MARADOOO...EL FÚTBOL ERA OTRA COSA

Maradona y sus 57. Y el Trinche Carlovich. Un cuento para los que saben que el fútbol era otra cosa.


El escenario no podía ser mejor. La vieja cancha cercana al ferrocarril había recibido a más de cien personas esa mañana de otoño. El día era hermoso. En el rectángulo, un inusual denso césped aportaba un precioso verde; todavía se podía sentir un poco el olor a pasto mojado por el rocío de la noche anterior, que de a poco se iba mezclando con el inconfundible aroma del carbón que a lo lejos se empezaba a prender.

Se jugaba un partido que ya era un clásico. El equipo de Juan, del barrio de los monoblocks cercanos a la estación de tren, recibía a la gente del barrio militar. En el barrio militar ya quedaban muy pocos soldados, y ninguno integraba el equipo; y en los monoblocks, pocas personas habían podido mantener algún trabajo ligado al ferrocarril. Pero no importaba. Desde hacía un tiempo, una vez cada seis meses -más o menos- ambos equipos se juntaban a jugar un partido, que de a poco se fue transformando en un clásico del barrio.

Para Juan era un día muy especial. Sentía que los domingos en la cancha del ferrocarril eran el mejor momento de la semana, pero ésta era la primera vez que iba a jugar un partido tan importante. E iba a jugar desde el arranque.

Del resto de su vida no se podía quejar. Había salido hace poco del secundario, y gracias a un amigo, había conseguido un trabajo en blanco en el peaje. Ganaba bien, podía ayudar a su familia, con la que vivía ahí cerca, y en la cabina tenía tiempo para leer o escuchar la radio.

El fútbol ocupaba un lugar muy importante en su vida. La mañana la arrancaba siempre con unos mates y una mirada rápida por los suplementos deportivos de los diarios, y al mediodía hacía un repaso por dos o tres programas futboleros del dial. Estaba al tanto de todo lo que pasaba alrededor del deporte. Incluso de los chismes más disparatados ligados a la vida de los futbolistas, que los periodistas repetían -o inventaban- para llenar las horas  que se pasaban al aire.

Después no había mucho más, y no hacía falta tampoco. Trataba de entrenar dos veces por semana con la gente del equipo y desde hacía un tiempo corto había empezado a jugar de titular los fines de semana.

Pero ese día iba a ser especialmente importante porque todo el barrio iba a ir a ver el partido, incluida su familia.El enfrentamiento entre ambos equipos se había transformado con el tiempo en un evento convocante. Los barrios estaban lo suficientemente lejos como para tener cada uno su propia identidad, y lo suficientemente cerca como para mirarse de reojo. Además, los últimos partidos habían estado muy parejos y nadie quería perder. Era una cuestión de honor.

Esa mañana Juan se levantó temprano. Estaba nervioso, y apenas abrió los ojos le costó volver a dormirse. Se tomó unos mates ojeando el diario, y salió para la cancha. Cuando llegó, el único que estaba era Fernando, el capitán del equipo. Tenía más de cuarenta años pero era grandote y mantenía un estado físico impecable. Juagaba de central derecho. Era un tipo inteligente y sobre todo entendía el juego, que además le gustaba mucho.

-¿Cómo estás, Juan?- Le dijo cuando lo vio, estirando la mano para saludarlo.

-Bien. Un poco nervioso, respondió Juan, intimidado por la figura del capitán.

-No pasa nada. Vení, sentate y tomate unos mates- A Fernando, como a Juan, le gustaba llegar temprano y  sentir cómo se iba armando el partido.

Aquel día, el encuentro iba a ser sumamente parejo. El primer tiempo, entretenido y con muchos vaivenes, iba a terminar empatado. Antes de los quince minutos, y aprovechando una desatención de la defensa rival, los del ferrocarril habían pasado al frente con un gol de cabeza. Pero rápidamente los militares se habían ordenado en el campo, habían comenzado a tener el balón, y finalmente habían podido empatar el partido.

Como en una pelea de boxeo, el local había pegado primero y muy fuerte, y había dejado aturdido al rival. Pero no pudieron noquear y pagaron el precio. Inteligentemente, los visitantes se adueñaron de la pelota -como tomando aire luego de un bombazo sorpresivo- y llegando al final de la primera etapa, dominaban claramente el encuentro.

En el entretiempo la gente murmuraba preocupada mientras hacía la fila para comprarse un sánguche. En el equipo de los del ferrocarril había una mezcla de confusión y bronca. Después de un silencio de unos minutos, donde se acomodaron al lado de los bidones de agua y las mochilas, Fernando les habló a todos.

-Muchachos, la concha de su madre, si no nos despertamos nos van a pasar por arriba. ¡Nos vino a ver todo el barrio, toda la familia, no nos pueden pegar este baile! Se notaba por el silencio del resto que el tipo era respetado. -Viejo, no nos pueden pasar así. Parece que perdimos el orgullo hasta para pegarles una patada-continuó, un poco a los gritos.

El tipo era maestro en la escuela primaria del barrio y muchos lo conocían, o bien porque habían mandado a sus hijos a ese colegio, o bien porque -los más chicos- habían sido alumnos de él hace mucho. Era un tipo respetado adentro y afuera del campo. Laburador, recio, de pocas palabras y buen compañero.

Para Juan, que tenía apenas diecinueve años y había sido alumno suyo, el respeto era tan grande que lo inhibía. No levantó la mirada casi en ningún momento de ese entretiempo. Sabía que no había jugado bien y temía que Fernando lo saque. Pero no fue así, todo lo contrario. Antes de que empiece el segundo tiempo, se le acercó para hablarle en privado.

-Juan, nosotros somos una manga de picapiedras, pero vos sos crack– Le dijo mientras lo agarraba paternalmente del hombro. -Encará, vos encará. No te gastes en correr al pedo atrás de cualquiera, ni te preocupes por equivocarte o por quién te está mirando. Todos sabemos que te matás por el equipo. Encará que sos el único que puede hacer alguna diferencia arriba.

-Juan, a estos cagones les tenemos que ganar- remató secamente y se fue caminando a ocupar su lugar.

Ilustración: Galantz


El segundo tiempo fue peleadísimo. Los visitantes seguían teniendo el control de la pelota, pero los del ferrocarril habían salido con mucha más fiereza. Cortaban todas las jugadas y de a poco fueron ensuciando el encuentro.

Como era de esperar, la cosa no tardó mucho en ponerse picante. A los quince minutos, el mediocampista central del equipo local pegó una patada criminal que le mereció la roja directa. Luego del incidente, el partido estuvo parado cinco minutos, entre empujones, quejas al árbitro e insultos varios.

Y si hasta ese momento el visitante había sido superior, luego fue sencillamente un monólogo. El único de los del ferrocarril que no corría desesperado atrás de la pelota era Juan, que se movía nervioso por el mediocampo. Pero no porque no quisiera ayudar a sus compañeros, sino porque cada vez que intentaba ayudar a sus compañeros en la marca recibía una puteada de Fernando, que a los gritos le decía que espere arriba.

-Encará, pendejo, agarrala y encará- le gritaba todo el tiempo. Juan pensaba que había perdido la cordura, pero por respeto no le respondía.

Fueron momentos de muchísimo nerviosismo. En el primer tiempo había tenido pocas chances y las había desperdiciado, y en el segundo, con todo el equipo tirado atrás, había tocado menos aún. Sin entrar en juego, tenía tiempo para pensar y eso no era bueno.

Pero a los treinta y cinco minutos iba a tener su chance. Tras una serie de centros y rebotes que caían como piedras en el área propia, el segundo defensor central del equipo se encontró con la pelota y no dudó en dispararla a las nubes. La suerte hizo que aquel despeje, que podría haber ido a cualquier parte, se dirigiera al lado izquierdo del mediocampo, donde se encontraba Juan.

La pelota, que había dibujado una alta parábola, bajaba de los cielos como un meteorito. Pero Juan levantó la rodilla, y con una técnica impecable, puso el empeine de su pié derecho flojísimo para amortiguar el impacto. El control fue perfecto. Levantó la cabeza y vio que entre él y el arquero rival quedaba un único defensor que hace un segundo estaba unos metros a su derecha, pero que ahora había retrocedido, esperándolo. Era un hombre mucho mayor que él y claramente no había querido ir a disputar la pelota dividida por miedo a perder y dejarlo solo.

Juan fue directamente a encararlo. Amagó a ir por afuera, y cuando vio que el otro se inclinaba levemente sobre su perfil derecho, cambió el paso y tiro la bola larga por el lado contrario. El central movió el torso para volver sobre sus pasos, pero era tarde. Las piernas clavadas para un lado, el cuerpo intentando ir para el otro, terminó cayendo de espaldas.

Ahora había quedado solo con pelota dominada, a unos pocos segundos de distancia del arquero. Lo justo y necesario para ponerse nervioso. Pero no lo hizo. Apenas vio de reojo que una sombra se acercaba intentando cerrarle el ángulo de disparo, remató al palo izquierdo. El arquero, tarde, levantó instintivamente la mano, pero fue en vano.

Desde que la pelota pasó el alcance del arquero hasta que entró en el arco, transcurrió apenas un segundo. Pero fue de esos segundos que en el fútbol duran un poco más.Y en el mismo momento en que inflaba la red, un enorme grito incomprensible creció desde el público y se llevó todo por delante. Juan, que miraba atentamente el trayecto del balón, sintió cómo ese grito lo inundaba. Y gritó también hasta quedarse sin aire, corriendo como un loco para fundirse en un abrazo con sus compañeros que desenfrenados se dirigían hacia él. El resto del partido fue una anécdota. El equipo rival estaba anímicamente liquidado y los del ferrocarril defendieron como leones.

***

Cuando terminó el encuentro, y después de saludar a los rivales, los locales se juntaron sonrientes a un costado de la cancha a realizar un merecido brindis y a comentar con ganas lo que había pasado. El ambiente no podía ser mejor, habían ganado un partido épico y la carne estaba lista.

-Vení Juan, sentate por acá- le gritó Fernando.

Juan estaba feliz. Se sentía realizado. Sabía que había cambiado la suerte del partido y que en gran medida era el responsable de la alegría de casi toda la gente que estaba ahí. El barrio iba a comentar sobre ese día y esa jugada por mucho tiempo. Pero muy especialmente, Fernando seguramente estaba orgulloso de él.

-Encaré, ¿viste?-  Le dijo sonriendo a Fernando mientras agarraba una cerveza que estaba más rica que nunca.

- Sí, Juan. Estuviste un fenómeno- le respondió Fernando.

Conversaron del partido, comieron y tomaron cerveza un rato largo.

-¿Cómo lo dejé al viejito? ¿Vieron?-dijo Juan riéndose y apuntando con la cabeza para un costado.

El primer central del equipo rival, que había descuidado la marca en el primer gol y que había quedado desparramado en el segundo, se había quedado sentado solo, a unos metros de donde estaban charlando los locales. Se lo notaba abatido. Algunos se sonrieron. Fernando no.

-¿Sabés quién es el viejito ese?– Le dijo.

-No- respondió Juan levantando los hombros.

-El Trinche Carlovich, Juan. Un crack de verdad-

-¿Y ese quién es?- le preguntó Juan.

Fernando lo miró, poniendo la cara un poco de costado.

-Casi me olvido que somos de otra generación, Juan. O de otro mundo casi- Fernando ahora sí sonrió con ganas. -El Trinche Carlovich fue…no; es, uno de los pocos exponentes que quedan de otro fútbol. De un fútbol mejor- Fernando empezó a hablar y de a poco los compañeros que quedaban alrededor hicieron silencio para escucharlo.

-Pero claro, cómo vas a saber quién es, si hoy en día el fútbol son tres chetos boludos en la tele, disfrazados con pantalones que no los dejan respirar, hablando de los cortes de pelo de algún que otro pata dura o de los gatos que se come… Pero dejame que yo te cuente-

-Yo no sé qué andará haciendo por acá, porque mucho no le gustaba salir de sus pagos. Pero si vas a Rosario y le preguntás a los tipos de más de cincuenta años, a los que de verdad, pero de verdad les guste el fútbol, vas a encontrar sin lugar a dudas a más de uno que te diga que era mejor que Maradona. Juan y alguno de los otros que estaban allí lo miraron raro, aunque sin faltarle el respeto.

-Por ahí estás pensando que exagero, y puede que tengas razón. Pero no es mentira lo que te digo- Hizo una pausa, como buscando las palabras, y siguió -Mirá, me acuerdo que Menotti dijo una vez del Trinche que parecía que la pelota lo llevaba a él. “Una pelota inteligente y artista que llevaba atrás a un jugador de fútbol”.Y ojo que cito de memoria… Siempre tan lírico el flaco-

Juan se acomodó un poco y empezó a prestar atención, mientras tomaba otro trago.

-El tipo fue un jugador de potrero. Control de pelota, gambeta. Un crack. Jugó apenas dos partidos en primera, o ninguno. No me acuerdo bien. Por eso no hay filmaciones suyas. Lo dejaron libre en Rosario Central porque no le gustaba entrenar parece- Fernando pronunció las últimas palabras y se rió un poco.

-De ahí pasó a Central Córdoba y revolucionó todo Rosario. Parece que la gente viajaba especialmente a verlo a él. Ahí cuentan que el Loco Bielsa fue cuatro años seguidos a verlo todos los sábados, jugara donde jugara. Pekerman también. En ese momento jugaba en Argentinos Jrs, y cuenta que cada vez que podía se escapaba para verlo. El tipo allá es una leyenda. Y es cada vez más grande- rió. -Si vas ahora, te van a decir seguro que no le sacaron la pelota durante un año seguido-.

Fernando hizo una pausa y le pidió una cerveza a uno de los compañeros que estaba sentado junto a la heladera. Juan levantó la cabeza en dirección al viejo y siguió viendo a un señor abatido. El tipo se había sacado la remera. Era ancho, tenía su buena panza y unos rulos blancos y largos, todos transpirados, que no lo hacían muy glamoroso. Ahora estaba conversando con uno de sus compañeros de equipo mientras se comía un sánguche de bondiola. Parecía más tranquilo.

-En el otoño del ´74- continuó Fernando- El seleccionado argentino hizo un partido amistoso contra una selección de Rosario antes de ir al mundial. En ese partido, por el lado de los rosarinos, jugaron cinco tipos de Newells, cinco de Central y el Trinche. A la selección Argentina le pegaron un baile bárbaro, y según Pedro Poy, que jugaba para los argentinos, el director de orquesta fue el mismísimo Trinche. ¿Qué me contás?-

-Y aunque el tipo seguía jugando en la B, algunos años después Menotti lo terminó convocando a la selección nacional. Pero el loco no llegó nunca al entrenamiento. ¿Pueden creer? Los amigos dicen que, en vez de presentarse, se fue a pescar– Fernando terminó de hablar con una sonrisa, mientras los compañeros lo miraban atentamente y en silencio.

-Qué loco- comentó uno –Pensar que si el tipo hubiese jugado hoy, y le hubiese gustado entrenar, estaría lleno de guita. Y miralo -dijo riéndose-tomándose una helada con nosotros y con esa panza tremenda-

Fernando se rió también y le respondió

-¡Pero no entendiste nada de lo que te estoy contando! Si el tipo fuese joven hoy, por ahí también estaría acá con nosotros. No se hubiese comido el enganche de Juan seguramente… pero por ahí estaría acá lo mismo. El tipo es un jugador de fútbol, tipos como esos hay muy pocos. Para ellos la gloria es otra cosa-

Le alcanzó una cerveza a Juan y le dijo

-¿Porqué no vas y le decís que se venga a tomar algo con nosotros?

Juan, que estaba un poco conmovido por toda la anécdota, ahora sí lo miraba al tipo distinto.

Lo pensó un poco, se levantó con esfuerzo y caminó lentamente con la cerveza en la mano hasta donde estaban los rivales charlando con Carlovich.

-Maestro, ¿no vendría a tomarse una fresca con nosotros?


  • Germán Pinazo- Argentino- Politólogo y escritor. Título original: "El fútbol era otra cosa". Cuento inédito.

  • Ilustraciones: Daniel Galantz. Ilustrador y humorista gráfico- Montevideo (1974)- Reside en Buenos Aires, Argentina

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