumbran algunos grandes obstáculos.

En efecto, uno de los más grandes desafíos radica en cómo reorganizar la ciencia a futuro dado que, las carreras académicas, es decir los sistemas de premiación, ascenso y adquisición de prestigio cuyas reglas todos conocen; los planes de estudio de grado y posgrado de las universidades; la distribución de subsidios; la evaluación por pares; las publicaciones; los programas de política científica nacionales e internacionales, todo ello se encuentra organizado según una óptica disciplinar más o menos rígida y definida.

¿Cómo se podrá replantear todo esto para lograr científicos que tengan miradas y abordajes distintos de la realidad, rompiendo con este estilo de fragmentación y especialización crecientes? Los intentos inter, multi y, sobre todo transdiciplinarios van en este sentido aunque, en el camino actual, nadie asegura que vayan a ser exitosos si no se producen cambios estructurales profundos en la formación académica.

Quizá, después de todo, no sea descabellado pensar que la fragmentación y el análisis, seguidos de una trabajosa y muchas veces fallida integración, quizá sea la única forma en que los humanos podemos generar y aumentar el conocimiento de la realidad, de modo que la integración sea solo una fantasía romántica, uno de esos ideales imposibles de alcanzar. Como quiera que sea, se trata de una tarea a la que no se puede renunciar como tantas otras tareas que la Humanidad viene ensayando, aunque fracase parcial y reiteradamente.

El segundo problema, casi paradójico, es que, en una cultura con una presencia de la ciencia y la tecnología ubicua e inédita en la vida diaria, al mismo tiempo proliferan pseudociencias y discursos irracionalistas en los medios masivos de comunicación, en las redes sociales e incluso en producciones académicas1.

El conjunto es muy heterogéneo: el descabellado terraplanismo; los estudios sobre OVNI’s –hoy un poco en retirada, aunque nunca se sabe-; la eterna astrología y sus infinitas variantes; multitud de terapias cuasi mágicas, peligrosas y validadas solo por los testimonios (subjetivos) de aquellos que las usan o (fraudulentos) de aquellos que las proveen; movimientos antivacunas, no solo carentes de sustento biomédico sino también insolidarios y un problema para la salud pública; negacionismos de variado origen y sustento epistémico (sea del cambio climático, del Holocausto, del genocidio armenio o de la dictadura militar argentina de 1976); el “diseño inteligente”, nueva versión del creacionismo, reflotado una y otra vez en debates que buscan ganar el espacio público y el ámbito educativo; algunas variantes radicales de discursos aceptados por políticamente correctos (de multiculturalismo o género, por ejemplo); autoayudas varias, incluyendo las variantes más religiosas y las neuroayudas, tan promiscuamente cercanas al individualismo neoliberal, por citar tan solo algunos ejemplos conspicuos.

Se trata de creencias de naturaleza y alcances diversos, impugnadas por distintas razones: ya porque responden a una agenda de lobbys fraudulentos, porque resultan contradictorias, porque son autoinmunes a cualquier refutación o contraejemplo, por la ausencia de sustento empírico, por el pensamiento mágico que la sustenta, por su falta de sistematicidad, por su inaceptable agenda ideológica, o bien por su inconsistencia con el resto del saber científico aceptado, etc.

El problema, en este caso, es que no se trata solo de un conjunto de creencias individuales y privadas sino que esos puntos de vista se transformaron en interlocutores legitimados en buena parte de las decisiones políticas –incluyendo acuciantes cuestiones de salud pública- y producciones académicas. De modo que este problema interpela a los científicos sobre su responsabilidad de intervenir en la arena pública de estos debates aunque los mismos no comporten ningún beneficio académico o teórico.

El tercer grupo de problemas es más local o regional. Se trata de la necesidad de lograr, en países periféricos como el nuestro, políticas científico-tecnológicas robustas, duraderas, independientes y consistentes con el desarrollo económico. En esto el CONICET tiene un rol fundamental, y su debilitamiento corta toda posibilidad de hablar de políticas robustas.

La economía de la Argentina en algún sentido se ha reprimarizado, pero al mismo tiempo por razones que exceden este artículo, tiene un relevante sector de servicios y de industrias creativas. Sin políticas que lleven la inversión en investigación a niveles considerablemente más elevados que los actuales solo se ampliará la brecha con los otros países que consecuentemente hacen otro tipo de apuesta. Pero esas decisiones no pueden ni deben ser permeables a los vaivenes de políticas partidarias contradictorias: deben ser políticas de Estado; que tiendan a la independencia tecnológica pero también a la independencia en la formación académica de nuestros científicos lo cual incluye no solo un direccionamiento de la inversión hacia temas y problemas específicos de la región sino también a evitar que el enorme costo que implica formar un científico por parte del Estado sea usufructuado por los sistemas de otros países porque se desarrolla según las agendas prioritarias de esos países.

El bienestar de nuestros pueblos depende, en buena medida, de que estas características se puedan articular en un circuito virtuoso que incluya al Estado, al sistema científico y al aparato productivo.

1 Dejaremos para otra ocasión el tratamiento de esa perversa forma de irracionalismo que festiva y cínicamente se reivindica en la agenda pública y en los medios masivos de comunicación, como es la llamada “posverdad”.

*Dr. Héctor A. Palma

  • -Profesor de Filosofía de las Ciencias / Investigador del LICH-CONICET-UNSAM - (Escuela de Humanidades. Universidad Nacional de San Martín)
  • -Profesor del Seminario “Mejoramiento genético en humanos. Historia, mitos y realidad”, Universidad Nacional de Hurlingham
  • https://unsam.academia.edu/HectorPalma/CurriculumVitae

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