QUÉ TAPA TRUMP JUGANDO SU CARTA ISRAELÍ

Por primera vez desde 1928, un año antes del estallido financiero y económico del ‘29, el partido Republicano ostenta el poder Ejecutivo y el control de ambas cámaras del Congreso, así como una muy amplia mayoría de las gobernaciones y municipios en todo Estados Unidos.

Semejante poder, temerario si se postula ‘equilibrio de poderes’ o equilibrio de intereses en la arena política, le sirvió de muy poco al presidente Donald Trump en su primer año de gobierno.

Existe en ese país lo que en inglés se cifra en la sigla GOP, Group of Power. El núcleo duro del establishment. El discurso autoritario-populista de Trump durante sus campañas (la que mantuvo para ganar la interna de su partido y la presidencial) apuntó a ese GOP que no es otra cosa que un magma indefinido de los que siempre tuvieron poder, incluido él mismo: gigantes corporaciones, industrias estratégico-militares, alianzas bipartidarias, agencias y servicios nacionales de seguridad y secretos, el aparato financiero, los medios de comunicación y los centros de formación y de pensamiento a nivel estatal o privado y/o universitario. Presentándose como un ‘outsider’, un ‘verdadero defensor de lo que le importa y necesitan los norteamericanos y no de los poderosos’, Trump amasó en plastilina la imagen de ultrarico-justiciero-sin-pelos-en-la-lengua y sin modales amables. Hacer lo que hay que hacer...

Pero todo lo que planificó y prometió salió mal, o está frenado. El gobierno de Trump no sólo cuenta con un bajísimo nivel de aceptación en el conjunto de la población de los Estados Unidos, el 38% según las encuestas de Gallup y de NBC/Wall Street Journal de fin de octubre, sino que en el seno de los republicanos ya no ejerce el liderazgo y es visto como una pesadilla.

¿Entonces? Pues entonces la carta que juega Trump es el frente externo, porque ahí no funciona el sube y baja, ni los Demócratas ni los Republicanos...ahí emerge el monstruo del complejo militar-industrial que nunca ha dejado de dominar transversalmente la política norteamericana. Y en esto Trump no tiene un pelo de original: eso mismo hicieron todos sus predecesores, inclusive para probar nuevas tácticas militares o armamento, como Reagan con la minúscula isla de Grenada.

A pedido suyo, el Senado votó en septiembre por 89 votos a favor y 8 en contra un presupuesto militar para 2018 de casi 700 mil millones de dólares (en el universo anglosajón, 700 billones). De ese total habrá 8.500 millones adicionales para la MDA (Missile Defense Agency) que trabaja en el sector de misiles, 141 mil millones (un 2,1% más) para personal militar, tropas, traslados, etc. y el consecuente aumento de soldados y marines autorizado por el Congreso.

Con este ´éxito´ en la mano, se presentó ante la ultra conservadora Heritage Foundation en octubre, donde pudo decir “como una demostración del poder norteamericano, hemos superado el techo histórico en gastos de defensa”, en línea con su ídolo-antecesor Ronald Reagan que trazó aquel ‘paz a través de la fuerza’.

⇒Donald Trump prometió en campaña un recorte de impuestos, uno de los sueños dorados del liberalismo ‘harto de sostener el populismo benefactor’, pero el plan sigue estancado porque los mayores perdedores serían las clases medias y en consecuencia un sector relevante de la producción y distribución que mueve el mercado interno. Por otro lado, siendo el país más endeudado del mundo, una caída en la recaudación tributaria real sin subir en contrapartida los impuestos a los ricos, no es aplicable porque no cierran las cuentas.

⇒Trump prometió terminar con el llamado Obamacare que permite cierta cobertura (con copago) a unos cuantos millones de norteamericanos que no pueden pagar un plan ofrecido por las empresas de medicina. Eliminarlo, bajo el argumento que sostenerlo le genera mayores impuestos a la clase media. El Obamacare no fue reemplazado y sigue estancado.

⇒Trump prometió la inmediata construcción de un muro para terminar con la inmigración a través de la frontera con Méjico y es bien recordada su boutade de que lo pagarían los propios mejicanos. Lo único que hubo es mayores deportaciones que las que ya realizaba el demócrata Barack Obama, y una discutida (hay apelaciones) decisión de quitar el programa DACA - Acción Diferida para los llegados en la Infancia que beneficia a jóvenes llegados como niños indocumentados a EE.UU , con lo que abre la chance de deportar a los padres y también a estos jóvenes. Pero el muro, su promesa número 2, no se hizo.

⇒Trump prometió una lluvia de inversiones con fábricas nuevas y generación de puestos de trabajo, que serían consecuencia directa de terminar con los Acuerdos de Libre comercio que el establishment impulsó y sostuvo por décadas. Inició una renegociación del acuerdo de libre comercio NAFTA con Méjico y Canadá con final indefinido, echó por tierra el acuerdo Transpacífico (que, dicho sea de paso, dejó allanado el camino para el comando absoluto de China) y alertó sobre cambios sustanciales en los convenios bilaterales de nación más favorecida con algunos de sus principales aliados. La cantidad de puestos de trabajo reales subió, pero con una imponente precarización.

⇒Trump, aquel que gratificó con millonarios sobornos a los jueces laborales durante la década del 80 y parte de los 90 porque pagaba 4 dólares la hora a los obreros de la construcción de sus famosos tower y hoteles, hasta el momento barrió con unas 800 regulaciones que beneficiaban a los trabajadores. Eligió para el National Labor Relations Board a dos horrendos representantes de los estudios de abogados especialistas en litigar contra los trabajadores y los sindicatos (Marvin Kaplan y William Emanuel), como Secretary of Labor (equivalente a ministro de Trabajo) a Alexander Acosta, y a Patrick Pizzella como Deputy Secretary of Labor, ambos agentes a sueldo de todos los jueces que fallaron contra causas laborales y que, sin sonrosarse, participan activamente de las reuniones del American Legislative Exchange Council y del National Right to Work Committee...dos grupos cuya consigna básica de presión es ‘no a la suba de salarios’.

El gobierno de ‘robinhood’ redujo los montos para capacitación y recalificación de empleados públicos; pospuso la entrada en vigencia de programas de protección para trabajadores en contacto con el berilio y el silicio (asociados potencialmente al cáncer); redujo el presupuesto de la Occupational Safety and Health Administration; postergó la entrada en vigencia de una declaración que debían hacer las empresas sobre si usaban o habían contratado ‘agentes persuasores’ para que los trabajadores declinaran juicios laborales; impulsa la no obligatoriedad de pago de la cuota sindical para debilitar a los sindicatos. Estas entre muchas otras medidas en contra de los trabajadores y trabajadoras norteamericanos a quienes les prometió “America first”.

Trump, tras los múltiples casos de violencia policial y racial en todo el país, esos que generaron masivas demostraciones y volvieron a plantar el nombre de Martin Luther King, en julio 2017 se acomodó frente a un pupitre y profirió un grito de guerra que cualquier uniformado de fuerza de seguridad o militar decodifica sin mediaciones: sean más duros, sean más violentos, les dijo. También les dio un manual verbal de instrucciones de cómo golpear dentro del patrullero a un delincuente detenido en flagrancia. Similar a su otro yo, el presidente filipino Rodrigo Duterte que comandó escuadrones de la muerte contra los narcotraficantes y narcodependientes y que en 18 meses se cobraron más de 14 mil vidas, Donald Trump lejos de impulsar un mayor respeto desde el poder hacia los más desposeídos, empoderó a los policías. Su abierta postura proto-KKK, llevó a los jugadores de fútbol americano a dejar una rodilla en tierra y no quedarse en pie ni cantar el himno norteamericano que se ejecuta antes de los partidos, acusándolo de racista. La Liga de Fútbol americano tenía y tiene jugadores negros castigados por ‘ofender a la Nación’.

Sin embargo, como el frente interno es una mar de fracasos (a los que se suman las recientes victorias de gobernadores demócratas vinculados al socialista Sanders, aquel bonachón que le presentó batalla a Hillary dentro del partido Demócrata), siguiendo la tradición imperial, Trump actúa sobre el frente externo.

“Los conflictos religiosos, tanto como los raciales o los étnicos son un pilar fundamental para el mundo-Trump. El necesita que haya mexican-americans que rapten y maten a una chica blanca; necesita que los deportistas afro-americanos sean ‘irrespetuosos’ con la bandera. Y necesita que los musulmanes exploten bombas y quemen banderas estadounidenses. Porque cuanto más peligrosos luzcan los no-blancos y no-cristianos, más renueva el apoyo de sus seguidores que claman por mantener lejos y a raya a los bárbaros, sea dentro de EE.UU o afuera. Y si Trump tiene que inventar esos peligros, lo hará. La diferencia con el tema de Jerusalén es que va un paso más allá: el puede ayudar a crearlos”. Peter Beinart, analista de la centenaria revista The Atlantic.

Así fue como anunció el retiro de los EE.UU de la Unesco porque los parámetros de la (verdaderamente única formación de prestigio que le queda a la ONU) le resultaban anti norteamericanos y anti israelíes.

Anunció que no firmaría lo acordado en la Cumbre de Cambio climático en París, aquel trabajoso acuerdo que movió apenas en la dirección positiva el problema del calentamiento global (que naturalmente Trump niega que exista aunque se le incendie media California por segunda vez en el año).

Desestimó dialogar y entender la dinámica que plantea Corea del Norte y al mismo tiempo recibió a Angela Merkel en la Casa Blanca pero no le dio la mano, si bien se la estrechó efusivamente a todos y cada uno de los nuevos mandatarios de Europa del Este que se convirtieron en los paladines de la xenofobia, la homofobia y hasta el homenaje a prominentes dirigentes nazis locales durante la Segunda Guerra.

Como bien señala el periodista y ex profesor de la Universidad de Princeton Daoud Kuttab, hay una direccionalidad de todas las maniobras de Donald Trump, que parecieran salidas del panfleto que escribió en diciembre de 2016 el ultraconservador judío-norteamericano Daniel Pipes “Una derrota palestina es buena para todos”. Pipes clamaba por rechazar cualquier petición de los palestinos argumentando que el pleno apoyo diplomático a Israel es la única salida.

Y ahora, en menos de un mes, Trump tomó cuatro medidas para dañar a los palestinos: a su pedido, el Congreso aprobó una ayuda de 705 millones de dólares para el programa misilístico de defensa israelí; el 17 de noviembre amenazó con no renovar la misión de la OLP en Washington; el 5 de diciembre los diputados de la Cámara de Representantes aprobaron la Taylor Force Act que desfinancia al gobierno palestino bajo la acusación de que con ese dinero da apoyo a los palestinos presos y a sus familias; y el 6 de diciembre Trump hizo la incendiaria maniobra final: declarar que Jerusalén es la capital de Israel y hacia esa ciudad mudará la embajada norteamericana que está en la capital, Tel Aviv.

¿Con qué entronca toda esta movida ?

Con la renovada idea de que el enemigo número uno es Irán, y que su despotenciación y/o destrucción es posible. Para eso, la iniciativa de Trump se apega a un pedido expreso y a los gritos del mandatario israelí Benjamín Netanyahu: romper el pacto de entendimiento con Irán. La estrategia es transparente y elimina los escasos avances que se habían logrado en el sentido de la paz. El ex presidente Obama (al mismo tiempo que Argentina firmaba un Memorándum de entendimiento con Irán en torno a sentar a declarar a los presuntos actores del atentado que destruyó la mutual judía AMIA de Buenos Aires), firmó un acuerdo con Teherán para contener su plan nuclear y que fuera sometido a inspección internacional, de modo tal de que sólo hubiera desarrollo para uso pacífico. Esa firma no sólo fue avalada por todos los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU, sino que incluso los miembros no-permanentes lo aprobaron sin dudar, por 15 a 0. Es decir, consenso mundial de que un enfrentamiento militar entre EE.UU (y la OTAN) con Irán debía desinflarse para siempre.

Creer que Trump tiene el aval del GOP para este salto al vacío anti-Irán, no es real. El senador republicano y presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, Bob Corker, advirtió que las acciones de Trump corren el riesgo de poner a la nación "en el camino hacia la Tercera Guerra Mundial". Es por eso que el Secretario de Estado Rex Tillerson y el Asesor de Seguridad Nacional H.R. McMaster han argumentado en contra del retiro del Acuerdo. Sin este, Irán sería libre de reconstituir rápidamente su programa nuclear, podría instalar más centrífugas y acumular un arsenal más grande de material utilizable por bombas. Los propios republicanos creen que liberaría a Irán para producir uranio o plutonio tan enriquecido como desee.

La alineación de Washington con Tel Aviv atiza el fuego de manera impensada, ya que el 13 de septiembre de 2016, siendo todavía Obama presidente, se había aprobado un memorando por 10 años, por el cual Washington daba a Israel 38 mil millones de dólares en ayuda militar.

Los diversos conflictos que atraviesan a los países árabes, y algunos de Asia, y que repercuten en atentados y crueldades injustificables en nombre de la religión por doquier, están teñidos por el pecado original de la sed de venganza. Gran Bretaña y Francia nunca perdonaron la revolución de los coroneles de Egipto liderados por Nasser en los años 50 y 60, y que terminaron con el colonialismo anglo-francés y amenazaron los flujos de petróleo barato. Occidente nunca aceptó ni perdonó la revolución iraní de 1979, que desequilibró el resto del mapa.

Ciertamente, los fundamentalistas han elegido como blanco a Israel, y amenazan con su destrucción, tanto como antes, durante y ahora el Estado de Israel decidió convertirse en la avanzada de occidente en la región y mantener a sangre y fuego la ocupación de las tierras árabes-palestinas.

Corramos de la escena a los talibanes entrenados, financiados, armados y guiados por la CIA para desbancar desde el interior del territorio afgano al tremendo contingente soviético que ingresó desde 1978. Corramos también de la escena a su hijo dilecto -gracias a los sauditas- que es Al-Qaeda con su estela de barbarie, y a su más reciente desprendimiento, el Daesh-ISIS. Todos errores que cobraron vida propia y revirtieron contra los propios países occidentales.

Pero si logramos abstraer por un minuto el eje de esos grupos/ejércitos, los dos ejes que están en disputa en el ‘mundo árabe’ se dividen en lo que apoya Arabia Saudita-EE.UU y la Otan, versus lo que apoya Irán. Esquemáticamente es así, dado que son diversos escenarios y no en todos los protagonistas actúan abiertamente.

Por ejemplo, Irán apoya a Hezbollah, Hamas y los Houthis (en Yemen). Esos grupos hablan de guerra santa. Pero no son los pone-bombas en Europa, que responden al ISIS, aunque ambos digan que lo hacen en nombre de Alá.

A su vez, los sauditas junto con otros emiratos más EE.UU, Gran Bretaña, Francia y una variopinta agrupación de países proveedores de armas, han sostenido al ISIS en Siria en contra del presidente Al-Assad, y desde 2015 bombardean Yemen, que tiene una hambruna de 17 millones de personas y la epidemia de cólera más extendida de que se tenga memoria. Los houthis en Yemen mataron al presidente esta semana, quien supuestamente era aliado de Arabia Saudita.

Aunque no se los mencione con la debida regularidad, los sauditas juegan siempre un papel fundamental. El primer viaje que hizo Trump cuando asumió no fue a un país vecino ni siquiera a un aliado europeo estratégico tradicional, sino a Arabia Saudita, donde se anotó uno de los primeros y únicos ‘éxitos’. Se firmó un compromiso de provisión de armamentos y tecnología militar a la dictadura saudí por 100 mil millones de dólares...una parafernalia que ellos la usan o la traspasan, dado que no sólo ponen sus petrodólares sino que actúan como comodín de Occidente en una vasta región. Los petrodólares convertidos en alimento del complejo-militar industrial, once again.

En esta palestra es precisamente Arabia Saudita la que quiere apostar a un reinado definitivo en la región, en una alianza amable con Israel, y contra Irán. Es la batalla entre los dos bandos que interpretan el Corán y las palabras del profeta Mahoma: sunitas versus chiítas. Sunitas los conservadores (A. Saudita) y chiítas con base en Irán. Sauditas con una monarquía dictatorial y dos de los lugares más sagrados de peregrinación para los 1.800 millones de musulmanes de todo el planeta; Irán con un comando que mezcla lo parlamentario con las leyes coránicas de los ayatolah, apoyando la causa palestina y al gobierno sirio.

Si la paz en Oriente Medio no ha avanzado hay que buscar las causas en este conglomerado de problemas y conflictos. Y Trump actuó con desembozada inteligencia, no con locura, porque su presa es Irán.

Jerusalén es ciudad santa para cristianos, musulmanes y judíos. Antes de la guerra que terminó con la creación del Estado de Israel cohabitaban las tres religiones. En el sector occidental había más judíos, y en el sector Este más cristianos y musulmanes. Nada muy diferente de lo que habían sido las ciudades españolas antes de la ‘expulsión de moros y judíos’ que determinó el destino de España como el país más atrasado de Europa occidental a pesar de sus colonias y las riquezas que extrajo durante centurias.

En la práctica, desde 1947 los árabes fueron obligados a mudarse al este y los judíos al sector occidental, y de ese modo hay una división, una línea verde. Nunca terminó el reclamo árabe-palestino que pretendía un estado propio con capital en el sector Este de Jerusalén, ni cejó lo propio el gobierno israelí para la parte Oeste. Las embajadas, en tanto no se salde el diferendo ni se selle alguna salida que arrastra 70 años, están en Tel Aviv.

Sin embargo, en 1980, el parlamento (Knesset) bajo mandato del ultraderechista Menahem Begin, aprobó una ley que convertía a toda Jerusalén en la ‘eterna capital’. Esto es el que impulsa otro ultraderechista como Netanyahu, y lo que lo distanció siempre de Barack Obama. Lo logró con Donald Trump, porque el proyecto es más amplio, como hemos visto. Pero ya lo remarcaron altos funcionarios republicanos del propio gobierno Trump: destapar la olla de los fuegos del infierno tiene, una vez más, negocios de corto plazo y consecuencias imprevisibles para el siglo XXI. Y no va a solucionar los problemas internos que arrastra Estados Unidos.♦♦

  • Rolando Schor, sociólogo

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