HOMENAJE A OSVALDO BAYER - El galope de Facón Grande por la estepa

Escribre Pedro Cazes Camarero, 26 de diciembre de 2018

Hace unos años, durante una charla bastante concurrida donde se discutía acerca de los orígenes del peronismo, una piba de  menos de 22 me hizo una pregunta asombrosa: ¿Evita era antes o después del Che Guevara? Pasado el primer momento de estupor, caí en la cuenta de que el tiempo aplana los sucesos y que para esa chica, el Che, Evita y los protagonistas de la Semana Trágica de enero de 1919 se habían reunido a esa muchedumbre incontable de santos, mártires y héroes, integrada antes que ellos y entre tantos otros, por Bolívar, San Martín, Robespierre y Espartaco.

Lo que impide prima facie que ese revoltijo se consume, es la introspección de quienes fuimos contemporáneos de Evita, de los bombardeos del ’55, de la guerrilla boliviana del Che y de las grandes puebladas del ‘68 y el ’69, recuerdos concretos de nuestro pasado personal.

Pero el lapso de una vida humana es corto respecto del palpitar infinito de la existencia de los pueblos. El relato histórico debería salvar esa limitación, pero todos sabemos que en la escuela primaria y el colegio secundario, la historia argentina se detiene apenas empezada, el día de los tres gobernadores en junio de 1820, o a lo sumo, con la batalla de Caseros y “la derrota de la barbarie federal”. Y pegando un brinco, ese mismo discurso reconstruye la realidad contemporánea en las páginas de los diarios de la derecha.

Es verdad que entre las amplias mayorías populares existe mucha gente que no se chupa el dedo por completo y que alineando los recuerdos propios y los relatos de sus padres y abuelos con las versiones distorsionadas de los periódicos y los manuales, pueden perciben las omisiones y las mentiras con que nos alimentan, generación tras generación. Pero incluso entre los más desconfiados y críticos, entre los propios militantes políticos y sociales, existe una suerte de resignación respecto de ese permanente apoderamiento del pasado y del presente por parte de los mismos que se apoderan de las riquezas y del poder.

Entonces, es preciso que, frente al discurso de la omisión, que silencia las titánicas luchas de los pueblos década tras década, siglo tras siglo (existieron Lautaro y Caupolicán allá al sur, existieron Arbolito y Pincén, existieron Ángel Vicente Peñaloza y Felipe Varela, existió la Semana Trágica), y frente al discurso de la distorsión y la mentira, se construya para las generaciones venideras un relato histórico que aspire a la verdad, esto es, a la restitución del protagonismo de los mayoritarios en todos los aspectos, y que convierta la ingenua mirada plana, en otra llena de color y perspectiva.

Esa es la palabra que pronunció Osvaldo Bayer durante su prolongada presencia entre nosotros, su invalorable aporte que confiere sentido a nuestra presencia aquí y ahora.

A partir de 1970, la editorial Galerna publicó “Los Anarquistas Expropiadores”, “Los Vengadores de la Patagonia Trágica” y “Severino di Giovanni”. Pero mi generación los leyó primero en la edición reducida de la revista “Todo Es Historia”.

A mediados de la década de los ’60 yo trabajaba en la guardia de bacteriología del Hospital Tornú, en Buenos Aires: grandes pabellones algo ruinosos separados por jardines. Las guardias hospitalarias intercalan breves períodos de actividad febril con largos períodos de calma. En esas intermitencias fui devorando esos trabajos de Bayer recién salidos del horno. Parado junto al autoclave de bronce encendido, que susurraba en el balcón del laboratorio, bajo la intensa luz amarilla del farol del primer piso, yo leía en voz alta a algunos compañeros hipnotizados la historia de amor de Severino y su novia adolescente, Paulina Scarfó; el descenso descalzo de él por las escaleras de la penitenciaría de Las Heras, para ser fusilado en uno de los patios, gritando evviva l’ anarchia; el galope de Facón Grande por la estepa nevada; las discusiones de los huelguistas sobre rendirse o huir a Chile… sin olvidarse de las andanzas porteñas de los anarquistas catalanes.

Si hay algo que agradecer a Félix Luna es haberle permitido a Bayer esas publicaciones en momentos difíciles (como casi todos los momentos en nuestro país). Entre reconstrucciones triviales de la moda en el virreinato y descripciones como la del naufragio del Principessa Mafalda, los ensayos de Osvaldo brillaban en aquellas páginas de papel canalla y letra diminuta. Los actos de revolucionarios del pasado resucitaban para nosotros, nos hermanaban con ellos a través del tiempo, y eso continuó ocurriendo, una y otra vez: cuando los presos políticos nos apoderamos de la cárcel de Rawson en 1972, durante la dictadura de Lanusse, estábamos en la estela del gallego Soto y sus compañeros en 1921, rumbo a Chile (ver el testimonio filmado, ofrecido por nuestro compañero Pedro Bonet una semana antes de su fusilamiento el día 22 de agosto en Trelew). Y más acá, cuando los estudiantes de la escuela “Rauch” (coronel asesino de pueblos originarios) exigieron que se la rebautizara “Cacique Arbolito”, aplicaron no otra cosa que la memoria rescatada por Osvaldo.

Hace poco, cincuenta años después de haber leído “Los vengadores…” en “Todo es Historia”, visité con mi compañera Silvia el paraje cercano a la estancia “La Anita”, en la provincia de Santa Cruz, donde fueron fusilados los huelguistas capturados por el ejército. Una pared de árboles verde- grisáceos, que oscilaban al viento, terminaba en las estribaciones casi verticales de la cordillera.

El camino de grava conducía directamente a un espacio despejado rodeado por una pequeña pared de piedras. La única nota estridente era nuestra camioneta roja. Todo parecía conservarse como en 1921, salvo un mástil donde ondeaba la bandera argentina y un monolito que recordaba los crímenes cometidos. Entre los participantes de la inauguración del monumento se hallaba inscripto el nombre de Osvaldo. Sin su ensayo, publicado ya hace tanto tiempo, resulta difícil imaginar ese homenaje. El, además, fue uno de los motores de aquella mítica Revista Crisis y de los Cuadernos de Crisis en los ‘70, donde irremplazables como Galeano y Paco Urondo, entre otros, produjeron un fenómeno de militancia, rigor periodístico y cultura modélico.

Durante las últimas décadas, Osvaldo recorrió incansable el país luchando por los derechos de los pueblos originarios y proclamando su ideario anarco-pacifista. Pero no hace mucho, concurrí a un acto organizado por él, bajo la enorme estatua ecuestre de Roca, en Diagonal Sur. Osvaldo exigía convertir el monumento dedicado al generalote en un homenaje a la Mujer Originaria. Hacía mucho calor. Al final, cuando la multitud se disgregó, nos fuimos a un barcito de la calle Perú a tomar agua mineral.

Escuchame” me dijo, “el caballo de la estatua está apoyado en tres patas solamente”. Lo miré intrigado. “Me dijeron que con medio kilo de termita…” continuó.

Esperé en silencio que terminara, pero no lo hizo. Dejó el vaso vacío en el mármol y se levantó. “Nos vemos” se despidió. “Nos vemos” contesté. Los compañeros lo esperaban afuera, mientras caía la tarde.♦♦


Pedro Cazes Camarero, director de la Revista Crisis en 1988.


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foto de cubierta originalmente publicada en http://elfurgon.com.ar/2017/02/16/la-patagonia-sigue-rebelde/

 

2 comentarios

  1. Gra Scorzo 27 diciembre, 2018 at 17:34 Responder

    Extraordinaria reseña de la verdad histórica,resaltando la gran diferencia que marcó Bayer, y dejar en claro que no es lo mismo La Bibia que el Calefón

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