LOS CONDENADOS DE ESA TIERRA

Barack Obama está en los últimos meses de su mandato presidencial. Pero tras 8 años de la crisis de Lehman Brothers, la banca, la bolsa, los fondos de pensión y el salvataje a las grandes empresas y corporaciones financieras la vida de los condenados está igual. O peor.

El mandatario hizo una ‘visita oficial’ a España de menos de 24 horas. Llegó a Madrid el sábado a la noche y el domingo a la tarde regresó porque desde hace décadas los Estados Unidos de América no viven una ola de violencia y gatillo fácil tan descomunal dirigida a las comunidades más pobres, en particular negros y latinos.  El último dato es el ex militar negro (ex guerrero de alguna guerra por un buen sueldo) que se apostó arriba de un edificio en Dallas y disparó contra los policías blancos, matando a cinco, mientras se desarrollaba una marcha de las tantas que se hacen regularmente bajo la consigna #blacklivesmatter, o sea “la vida de los negros importa”.

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El ex militar fue abatido en el acto, pero Obama, Hillary Clinton y la troupe Trump están en campaña y a nadie le conviene más olas, porque el tsunami social tiene honda raíz y vieja data.

Con un discurso propiamente de campaña y teñido de la teoría (infecta) de los “dos demonios”, el líder demócrata afirmó este martes 12 de julio “nadie es enteramente inocente…a pesar del hecho de que la policía fuera el objeto de la protesta, esos hombres hicieron su trabajo, estaban sirviendo al país", dijo Obama. "Ningún individuo, ninguna institución está totalmente inmune del prejuicio racial", aseveró durante el oficio religioso montado para despedir a los policías.

Las protestas que se suceden en barrios y ciudades, y que tienen escasa visibilidad y prensa, recrudecieron con los últimos acontecimientos, con más de 5 jornadas a lo largo de todo el país. De hecho, miles de personas salieron nuevamente a las calles el lunes y durante una de ellas en recordación de un joven negro fallecido durante el fin de semana por gatillo fácil policial, se produjo un tiroteo con el saldo de 5 personas heridas, cuatro de ellas mujeres.

En su cuenta de Twitter, Barack Obama advirtió que hoy miércoles iba a reunirse en la Casa Blanca con policías e instituciones de la “sociedad civil” para debatir “cómo salir adelante”.

Desde agosto de 2014 cuando un muchacho negro en Ferguson, estado de Missouri fue muerto por la policía, la ola de odio social y racial de los uniformados se cobró la vida de 123 negros y casi 500 en total, incluyendo otros pobres no negros.

People march Tuesday, Aug. 19, 2014, during a rally for Michael Brown, who was killed by police Aug. 9 in Ferguson, Mo. Brown's shooting has sparked a more than week of protests, riots and looting in the St. Louis suburb. (AP Photo/Charlie Riedel)

People march Tuesday, Aug. 19, 2014, during a rally for Michael Brown, who was killed by police Aug. 9 in Ferguson, Mo. Brown's shooting has sparked a more than week of protests, riots and looting in the St. Louis suburb. (AP Photo/Charlie Riedel)

Las detenciones de los militantes y ciudadanos desmienten a Obama y al resto del elenco de la elite política. El diario La Jornada de México publicó un relevamiento de los detenidos en todo el país por protestar contra la violencia de los policías. Hubo gases lacrimógenos y gas pimienta para dispersar a la multitud en St. Paul, 20 detenidos en Nueva York, 125 en Baton Rouge, estado de Louisiana.

Purochamuyo.com / Cuadernos de Crisis, publica hoy los dos últimos capítulos de la investigación del profesor y analista penal Alessandro De Giorgi, experto en el sistema carcelario norteamericano quien desde hace más de una década publica regularmente sobre el negocio del encarcelamiento y la inmensa dificultad para vivir en Estados Unidos para alguno de los 7 millones de convictos que salen de prisión, en particular para los negros y pobres.

SALIR DE LA CÁRCEL EN ESTADOS UNIDOS: CONSEGUIR TRABAJO, CUALQUIER TRABAJO

 

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REINGRESAR A LA NADA #2- LOS TRABAJADORES POBRES

                    -Es importante conseguir un trabajo. Después puede pensarse en intentar un trabajo mejor

                                           (Manual informativo de libertad condicional- California Dept. of Corrections & Rehabilitation)

Durante el apogeo del capitalismo industrial, cuando los mercados laborales eran relativamente estables, los salarios más altos y las mínimas protecciones sociales hacían factible la disciplina laboral como un camino hacia la ciudadanía social, el salario constituía una plausible avenida para reintegrar a los ex-presos (Simon 1993, 39–67). En el actual capitalismo desregulado, caracterizado por mercados laborales altamente segmentados y descomunales niveles de inseguridad económica, eso ya no ocurre con la creciente población –mayoritariamente de afro-americanos y latinos- que. Día tras día son eyectados de la maquinaria penal norteamericana, vertidos en las barriadas segregadas de donde salieron. En los guetos postindustriales, los ex-convictos se baten para ingresar en los rankings de los trabajadores peor pagos, inmersos en una frágil red de control post-carcelaria delegada en manos de actores privados –hogares en-tránsito, centros de rehabilitación por droga-dependencia, programas de reingreso, y especialmente empleadores de bajos salarios que ansían conseguir trabajadores en situación de alta vulnerabilidad (Miller 2014). Relegados al estatus de ‘contratados liminales’, o sea, que ni están en el mundo del trabajo a pleno derecho ni están fuera de él, tomando prestado el poderoso análisis de Orlando Patterson sobre esclavitud y muerte social (Patterson 1985, 45), los pocos que consiguen emplearse viven en carne propia la descarnada violencia del trabajo degradado (Doussard 2013) del capitalismo neoliberal…a un paso ‘salarial’ de volver a ser un sin-techo, de volver a estar en la más abyecta pobreza y hambruna.

Ray es un afro-americano de 49 años que fue liberado en 2010, tras 11 años de cárcel. Esta fue su segunda “entrada”, luego de una sentencia previa a dos años de prisión que cumplió a fines de los ’80. Cuando era niño, Ray fue criado en un hogar cuya madre era la jefa de hogar, en el abominable proyecto Nickerson Gardens en Watts, Los Angeles. A pesar de que le gusta recordar sus días como malhechor en las calles de Los Angeles, antes de terminar en la cárcel Ray fue durante diversos períodos de vida parte de la clase obrera. En los años 90 tuvo un trabajo temporario como changarín descargando camiones en un depósito; trabajó cinco años en el restaurante Taco Bell y luego otros tres años en Home Depot. Y está orgulloso de su pasado como trabajador, lo que le hace soñar con una oportunidad exitosa ahora que está libre. De hecho, no perdió tiempo y de inmediato se anotó como voluntario en una clínica de salud comunitaria en West Oakland, y posteriormente fue contratado como empleado part-time.- Trabajó por unos meses por 12 dólares la hora (960 dólares al mes), pero sólo estaba unas horas por semana y, dada la falta de fondos, fue despedido a poco de empezar. El pastor que lidera ese centro lo ayudó a encontrar otro trabajo part-time en una mueblería, y ahí trabajó 5 meses a razón de U$S 10 la hora (800 dólares al mes). Este trabajo también fue de corta duración, aunque esta vez fue despedido porque el negocio cerró. En los siguientes tres meses su único ingreso fueron los 200 dólares de la Asistencia Social (que él debía devolver, ya que el Condado lo toma como “un préstamo individual de ayuda”). En el verano de 2012, se reconectó con un viejo amigo y colega de su trabajo en Taco Bell en 1992, quien ahora era gerente del restaurante KFC de East Oakland. Lo contrató a Ray para cubrir suplencias, a 8 dólares la hora. Y Ray conservó ese trabajo desde entonces.

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En los acotados márgenes de lo que significa el “reingreso social”, la historia de Ray es una historia exitosa: logró estar lejos de la prisión, excepto por unos pocos días en el calabozo por una pelea con su pareja, Melisha; ha estado empleado la mayor parte de los 3 años desde que fuera liberado; su afición por el alcohol no comprometió su libertad condicional. En las notas siguientes, intentaré complejizar este cuadro incorporando dos instantáneas de la vida de Ray como miembro de los trabajadores pobres en el mercado laboral post-cárcel.

  • 15 de agosto de 2012

A las 9 de la mañana recibo un mensaje desde el celular de Melisha:

“Ray me dijo que te mandara esta foto de él y que te pidiera si podés traerle un Four Loko (un licor) para él así lo tiene para cuando vuelve del trabajo, y unos dolaritos para mí para jugar mi billete (de lotería) y también me dijo que te re-ama por todo, porque si no fuera por ti él nunca hubiera recuperado su trabajo y él quería que te lo diga- ¡Sonrisas!”

Dos fotos de Ray usando el uniforme rojo de KFC venían con el mensaje de texto. Su brazo derecho en su pecho y su mano formando el signo de 3 dedos de West Coast.

Decidí visitar a Ray para desearle buena suerte en su primer día de trabajo en KFC. Cuando entré en su departamento, ambos estaban muy excitados. Melisha se estaba maquillando en el espejo mohoso del baño y Ray estaba arrellanado en el diván, con su uniforme rojo de KFC, con una sonrisa de oreja a oreja. Por un momento pensé que lucían como una pareja preparándose para salir de vacaciones. Me senté en el sofá y le pregunté a Ray cómo se sentía sobre su nuevo trabajo:

A: ¿Y, es a tiempo completo?

Ray: No. Soy suplente.

A: ¿Y la paga?                                                                                                                        

Ray: No lo charlamos todavía porque como Encargado yo ganaría un salario. Pero empiezo esta noche, ahora, y cobro por semana.

A: ¿A cuánto?

Ray: Probablemente 12 dólares, algo así. La paga semanal más premios.

A: ¿Y qué pasa con el Seguro de Salud, te lo dan?

Ray: Absolutamente.

A: ¿Así, apenas comenzás?

Ray: No, no, no, no. Eso cuando me nombren Encargado, ahí me dan todo completo, completito.

A: ¿Así que estás feliz?

Ray: ¡Muy! Y es probable que me mude de aquí… [enciende un minúsculo resto de un porro y lo inhala con un sonido sibilante]

A: ¿Y a dónde querrías irte?

Ray: Por ahí, en el lago [se refiere a Lake Merritt, Oakland]. Hace mucho vivía en Alameda. Tenía un lugarcito lindo cerca de la playa en Alameda...piscina, jacuzzi. ¡Mierda que estaba bueno!

A: ¿Lo alquilabas o era tuyo?

Ray: Lo alquilaba. Eso fue...hace unos cinco años, y si me quedo aquí (en el empleo en KFC) unos cinco años más, probablemente  me juegue por una casa.

Antes de irme fui hasta el refrigerador y dejé dos latas del licor que había traído. La heladera estaba vacía, con excepción de una botella de Pepsi, una salchicha a medio comer, y un cono de papas de McDonald’s. Lo miré a Ray que todavía estaba enredado con su porro y me aseguró que no bebería el licor antes de ir a trabajar, que lo haría cuando volviera de KFC, tarde, a la noche, “para celebrar su nueva vida”.

  • 14 de enero de 2013

Pasaron cinco meses desde que Ray empezara su trabajo en KFC. Una mañana me llama y me dice “ ’mano, ¿podés traernos algo de comida? Nos estamos cagando de hambre…”

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Hacía dos semanas que habían recibido la nota de desalojo de su pequeño apartamento en planta baja en East Oakland, y tenían que irse el domingo. En diciembre, Ray y Melisha habían sido arrestados por una pelea en la madrugada, afuera del departamento, y un vecino llamó a la policía. Los llevaron a la comisaría y los tuvieron en el calabozo 3 semanas. Parcialmente a consecuencia de esto, no pudieron pagar el alquiler mensual de 900 dólares, y le debían al propietario 600. En los últimos días habían sacado sus pocos electrodomésticos fuera del departamento, y durante mi visita comprimieron sus pertenencias en unas bolsas de residuo grandes, que yo mismo ayudé a llevar a un depósito guarda-muebles barato en East Oakland. Lo único que quedaba en el apartamento era el colchón en el que pensaban dormir hasta que los echara el alguacil; también la laptop que le había prestado a Melisha, así ella podía enviar sus solicitudes de trabajo online.

Cuando estacioné frente a su apartamento, estaban sentados en la vereda.  Sleepy, el perrito pinscher que Ray había adoptado a poco de salir de prisión en 2011, comenzó a saltar alrededor mío. “¿Y amigos, cómo va todo?”, pregunté. Melisha apenas si registró mi presencia y siguió con su teléfono, en un claro signo de que ella y Ray habían estado peleando. Ray contestó con su sarcasmo habitual: “¡Tal como lo planeamos, ’mano! ¡Estamos sin techo y hambrientos!”. Le di a Melisha dos bolsas con comida que había traído para ellos y ella se metió en la casa.

Ray me pidió que lo siguiera hasta el auto, porque necesitaba una conversación “de hombre a hombre”. Nos sentamos en su auto Camaro que lentamente se estaba cayendo a pedazos: más desordenado que nunca, con ropa sucia, con bolsas de KFC y otras cosas tiradas por todos lados. Le pregunté una vez más cómo había pagado 4 mil dólares a un oscuro dealer de East Oakland por un auto en ese estado espantoso…tapizados manchados despelechándose, los asientos quemados por colillas de cigarrillos, los neumáticos saliéndose de la llanta de metal y la ventanilla del conductor sin subir ni bajar. Pagaron 2000 dólares de anticipo gracias a un cheque estatal de devolución de impuestos que Ray había recibido tras una larga espera, y acordaron pagar 12 cuotas de 250 dólares mensuales, aunque obviamente nunca pudieron cumplir con el compromiso.

Ray me dice que está desesperado por dinero, que sólo le habían dado unas horas por semana en KFC desde que lo habían soltado del calabozo por la pelea con Melisha el mes pasado; que todavía cobraba 8 dólares la hora y que estaba ganando menos de 200 dólares por semana, pero que Melisha no había logrado conseguir trabajo –a pesar de haber mandado su solicitud a McDonald’s, Pack n’Save, chocolates Ghirardelli y muchísimos lugares más-, y que el seguro social del SSI se lo habían suspendido porque estuvo presa.

A: En este instante… Los dos, ¿cuánto dinero tienen en el bolsillo?

Ray: Ni un cobre, nada.

A: ¿Nada de nada?

Ray: Cero, unas moneditas [busca en sus bolsillos, abre la mano y tiene un cambio que no llega a un dólar].  Estos son nuestros ahorros. ¡Ah, sí, y la galleta gratis…[me extiende una bolsa de papel grasienta de KFC con una galleta con chips de chocolate, semiderretida].

A: ¿Una galleta gratis?

Ray: ¡Sí señor! Una cookie de KFC, eso es todo lo que tenemos.

Tenían que dejar el apartamento a fin de semana y encontrar un nuevo lugar para estar. Ray me dijo que una opción podía ser un trailer en un parqueo que hay bajo un puente de la autopista. Mientras hablábamos en el auto, Ray sacó un pedazo de cartón donde habían escrito con marcador negro “AYÚDEME A SALVAR A MI PERRO…necesita un veterinario- Gracias por su donación”. Me explica que hoy planea mendigar con el perro a su lado a la entrada del supermercado Safeway que está en zona residencial, y se muestra optimista con lo que pueda recaudar porque –dice- Sleepy provoca compasión en “las mujeres de clase media”.

Mientras conversamos, Melisha salió del departamento y me dice que necesita ir al depósito-guarda-cosas para sacar el microondas que usan para calentar las sobras de pollo frito que Ray trae de KFC los días que trabaja. La llevo y veo sus cosas en depósito: unas pocas bolsas plásticas con ropa y zapatos, un par de parlantes para audio que recogimos de la basura unos meses atrás, algunos muebles baratos y derruidos, una pantalla de computadora rota que también estaba en la basura, y alguna decoración de Halloween.  Cuando abrimos el baúl de mi auto para poner el microondas, Ray mira mis bolsas con cosas de almacén de Trader Joe’s y dice “Eso es lo que debería comer por mi presión alta, la diabetes y toda esa bosta…no la mierda de pollo de KFC”.

Volvimos al departamento, dejamos el microondas y decidimos ir hasta el lugar donde alquilan trailers para ver los costos. Ray maneja su Camaro mientras Melisha y yo lo seguimos en mi auto. Ella llora casi todo el viaje, quejándose de la situación, repitiendo “Nunca fui una sin-techo en mi vida. Siempre tuve donde dormir”. Cuando llegamos, veo la casa rodante derruida donde esperan mudarse. El parqueo de trailers parecer un campamento de sin-techo. Ray me pide que hable yo con el gerente, confiando en que mis credenciales de clase-media lo salven de pasar por un pedido de referencias crediticias.

Pero sus expectativas se derrumban cuando el gerente, un hombre blanco de 60 y pocos años y muy malos modos responde que para que Ray y Melisha se puedan mudar al trailer tienen que pagar 1000 dólares por anticipado en concepto de primer mes, depósito y costo de antecedentes crediticios. Le respondemos que lo vamos a pensar y nos vamos.

Vamos hacia el supermercado Safeway donde Ray planea mendigar, pero Melisha deja bien claro que ella no va a quedarse ahí con él, y se mete a esperarlo en el auto. Ha estado llorando durante el viaje y dice que Ray me ha mentido con el tema de la bebida: ha estado tomando desde que salió de la cárcel…y mucho. Melisha me dice que está deprimida con todo lo que les está pasando.

En el Safeway, Ray apronta su cartel y el perro, y se sienta en la entrada del supermercado. Se lo ve con buena vibra y hacemos bromas sobre lo que está haciendo, que no parece avergonzarlo. Me pide que me quede a distancia porque si pasa alguien y me ve cerca va a pensar que es una broma y no le van a dejar dinero. Así que me siento en una pared baja y miro la escena. Las pocas personas que pasan –la mayoría mujeres blancas, mayores, que van al supermercado- se muestran atraídas por el perrito, y apenas registran a Ray y al cartel donde pide dinero. En tanto, Melisha está sentada en el asiento de adelante del Camaro, jugando con su teléfono y haciendo como que no lo conoce a Ray. Para las 4 de la tarde, tras unas 4 horas de mendigar, Ray ha recogido unos 20 dólares más unas monedas. Separa 10 dólares para la gasolina, le da 5 a Melisha (que automáticamente compra un billete de lotería) y gasta el resto en unas latitas de licor de malta, en la tienda de licores de la esquina.

Al momento de escribir estas notas, casi 4 años después de su liberación, Ray sigue trabajando como suplente, por 8 dólares la hora en KFC, y Melisha sigue sin empleo. Él sólo salió a mendigar un par de veces más luego de aquella vez en Safeway, porque dice que no vale la pena. Al día de hoy, compro regularmente productos de almacén extra para llevárselos.

Referencias- Bibliografía
Doussard, M. 2013. Degraded Work: The Struggle at the Bottom of the Labor Market. Minneapolis: University of Minnesota Press.
Simon, J. 1993. Poor Discipline: Parole and the Social Control of the Underclass, 1890-1990. Chicago: University of Chicago Press.
Miller, R. 2014. “Devolving the carceral state: Race, prisoner reentry, and the micro-politics of urban poverty management”. Punishment & Society 16(3): 305-335.
Patterson, O. 1985. Slavery and Social Death: A Comparative Study. Cambridge, MA: Harvard University Press.

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REINGRESAR A LA NADA #3- HOGAR, DULCE HOGAR

De ahora en adelante, la regla para los residentes que cometan delitos y trafiquen drogas será que a la primera quedas fuera de juego

Bill Clinton, Presidente, Debate de Estado de la Unión, 23 de enero de 1996

Encontrar un techo cuando se sale de la cárcel es una de las prioridades urgentes y uno de los máximos desafíos para los ex convictos. La literatura sociológica más reciente ha analizado escasamente los vínculos entre la carencia de vivienda y la encarcelación (ver en Gowan 2010), a pesar de que hay muchas encuestas que muestran el alto porcentaje de sin-techo que estuvieron en prisión, y que un significativo número de quienes recuperan la libertad se enfrentan con la perspectiva de ser sin-techo cuando los liberan (Roman y Travis 2004, 7). Las consecuencias de las medidas draconianas que se pusieron en marcha en el punto más alto de la guerra contra las drogas, como esa de “A la primera estás fuera de juego” (“One Strike and You’re Out”), que niega a los ex presos la posibilidad de acceder a viviendas subsidiadas, repercutieron en una crónica falta de viviendas accesibles en las áreas urbanas para la mayoría de los ex presos (Thompson 2008, 68–87). En California y muy especialmente en las grandes ciudades como San Francisco y Oakland, la situación muestra dos fenómenos recientes: el proceso de gentrificación en áreas residenciales que está en marcha, y que redundó en una disminución de  la cantidad total de inmuebles accesibles (ver Beitel 2013; Smith 1996), y las disposiciones del Public Safety Realignment, que priva a un número cada vez mayor de ex presos de las pocas opciones de alquiler temporario (por ejemplo, los hogares-albergue, hogares transitorios, etc.) que están disponibles para los que gozan de libertad condicional. Considerando estas circunstancias, los ex convictos deben valerse día tras día de sus propios medios para conseguir algo en un mercado inmobiliario fuertemente hostil. Los pocos afortunados que tienen familias estables encuentran un techo cuando salen; muchos no y se encuentran con la perspectiva de ser “homeless” o caer en las garras de los dueños de los peores inquilinatos que pueblan la economía informal callejera.

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 Rico es un hombre de unos 50 años de hablar tranquilo que fue liberado de la prisión estatal en 2010. Nació en Puerto Rico y lo crió su madre en el espantoso grupo edilicio de Marcy Projects de Brooklyn. En su niñez, que la pasó como estafador callejero en New York, fue abusado por un tío y sufrió constantes golpizas del novio de su madre. Ya adolescente, comenzó a usar drogas, dejó la escuela secundaria y cuando cumplió los 18 se mudó a Oakland para vivir con su padre biológico, que era un dealer de drogas. Rico vendió drogas para su padre pero al poco tiempo ambos fueron arrestados. Estando en la cárcel, el padre le aseguró que ambos saldrían enseguida si Rico –que no tenía antecedentes- se cargaba con toda la culpa. Joven e inexperto, Rico le obedeció, y a su padre lo soltaron a los pocos días. Sin embargo, Rico fue sentenciado a 5 años en la prisión estatal; durante todo ese tiempo no recibió ninguna visita, ni llamado ni siquiera una carta de su padre. Rico se hizo adicto a la heroína a los 18 años y estuvo entrando y saliendo de prisión, casi siempre por cargos relacionados con drogas, durante los últimos 30 años.

La primera vez que lo entrevisté, una mañana cálida de fines de septiembre de 2012, había estado “limpio” prácticamente todo el año; estaba culminando un programa de rehabilitación y se alojaba en una casa para ex-adictos en tratamiento. Ganaba 800 dólares al mes en un centro de salud comunitario en West Oakland donde yo me había referenciado para mi investigación. Y ese trabajo le permitía ahorrar dinero metódicamente con el sueño de alquilar su propio departamentito. En las notas que siguen, documento la batalla de Rico para conseguir ese techo en su carácter de ex-convicto.

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  • 7 de diciembre de 2012

Rico está por terminar su turno en la clínica comunitaria. En la esquina nos ponemos a charlar y fumar cigarrillos, y me cuenta que ha guardado un poco de dinero cada mes y que ahora podría hacer el depósito inicial para un alquiler y pagar la primera renta, y que está listo para mudarse a un lugar nuevo en East Oakland. A la salida del trabajo planea ir a buscar un sofá y dos sillones de un negocio de muebles usados en el centro de la ciudad, y para eso le prestan una vieja pick-up Toyota blanca que literalmente se cae a pedazos. Como él no tiene licencia de conducir desde 1981, me pide si yo puedo manejar el vehículo. En el negocio de muebles, que se parece más a un basural que a otra cosa, trabajosamente logramos comprimir el sofá gigante y los dos sillones en la pick-up, y nos vamos en dirección a East Oakland a través de una larga hilera de depósitos y fábricas abandonadas. Licorerías es lo que salpica el paisaje aquí y allá, reuniendo alrededor a prostitutas, dealers de droga y homeless con su carrito a cuestas.

El apartamento de un dormitorio de Rico, en ese desolador paisaje, luce decente. Es un modesto lugar en planta baja, en un complejo tipo dúplex, rodeado por una verja de metal, con un patio delantero descuidado y con muebles viejos y repuestos de autos desparramados por la vereda. La casa está a metros del estacionamiento de una escuela primaria que a esta hora está repleta de gente –mayormente Latinos- porque los chicos están saliendo del establecimiento.

Cuando metemos el sofá y los sillones en el departamento, comenzamos a convertir el espacio vacío que alquiló Rico en su primera sala de estar en años. Maniobrar los sillones aparatosos nos lleva una buena hora y lo veo a Rico saltando excitado de un sillón a otro, anticipándose a los grandes momentos que pasaremos jugando en la PlayStation y divirtiéndonos. Mientras me hace el tour por los otros cuartos, me repite que es la primera vez en años que se siente feliz y en la cocina abre el refrigerador y me muestra que tiene comida fresca. Abriendo la ventana de la cocina muestra un patiecito indicándome dónde instalará la parrilla, y me invita al primer asado que hará para inaugurar su nueva casa.

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  • 15 de febrero de 2014

En enero, la clínica comunitaria despidió a Rico aduciendo “falta de fondos”. Ahora, sin trabajo y sin otros recursos, deberá dejar el departamento a fin de mes. Voy a verlo al mediodía y recién está levantándose de la cama. Está deprimido por perder el departamento y parece más delgado de lo que estaba la última vez. Se esfuerza en aclarar que hizo todo lo posible para estar en la buena senda. Mientras busque otro lugar, tendrá que encontrar dónde poner los muebles.

Le digo que lo acompaño a buscar otro lugar en East Oakland. Hay un edificio maltrecho en Front Avenue, donde Rico dice que alquilan cuartos por 500 dólares al mes. Una puerta de metal oxidada nos conduce a un vestíbulo común totalmente sucio con cenizas de cigarrillo, bolsas de basura, muebles viejos arrumbados en cada rincón, y sobras en todos lados. Unos plásticos negros cubren las ventanas para impedir la entrada de la luz incluso durante el día. Los 12 cuartos están distribuidos a ambos lados de un pasillo que es un basural por donde un pitbull blanco corre con una botella de plástico de aquí para allá.

Lo sigo a Rico hasta el último cuarto a la izquierda, que está ocupado por uno de sus viejos amigos. Pispeando por las puertas abiertas lo único que veo son cuartos desastrosos con basura en los pisos. En algunos, la gente está sentada en su cama, fumando, mirando la tele, discutiendo a los gritos. Por todo concepto, los residentes comparten dos baños y duchas, y como el resto del edificio están asquerosos. Música hip-hop sale de los cuartos vecinos, inclusive en el que entramos. Allí dos hombres blancos de mediana edad, casi sin dientes, están fumando metanfetaminas y se ponen nerviosos cuando me ven, pero Rico les dice que no soy de la poli y siguen en la suya. Pasan unos minutos de silencio y Rico me cuenta que el edificio era antes un hogar de tránsito del programa de recuperación de adictos a las drogas. Ahora es un edificio gueto con departamentos baratos en alquiler. Pero como Rico ya no está en libertad condicional, no puede volver al albergue y mudarse aquí es la única opción que le queda, pues el dueño no pide ni depósito ni pide los antecedentes bancarios.

  • 10 de octubre de 2014

Rico vivió ahí en Front Avenue por ocho meses y pagó la renta con los cheques de la Asistencia General del condado, además de algún dinero por trabajos insólitos, transas y regalos de amigos. En junio pasado el lugar se incendió, probablemente porque funcionaba mal un hornillo que tenía uno de los inquilinos en uno de los cuartos, y la gente debió escapar de las llamas tirándose por las ventanas porque no hay salidas de emergencia y los aspersores antiincendio no funcionaban.

Cuando yo llegué al edificio eran las 10 de la mañana. Autos quemados, bolsas de basura, electrodomésticos abandonados, muebles carbonizados acumulados cerca de la verja...la entrada parece más que nunca un basural. En la puerta de ingreso un cartel rojo advierte a la gente que no entre porque “el edificio está seriamente dañado y es inseguro para ser habitado”. Muchos viven ahí de todas maneras y pagan 300 dólares al mes de alquiler: si no tienen suficiente efectivo, el dueño acepta vales de comida.

Rico me abre la puerta y paso a un espacio oscuro. Nos abrazamos y casi puedo sentir sus huesos. Ha perdido peso los últimos meses y no se lo ve bien: sus ojos están hundidos y todo él luce afligido y débil. Pensé que su hepatitis había empeorado pero me dice que es el estrés, y me demuestra que está fuerte haciendo flexiones de brazos: “¿ves hermano que está todo ok? Todavía puedo hacer esto”

El edificio no tiene ni electricidad ni agua caliente…antes enganchaban los cables de electricidad a una fuente externa. Las paredes están grises de humo y la estructura está a punto de venirse abajo. Hay un penetrante olor post-incendio que domina el lugar aún tres meses después del siniestro. Todas las ventanas están entablonadas y hace falta luz de linternas para navegar entre los desperdicios y los muebles calcinados.

El cuarto de Rico produce más claustrofobia en la oscuridad. Los muebles de su antiguo departamento apenas si caben: un TV pequeño, el sofá con los dos sillones, un microondas, una vieja mesa de café y un pequeño armario. Una enorme bandera de Puerto Rico cuelga en la pared que da a la puerta de entrada. Rico está en el sofá mirando “The Brady Bunch”.  Me siento junto a él y le doy un billete de lotería y unos atados de cigarrillos Newport que compré en la licorería de la esquina. Dice que tiene algo para mí, y saca una camiseta negra con la inscripción de El Padrino, escrito en español.

Y me muestra el comprobante de su nueva licencia de conducir 2015. El costo lo cubrió trabajando en plomería con su hijo mayor. Pagó el cargo a pesar de no tener licencia de conducir y “así los polis no tendrán otro pretexto para cagarme la vida”. Ahí mismo me mostró fotos que tenía en su celular. Hay un video de Rico trabajando con su hijo y una foto del cheque por 400 dólares que recibió como paga. Tras cubrir los 300 dólares de la renta para poder seguir en el edificio, le quedan mensualmente 36 dólares de “ahorro” del cheque que le da la Asistencia estatal que es de U$S 336.

Un hombre delgado de unos veintipocos años entra al cuarto mientras hablamos. Es el hijo más chico de Rico, que ha pasado las últimas noches en uno de los cuartos. Rico me explica que hace un mes el Departamento de Policía de Oakland, la Fuerza Antimotines y la Oficina de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos hizo una razzia en el edificio. Dieron vuelta el lugar buscando drogas y armas, y se llevaron a alguna gente, y quedaron algunos cuartos vacíos. Durante el operativo, Rico se escapó por una de las ventanas de atrás del edificio.

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Según Rico, el lugar se puso muy peligroso últimamente. Algunos de los que estaban se fueron o fueron arrestados, y hay nuevos residentes que ingresaron, la mayoría tiene armas y hubo con frecuencia violentos incidentes en las últimas semanas. Él se siente tan inseguro que instaló dos cámaras con un circuito cerrado de TV, una apuntando al vestíbulo y la otra cubriendo el corredor. Ambas están conectadas a un pequeño monitor que tiene en su cuarto, que mira todo el tiempo.

Hace muy poco, durante la noche, pasó el peor de los incidentes violentos. Uno de los residentes había aceptado esconder una maleta de un hombre que huía de la policía. Pero el tipo se esfumó con la valija, que contenía un lote importante de marihuana, tres armas de fuego y 10 mil dólares en efectivo. Y el ‘propietario’ de la maleta amenazó a todos los residentes si no le devolvían sus cosas. Rico intentó hablar con el hombre y le advirtió que no entrara en el edificio, pero el fulano volvió una hora más tarde con otros tres pesados que forzaron la entrada principal y entraron, derribando puertas e incluso golpeando a un anciano negro hasta dejarlo moribundo. Cuando se aproximaban, Rico cargó la pistola Mágnum 357 que tiene para “protección personal” y se sentó en el sofá mirando hacia la puerta, que empezó a ceder con los golpazos que le daban. Ahí él disparó unos cuantos tiros y ellos también hicieron fuego mientras retrocedían por el pasillo. Rico me muestra del lado de afuera de su cuarto los agujeros que quedaron en el corredor, en la puerta del baño y en el techo: conté ocho agujeros pero él me dijo que los disparos fueron muchos más. La puerta de su cuarto está rota por la mitad y tiene cuatro agujeros.

Dentro de su cuarto, Rico me muestra el arma cargada. “Es peligroso tenerla porque ya tengo cargos por portación de armas”, me dice. Otro residente Latino, un hombre de unos 40 años, entra y le pide marihuana. Rico le da algo y le dice que son 10 dólares, y el hombre le promete volver luego con la plata. Cuando se va, no puedo dejar de ocultar mi sorpresa y le pregunto a Rico si comenzó a distribuir “merca” otra vez.

Dice que no.

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En enero 2015, Rico continúa habitando el edificio quemado. Como tiene antecedentes criminales por cargos por distribución de droga, no puede postularse para ayuda habitacional subsidiada. Sin un trabajo decente, nunca podrá salir de ahí para vivir en un lugar mejor. Su única opción es quedarse en ese predio decrépito, expuesto a la contaminación química, temiendo a diario por su vida, y empujado inexorablemente al remolino de indigencia, transas y pequeños delitos del que intentó zafar.

Bibliografía
Beitel, K. 2013. Local Protests, Global Movements: Capital, Community and State in San Francisco. Philadelphia: Temple University Press.
Gowan, T. 2010. Hobos, Hustlers and Backsliders: Homeless in San Francisco. Minneapolis: University of Minnesota Press.
Roman, C.G. y J. Travis. 2004. Taking Stock: Housing, Homelessness, and Prisoner Reentry. Washington, DC: The Urban Institute.
Smith, N. 1996. The New Urban Frontier: Gentrification and the Revanchist City. London: Routledge.
Thompson, K. 2008. Releasing Prisoners, Redeeming Communities. New York: New York University Press.
* Alessandro De Giorgi es Profesor Asociado y Coordinador de Graduado en el Department of Justice Studies, San José State University, y miembro del Consejo editor de Social Justice. El desea agradecer al equipo de investigación integrado por Carla Schultz, Eric Griffin, Hilary Jackl, Maria Martinez, Samantha Sinwald, Sarah Matthews, y Sarah Rae-Kerr por su invalorable contribución.

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