ESCRITOS DESDE LA LEONERA

por Nicolás Almeida, de Editorial cartonera Cuenteros Verseros y Poetas


El Colectivo Editorial Crisis inicia con esta la primera edición de los cuentos y narraciones escritos por presos.

Un siglo después, son los nuevos Cuadernos de la Cárcel, esta vez, no por Antonio Gramsci sino los textos de miles y miles de un universo de personas que están y piensan tras los muros.

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SILENCIAR Y CASTIGAR

El olvido como dispositivo de tortura

Bien al sur de nuestro mundo y del continente americano, se ubica Argentina con de más de 40 millones de individuos y 200 años de historia desde su independencia. Fundada bajo la promesa de constituir una república con igualdad de deberes, derechos, garantías y toda la pompa burocrática que esgrime objetivos integradores para todo aquel que desee habitarla. Lo cierto es que mucho dista de ser alcanzada por todos y para todos. No estaría contando nada nuevo cuando hablamos de países en vías de desarrollo. Lejos se encuentran estas cuestiones de ser percibidas en los datos estadísticos o cuantitativos de los registros oficiales.

Narraré en primera persona cómo el olvido es utilizado como dispositivo de tortura que comienza al momento de nuestra detención y se agudiza en “casa grande” como solemos decirle a la cárcel. No sería posible sino gracias a un estado punitivista adoptado por gran parte de nuestra sociedad como correcto accionar sobre quienes se presume, han transgredido la ley.

Hablar del olvido es traer a discusión una cuestión incómoda, por ser un mecanismo de sentido común en la vida del ciudadano corriente, un sentido que busca desentenderse de la cuestión criminal una vez que interviene el estado. “Del castigo se ocupa la justicia” y se desentienden de lo que pueda suceder con los imputados propiciando el terreno para la impunidad y la corrupción.

Todos cooperan en mayor o menor medida para que esto suceda. “Algo habrán hecho, por algo están ahí, que se pudran en la cárcel” expresan conmovidos por el acto delictivo en sí, construido y repetido hasta el cansancio como única explicación posible de los hechos, empleando para ello, diversos medios de comunicación. Lo cierto es que jamás cuestionan los trasfondos que desencadenan dichos actos delictivos ni el rol de las fuerzas de seguridad cada vez más violentas y empoderadas por el desinterés colectivo. Allí el olvido, posibilita y potencia la tortura toda vez que se desligan de las formas de abordar esta cuestión.

> 1 <

Había logrado evadir la justicia por más de dos años. La mayoría de las veces, el dinero arreglaba todo en las primeras horas de taquería, pero no esa vez. Demasiados testigos. Me atraparon con las manos en alto y haciendo señales de que cesen el fuego, venían tirando y a pocos metros una multitud de chicos salían de una escuela primaria. Estaba acorralado y ya sin armas, así que preferí cooperar, el miedo no era zonzo decía mi abuela Antonia. Una vez esposado y en el suelo me llenaron de patadas. Los borcegos se me incrustaban entre las costillas y con pisotones en la cara pretendían que dejara de protegerme. Estaba tirado en una calle de entrada a la villa (asentamientos populares) Cárcova de San Martín cuando me arrancaban una muela a golpes y eso solo fue el principio. Cuando por fin me arrojaron a una celda vacía y cerraron la reja, me derrumbé, ya sin fuerzas ni para sostenerme de pie. El frío impiadoso y perseverante del concreto, atravesó mi espalda que con resignación dejaba caer en una esquina sucia del calabozo más relegado del lugar, donde aguardaban los contraventores. Allí todos eran culpables hasta demostrar lo contrario, puesto que era un sitio de inescrupulosa pena.

La mañana siguiente se hizo esperar. Aparecieron dos siluetas muy apuradas;

-¡Arriba, dale arriba arriba che! Gruñeron imperantes. –¡contra la pared, mano atrás! Y me trituraron las manos con marrocas que apretaban enérgicamente esperando oír mis quejas. Podía entender la bronca y la adrenalina el día anterior y luego de una extensa persecución, pero la violencia se convirtió en un hábito a lo largo de toda la estadía. Las fuerzas utilizaban el mismo tono para cualquier respuesta dirigida a los presos. Con el tiempo comprendí eso de “punitivismo” y sus alcances y  quienes se atrevan a reaccionar de un modo más sensible sufrirá persecuciones eternas.

Al cabo de unos días, fui condenado a esperar mi juicio en el complejo federal Ezeiza, era la primera vez que entraba a un penal y tan solo unos meses habían pasado de mi cumpleaños número dieciocho. Una edad que llega inexorable con responsabilidades, obligaciones y demandas externas, esté uno preparado o no para ellas, las comprenda o no y que con incertidumbre somos obligados a enfrentar. Y así lo hice, aferrado a las enseñanzas que la pobreza me brindó.

Me subieron al camión de traslados tipo 5:30 de la madrugada y encadenaron mis manos a la altura de las rodillas de tal modo que mi espalda no tocó el respaldo de la butaca por muchas y largas horas. Antes de llegar a destino fuimos a varios penales de la provincia. Hicimos un millón de kilómetros. Al hambre y la sed se sumaron el olor nauseabundo del orín y el humo de tabaco barato. Mas de diez personas aplastadas por el tiempo ya venían viajando. Cada tanto balbuceaban algo sobre el lugar donde posiblemente estaríamos más por tener algo en que pensar y decir que por la utilidad del acierto. Como a las doce de la noche pasamos por el anteúltimo penal. Sumaron al grupo una figurita reconocida en la cárcel, aunque por supuesto para mí solo era un viejo enojado más. Lo encadenaron justo frente a mi nariz. Evitarnos era imposible así que no tardó en fundarse una conversación. Las preguntas casi predecibles surgieron de inmediato;

 -¿Y a vos a dónde te llevan? Exclamó atento a mi respuesta.

 -A Ezeiza. –Dije, sin imaginar lo que diría luego.

 -Uf, lindo arranque vas a tener. Primero te pegan y después te dicen por qué y si es que te lo dicen. Y prosiguió compartiendo sus experiencias por aquel lugar.

Intenté disimular la decepción por lo que el viejo decía, pero fue imposible. Suspiré y preferí no haber sabido nada de lo que ahora proyectaba mi imaginación.

Llegamos al complejo y la entrada era algo así como un límite fronterizo de países en guerra. Reflectores gigantes en lo alto de los módulos recortados sobre el fondo oscuro de la noche, siluetas humanas, uniformadas, camufladas y armadas. Perros, barreras, controles. Todo aportaba un dramático cambio del mundo que hasta ese entonces daba por conocido. 

Se olvida lo que no se ve ni se escucha, para eso son los muros tan altos. Construyen espacios de encarcelamiento en masa, sitios aislados y alejados de los centros de las ciudades. Cualquiera creería que fueron construidos para que los internos no escapen, lo cierto es que funcionan para que nadie nos vea, para que no nos escuchen o de lo contrario el gran castillo de mentiras llamado democracia, se derrumbaría.

> 2 <                        

-¡Mano atrás cabeza gacha, vamos corra! -Decía el primero apostado en un cordón de seguridad humano que comenzaba al descender del camión y concluía en el interior del penal en unas leoneras inmensas libradas a la suerte. Eran treinta o cuarenta metros aproximadamente.

Antes de bajar pensé en mis pertenencias, si las debía bajar yo mismo o que debía hacer con ellas, cuando el primer golpe bien ensayado me sorprendió detrás de la oreja. Automáticamente me olvidé de todo. Seguido a eso un macanazo en la cabeza, otro en la espalda y otro a las costillas. Los últimos pateaban los tobillos con la intención de vernos caer. Ya no intentaba atajarlos, solo quería llegar al final del puente. Casi terminado el suplicio inicial tuve el reflejo de cubrirme las sienes con las manos y entonces alguien gritó:

-¡Mira éste, quiere esquivar la bienvenida! Dos segundos después un empujón me apartó del cordón que a poco estaba de terminar. Los buenos reflejos generalmente son festejados pero yo lo lamenté.

–¡Cubríte dale, Cubríte! Con bronca burlona replicaban, buscando en mí los puntos descubiertos para machacar. Intentarlo solo empeoraba las cosas. Luego me levantaron entre dos y me retorcieron los brazos por detrás de la espalda. Días más tarde supe que a eso se le llamaba “posición motoneta”, la cereza del postre. En el ritual, se veían las ansias de todos por ser parte de la fiesta, les era muy cómico, nunca intentaron disimularlo. Después de unas horas fui a parar a una celda individual y al cerrarse la enorme puerta metálica detrás de mí, inexplicablemente me sentí a salvo.



Estaba en el pabellón “F” apoyado junto a la salida del patio interno cuando vi pasar un perro, pequeño, de pelo corto, marrón, no más grande que un fox terrier. El asombro fue mayor cuando noté que llevaba un chaleco hecho a medidas color negro. Al levantar la mirada, un malón de cascos, escudos, palos y caras entraban por el mismo lugar de donde venía el amigo cuadrúpedo. Parecía que no lograrían pasar por la puerta, aunque era bastante ancha, y quedarían trabados por tanta indumentaria, pero pasaron. Entraron golpeando sus escudos con los palos cual guerreros medievales y tocando silbatazos, la requisa llegaba. Al cabo de unos minutos, todo el pabellón se encontraba amontonado en un rincón de aquel mínimo patio interno. Los escudos nos apretaban desde todas las direcciones al son de la señal de un superior que decía: “compriman”. Y lo hacían, una y otra vez. De esa manera el aire entre nosotros fue desapareciendo. Un palazo en la espalda era otra señal para darse vuelta y desnudarse a la velocidad de la luz. Requisa corporal. Al llegar mi turno recibí el golpe copiado más uno traicionero. La macana de madera, como los que usa la policía montada, me encontró la boca del estómago de tal modo que caí arrodillado. Siguieron los golpes en la espalda para ordenarme que me ponga de pie. Insistían en que debía decir mi nombre, apellido y número de celda y lo repetían bastonazo de por medio.

–Nombre apellido y número de celda. Bastonazo. Estaban apurados, intenté cumplir la consigna, pero solo alcancé a emitir un balbuceo fino y entrecortado que los irritaba más. Notaron que seguir con los golpes no daba solución alguna, así que me tuvieron que dejar a un costado y esperar a que recupere el aliento. De a uno a la vez iban achicando el montoncito de pibes, ubicándolos en otro rincón pero ya totalmente desnudos y encimados. Lejos de encontrarle algún sentido, seguían con eso de la reinserción social. Al llegar a mi celda una vez que terminó la requisa, o paliza aunque no quieran nombrarla así, solo pude recostarme en la chapa que teníamos de cama en posición fetal. Los golpes limitaban el ingreso de aire a mis pulmones. Así, sin más que poder hacer me dormí. Segundos antes vi las cartas y fotos de mi familia dentro del inodoro, recuerdos estropeados no sin intención.

El sistema penal también se ocupa efusivamente de agotar las fuerzas de las pocas personas que nos acompañan, los pocos que aún nos recuerdan como seres humanos. Obligadas a viajar cientos de kilómetros con mercaderías, elementos de higiene y sanitarios, debido a la falta de insumos y repuestos edilicios, vitales para la vida de las personas presas y de lo que estas instituciones jamás proveen. Los consecutivos y espontáneos traslados que podrían tocarnos un día cualquiera a cualquiera de las 35 cárceles federales distribuidas en 13 provincias y 58 bonaerenses repartidas por los rincones de la provincia de Buenos Aires, son volver a la aventuras de lo incierto para muchas familias. Se hace una tarea imposible seguirnos, no hay cuerpo que aguante sin autodestruirse rápidamente en los primeros años, por no decir meses. Son sometidos a exhaustivas vejaciones por parte de los agentes penitenciarios en los ingresos a visitas. Les rompen lo que llevan, les niegan el ingreso de muchos artículos con la excusa de ser limitaciones  asegurativas. Las dejan totalmente desnudas pisando el concreto gélido sin poder decir nada al respecto ya sea por temor a empeorar la situación o retrasar el ingreso. Queda a merced del ánimo de los penitenciarios decidir quién ingresa o quién, por algún detalle, debe salir y rehacer las filas. Al cabo de un tiempo nadie soporta ni física, ni mental, ni económicamente. En general mujeres y niños se ven en las interminables filas de las entradas a las cárceles, sin reparos del frío o el sol, a la intemperie total durante horas para abrazar y asistir a los suyos. De esta manera y lentamente somos aislados de los afectos como lo fuimos también de lo material.

> 3 <                        

Pasaban los meses en ese penal y la requisa volvía de la misma forma al menos una vez a la semana. Aprenderse el repertorio para cobrar lo menos posible fue un reflejo casi natural, pero siempre y aunque se hiciera todo al pie de la letra, los golpes llegaban.

Una noche sin previo aviso anunciaron: -Traslado muchacho. Abrieron la puerta y quedaron de brazos cruzados esperando que yo junte mis cosas y salga. Pregunté a donde iba, a lo que uno respondió: -Dale dale, arma el mono y salí, qué tanto preguntas, ¿o tiene miedo? Claro que lo tenía, por supuesto que lo tenía pero ellos querían disfrutar con mi respuesta así que no lo hice. Pensé que saber o no saber, no haría la diferencia.

Los traslados espontáneos sin justificativo lógico, que pocas expectativas generan en los detenidos de arribar a un lugar mejor, hacen de las personas forasteros constantes, alguien que piensa todo el tiempo en irse, en lo que deberá ser y tener preparado en otra parte, en otro sector incierto de este universo. No tiene por qué cuidar ni valorar nada de lo que hay a su alrededor, todo puede ser útil para crear un arma de defensa ya que el encierro es similar esté donde esté, lo que cambian son los rostros. Se piensa todo el tiempo en la libertad pero más atención lleva el querer descubrir de donde vendrán los golpes, intentar descifrar las intenciones de su nuevo entorno y de qué poder hacerse para defenderse aunque no siempre se puede, mucho menos cuando la trampa está calculada por quienes deberían evitarlas.

Llegué a Devoto a las celdas de ingresos a las 3 a.m., hacía frío, era algún día de agosto, así que ni bien pasé al pabellón, fui rápidamente y sin prestar mucha atención al calor del fuego que manaba de un anafe por allá al fondo. Hacía tiempo que no veía ni sentía algún tipo de calefacción. Me convidaron vaca rayada (leche en polvo) y mientras batía entusiasmado comencé a saludar y a mirar a quienes estaban a mi alrededor. Algunos se sorprendieron de mi reacción, cualquiera estaría más pendiente de la formalidad o presentaciones de un recién llegado, pero la verdad yo tenía más hambre que intención de socializar. Tardó cinco días en atenderme una junta de admisión que definiría donde me alojarían, pero estuve en el sótano húmedo de aquel centro de tortura, llamado ingresos, por más de cinco semanas. Por fin un número, un pabellón común. Las referencias que tenía del lugar estadísticamente estaban cincuenta-cincuenta. Era bueno y malo a la vez. Yo debería saber previamente, como cualquier preso, quiénes están imponiendo las políticas de convivencia y dónde, para no caer en las trampas o llegar como un completo extraño, ya que nadie se arriesgaría a tenderle la mano a un desconocido.

> 4 <

Qué podía saber un primario como yo sobre lo indispensable a saber, cómo tener una idea de quiénes imponían las reglas de la cárcel. En fin, iba de camino a planta dos pabellón séptimo. La idea parecía buena. Ducha caliente, comida y un teléfono para escuchar a mi familia que  hacía tiempo no los oía. No había tenido el mejor de los comienzos pero por fin llegaría un respiro en medio de tanta tensión, pensé. Así que armé el mono nuevamente y emprendí camino. Cuando estuve cerca, cuatro pibes llevaban a uno recién apuñalado sobre una manta. El herido no omitía sonido alguno, nada de quejas, solo sangraba con los brazos amontonados dentro de la manta. De ella caían gotas de sangre que al impactar en el suelo, iban creando pequeñas flores rojísimas, formando una línea intermitente que los perseguía. Quedé paralizado, con la mirada en el saco de sangrante hasta que se perdieron al doblar por algún pasillo. Los guardias comentaban entre ellos que era del séptimo. Casi no pude seguir caminando. Mis pertenencias ahora pesaban el doble. Suspiré con carpa y seguí adelante, qué otra cosa podía hacer. El edificio tiene cuatro pisos. De abajo hacia arriba pabellón quinto y su entrepiso, sexto y su entrepiso y así hasta el octavo. Emprendí el ascenso con el mono a cuestas por las escaleras de planta dos. Despintadas, oscuras, llenas de grasa y sangre fresca.

Solo traía mi humanidad y consejos de pibes que habían estado presos, conocidos del barrio. Decían: “Vos hacete ver enano, tus cosas van con vos para todos lados y cada cosita que tengas en el mono pensá que son el esfuerzo de tu familia, y a la familia se la respeta”, esa sí que era una máxima. También que la cárcel es de los chorros, el policía es el gato del candado y los giles a la palmera. Aunque recordara al pie de la letra todo eso, no tenía la sensación de que esas palabras por sí solas fueran de mucha ayuda en aquel momento. De un segundo a otro llegué al séptimo. Levanté el mentón, enderecé la espalda y enseguida puse cara de que sabía lo que hacía. La verdad no tenía idea de nada. En Ezeiza eran celdas individuales, estos eran pabellones colectivos, es decir una cama junto a la otra, superpuestas y en fila. Ochenta personas en un rectángulo; cocinas, baños y duchas compartidas minuto a minuto. Enojos, tristezas, envidias, alucinaciones, pesadillas, separaciones y fallecimientos familiares. Pasábamos de silencios enloquecedores al aturdimiento total todos los días. En Ezeiza las celdas eran individuales, había llegado de noche así que todos estaban engomados. Me encontraba en la reja de entrada a otro mundo.

Las alternativas de organización interna de cada pabellón que ofrecen estos sitios de mala muerte llamados cárceles, es decir las maneras de organización de la vida para atravesar el tiempo en prisión, son pocas. Ninguna alcanza políticamente la estabilidad de una convivencia capaz de albergar a personas que puedan dedicar ni el tiempo, ni el espacio, ni la calma que le permita buscar aquel desarrollo personal que tanto persigue la finalidad de la ley. (“…las cárceles serán sanas y limpias para reinserción de los reos y no para castigo” Art. 18 de nuestra Carta Magna) y claro que tampoco es azar o ignorancia de las personas a cargo de esa utopía. 

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Ni bien apoyé el mono en la reja todas las miradas fueron hacia mí. El aire se hacía cada vez mas denso, tibio, repulsivo. Había en el aire una mezcla de olores. Comidas, humo de marihuana, papel quemado y el químico que dejaron los tachos de basura sacados de ahí adentro unos instantes atrás. Una cumbia pasada de moda distorsionaba a lo lejos cuando el encargado del séptimo apareció con un cuaderno y su lapicera preguntándome datos personales y anotando desprolijamente contra la pared.



Al terminar y sin más razón que la de jugar al tumbero con un primario, mandó: -Ahí tenés un colchón, tu cama es la 52 y los pibes te van a explicar lo que tenés que hacer. Yo no sabía sobre muchas cosas de la cárcel pero tenía claro que no podía dejarla pasar. De la reja para adentro vivíamos nosotros, así que él no tenía nada que acotar, un policía no podía darme una orden de como vivir o qué hacer dentro del pabellón y simplemente aceptarlo (“A vos la gorra te dijo que le hagas caso a los pibes y no dijiste nada”, sería la crítica más rápida de mis pares) cualquier movimiento o respuesta queda guardado en los recuerdos y utilizado en el momento preciso para desacreditar o romper el autoestima del otro, por si ese otro se convierte en rival alguna vez o bien, usarlo de inmediato para que jamás sea un enemigo con derecho a pelear. No quería que sucediera nada de eso así que exploté de furia y sin pensarlo tanto reaccioné:

-Vos ocupate de abrir el candado y nada más. Ni vos ni nadie me van a decir a mí lo que tengo que hacer o cómo tengo que vivir, para eso me hice ladrón, mandé. Y algunas otras cosas más en un tono firme y elevado. No respondió nada, solo abrió el sapo y un pibe bastante más alto que yo con muchos rulos me rescató el mono y lo arrastró hasta su rancho. Era el gordo Ariel. Todos los que se acercaron me hicieron preguntas, algunos me las decían, mientras otros solo las insinuaban, sosteniendo las miradas hacia mí a las que también debía responder con seguridad.

-¿De donde sos vago?

-De Tigre, aclaré fuerte y con actitud molesta. Aún mantenía la efervescencia de la discusión reciente.

Orgulloso de mis pagos, respondí esperando que algún paisano saliera a mi encuentro, por lo que también elevé un poco la voz. Se viaja con el idioma y la patria. Aunque nadie respondió nada. Nada de nada. Había, gente de Lomas, de Mataderos, de San Martín, Villegas y Quilmes. Algunos de Bajo Flores, Lugano y San Cristobál pero nadie de Tigre en el séptimo. El gordo Ariel era de Pilar, llevaba un tiempo en cana y bastante en este mismo lugar, por lo que enseguida me aclaró.

-Mirá Nico, yo no soy de recibir a nadie que no conozca, pero estuviste bien en lo que le dijiste al covani, siempre se quieren hacer los astutos esperando la reacción pero le pegás a uno y después te pegan todos, así se manejan. En este rancho no somos muchos pero peleamos todos, así que acá tenes tu cama y un fierrito. Vos dale para adelante, -dijo para terminar el recibimiento. Esa fue la primera vez que tuve mi propia faca en la cárcel. Significaba una oportunidad de sobrevivir.

-Che pero, ¿todo bien con la gente por acá o todo mal con todos? Le respondí inocentemente, pero más que nada pregunté porque me sorprendió que aquello fuera lo primero en decirme. Muchos años después solo hubiese bastado la faca para obtener mi gratitud.

-Sí olvidate, con nosotros todo bien, la mejor, solo que a veces salpican los problemas y no hay que hacerse el distraído. No terminó de decírmelo que vi volar una silla de plástico y estallar en pedazos contra la reja. Un rancho nuestro pasó corriendo a buscar entre sus cosas un cacho de varilla que tenía preparada ya empuñada a un palo cortito por cualquier cosa. Esa noche peleamos todos, rancho contra rancho. Cuando fue mi turno de salir a la cancha (como se suele decir a los buenos espacios para pelear a puñaladas dentro de los pabellones), llegó a mi cerebro el axioma. No tenía idea de cómo se peleaba. Solo se me ocurrió imitar los movimientos que acababan de hacer ante mis ojos. Nunca en mi corta existencia vi a nadie pelear con lanzas o arpones hasta ese momento. Eso fue todo lo que me dio el tiempo de pensar mientras me ubicaba frente a mi enemigo mortal que sostenía la hoja de una cuchilla empuñada a un palo de escoba acoplado a otro de igual tamaño. Todo junto hacían un arma de al menos dos metros de largo, al igual que la que yo sostenía y que mi rancho me había ayudado a empuñar. De pronto la primer esgrimida de mi contrario se dirigió al centro de mi estomago. Un salto atrás sostuvo mi vida en este mundo. El terror a morir me volvió a paralizar, así que esquivaba puñaladas casi instintivamente. No quise siquiera intentar lastimar a mi oponente, solo esquivar si el fierro pasaba cerca y cubrir con el arpón los embates a distancia.

Una hora mas tarde entró la volanta, pegando y humillando como de costumbre. Se lo llevaron al Perro, un pibe que vivía con nosotros que quedó muy lastimado. Esa noche comprendí cuánto valía que a uno lo reciban y le brinden una faca. De otro modo me hubiesen lastimado y robado todo. Así fue el principio de muchos y largos años en la cárcel. Menos de dos meses y me encontraba sosteniendo toallas en dos heridas casi fatales que sufrió el gordo Ariel. Logramos sacarlo a tiempo pero jamás lo volví a ver. Solo supe que entró a quirófano muchas veces, pero que se había salvado. Las peleas no necesitaban motivos tan importantes, de hecho siempre fueron absurdos. Correr una pava ajena del fuego, ocupar sogas para tender la ropa que ya tenían dueños, media cebolla, cosas que en sí no tenían explicación racional podían desencadenar los peores filipinos, como le llamábamos a las peleas de todos contra todos.

Comencé a tomar cocaína, pastillas de todo tipo y lo que sea que me sacara de aquella insoportable realidad. Más de una vez terminaría en el hospital. Literalmente entrar a la cárcel es dejar la vida en manos de la suerte, donde la pobreza, el analfabetismo y la violencia, se agudizan y se reproducen. Haber sido preso en Argentina se convertirá en un mote imposible de olvidar para su comunidad, como tampoco para el mundo laboral al que deberá insertarse.

Donde se da la sombra, donde nadie mira porque nada se ve o si algo se ve, siempre es bizarro, ajeno y morboso, las leyes son solo poemas.

> 6 <

Mi vida en libertad no había mejorado sino todo lo contrario. Las cosas no estaban muy distintas a los años previos a mi condena, por lo que no tardé mucho en repetir la historia y la historia en repetirse en mí.

Me enseñaron en la escuela como en casa sobre lo bueno y lo malo, sobre lo que un hombre debía llegar a ser, honesto, digno y respetable, todos criterios que tienen que ver con la mirada o aprobación de otro que no. Pero nada dijeron de los costos reales, lo que cuesta parecerlo, serlo y sostenerlo. Para aquellos que están privados de soñar a largo plazo solo le queda pensar cada día como llegar al siguiente y volver a planear y al siguiente. Pero la recompensa estaba para quienes hacían todo al pie de la letra. Las calificaciones escolares simbolizaban los pilares para el éxito, aquellos faros que iluminarían el camino a la felicidad. Prometedores, aunque sostenidos con teorías que mucho distan del alcance de los barrios populares. Fue paradójico pero se insistía en ello, perdón, aún se insiste. Así aprendieron nuestros padres, no sin golpes y así me fui construyendo, sin un prospecto que me indicara dónde ni cómo deshacerme de una predecible vida de inalcanzables sueños. Los símbolos meritocráticos sobraban, se veneran. Cercanos y libres en apariencia. En la confusión aprendí a robar, por miedo a quedar relegado e ignorado, sin comer y sin hogar. De no llegar a ser ese “alguien en la vida”, a pasar por el mundo sin verlo.

Robar fue mi escuela inmediata,  la que traía mejores propuestas y soluciones concretas no al futuro incierto sino al “ya mismo” donde habitan los negros. Lo hice muchas veces y de maneras fantásticas, más por lo bizarro de su contexto y lo absurdo de sus actores (por cierto tan distintos a los de Hollywood) que por haber cambiado la realidad. En el mundo fuera de la pantalla uno no pasa de una escena a otra tan fácil “six year later” música, abrazos, billetes. La fama y los amigos no acompañan siempre. En la experiencia real a uno lo arrojan a un pozo donde también han arrojado a tantos otros que la desidia sistemática alcanzó, y esperan/esperamos con poca fe que al salir de la cárcel la vida nos reciba con mejores ánimos.

El término “deber”, me colocaba por mi condición de clase, en los zapatos de un deudor, más que como guía ética. Llegamos al mundo teniendo deudas, nada de garantías, ni siquiera las básicas aseguradas. Esas son deudas de las que no nos desharemos jamás. “Cosa juzgada”. El intento de torcer aquellos finales, por el camino más corto digamos, implicaría  soledad, cárcel y muerte o en el orden en el que la comedia del azar lo prefiera. Las tormentas no aparecían aún, pero sí lo hacían las urgencias. Mi formación patriarcal insistía en la consigna de ser “el hombre de la casa”, aquel que debía hacer lo necesario para ayudar en la economía familiar, cuidar de mis hermanas y a mi vieja. La inocencia toma todo literal. Cuando se muere de abandono tantas veces y se comprende el fondo de la cuestión, alcanzamos ver cuál es la constante que se repite, los lugares tan particulares donde sucede la cacería, las únicas personas que pagan sus delitos con cárcel, cuáles no y por qué. Son entramados más amplios que buscan escapar a los ojos de vidrio de nuestro pueblo y lo hacen eficientemente.



                                                                > 7 <

Regresé a casa en septiembre de 2014. Creí haber estado en libertad por diez meses y volví a caer preso del sistema pero ahora en el ámbito bonaerense. Dos meses en comisaría y fui a una alcaldía (pequeñas cárceles para quienes aún esperan la prisión preventiva) que determinará nuestras permanencias en establecimientos penitenciarios. Eran algo así como pabellones atestados de pibes de los cuales el mayor no superaba los 25 años de edad. De allí a la unidad 21 de Campana a un pabellón común para ser enjuiciado en pocos meses. Esta vez fui detenido en flagrancia. Quiere decir que solo hizo falta la prueba y declaración de la policía para decidir que en mi contra, se iniciara una investigación y un enjuiciamiento penal. Al tener antecedentes y sin el dinero suficiente para un abogado defensor, cualquier acusación me llevaría a la cárcel preventivamente. Obtuve una sentencia bajo la implícita amenaza de que en un juicio me iría mucho peor, firmé el juicio abreviado sin derecho a réplicas. A las pocas semanas de aquella decisión me trasladaron a la unidad 23 donde hoy me encuentro. Desde la editorial cartonera Cuenteros Verseros y Poetas que funciona en el pabellón número 4 de una olvidada cárcel de Buenos Aires, les presentaré una dinámica de convivencia única desde sus orígenes hasta su actualidad.

Un hincha de Boca de la ciudad de La Plata tuvo la desgraciada fortuna de conocer las cárceles por dentro, solo que eligió no olvidar, no pudo. Resulta que como parte de las últimas materias en la carrera de abogacía a fines de los `90, Alberto Sarlo junto a un grupo de estudiantes y docentes, ingresaron a uno de los peores penales de Argentina en desidia y muerte, la unidad penitenciaria Nº1 de Olmos. Allí toda su visión de la realidad se desmoronaría por completo y nacería la inquietud por develar lo que en este mundo ocurría, se ignoraba y se olvidaba. Un vecino como cualquiera que simplemente apartó los ojos y oídos de los discursos propios que el privilegio le enseñó y se aventuró a entrar y volver a estos edificios. Compartir unos mates (infusión autóctona), charlar de las condiciones que los pibes afrontábamos cada día, hablar de libros, de fútbol, de sueños, de historia, filosofía y de la parte que le toca a los nuestros atravesar, fueron los verdaderos espacios de trabajo, donde encontrarnos con alegrías y tristeza. El compañerismo generaba la posibilidad verdadera de soportar la opresión. Fuimos aprendiendo en la escritura, la lectura y las correcciones entre todos los integrantes, una forma de expresarnos y ser oídos.

Para un pequeño grupo de personas atrapadas de un mundo al que no pertenecen y donde nadie los quiere vivos, esto podría convertirse en el momento de aprender a percibirnos como seres humanos y no seguir adelante como las personas cegadas e interpretadas que fuimos hasta ahora. Nos angustiamos como nunca antes al ver y comprender las políticas de estado que sugieren los gobernantes con respecto a las personas de nuestra clase social que son nuestras familias, amigos y vecinos y más aún con lo que proponen como alternativas para los que habitamos la cárcel. Para brindar una mejor dimensión del accionar de los dispositivos mencionados, debo describir brevemente la cárcel y su sistema de ordenamiento interno, lo que mantiene su engranaje, el abismo entre la ley, una resolución  judicial y la praxis entre humanos encerrados.

Mayormente están divididos en sectores de “máxima, mediana y mínima seguridad”. Hacen referencia objetiva de los diferentes niveles de autogestión, es decir mayor o menor intervención de la fuerza del servicio penitenciario. También determinan la cantidad de horas de encierro total por día dentro de las celdas donde dormimos y tenemos nuestras pertenencias los internos. Debo agregar que se trata de celdas preparadas para ser habitadas por las dos terceras partes de las personas que hoy las ocupan. Por otro lado, según el tratamiento individualizado (que absolutamente nada tuvo de individualizado jamás) y dependiendo del desarrollo personal del encarcelado, este podrá avanzar progresivamente hacia la obtención de los beneficios/derechos que la ley dicta como recompensas para el re-socializado. Deberá demostrar con la obtención de certificados y títulos de cursos de formación profesional, asistencia escolar básica o estudios universitarios, su evolución voluntaria. Al ir completando los requisitos podrá ser realojado en pabellones y/o unidades con el nivel de seguridad más laxo, donde los manejos o políticas de convivencia, serían idóneos para su readaptación social. De esta manera debería administrarse, según la ley de “Ejecución penal”, el tiempo de la condena impuesta. Aquí la paradoja. Se exige a los condenados una larga lista de requisitos que no ponen al alcance de todos. Solo para el mejor postor.

En ese momento el concepto de solidaridad, comunidad y educación popular toman la posta. Surgen del hartazgo de esperar que la misma justicia que a nosotros se nos impone y nos encierra, también reconozca nuestros derechos. Así el armamento cultural e intelectual, loables para considerar una resistencia sostenida en el tiempo frente a la amnesia social y la hegemonía del poder clasista, se va transformando en el oasis que busca proliferar por su propia naturaleza.

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Un buen día, con viento a favor por fin llegué. Preguntaba a todas las personas con las que entablaba una conversación cómo hacer para ir al pabellón 4. Debía acercarme a la reja de entrada de ese lugar y hablar con quienes coordinaban el proyecto. Me respondieron que cuando se hiciera un lugar, irían por mí. Lo primero que había llamado mi atención fue la escuela de boxeo que funcionaba desde sus inicios. Así que desde que logré dar con Francisco Bus que era aquella persona, comencé a entrenar todo el tiempo que pudiera para llegar en óptimas condiciones. Sonaba interesante practicar una disciplina y más aún, que fuera posible dentro del mismo lugar que habitamos. En lugares donde la mera convivencia genera interminables disputas, a veces con cuchillos otras con fierros afilados o cualquier objeto para lastimar, se practicaba una disciplina de lucha. Al ingresar, la sorpresa fue mayor. La escuela de boxeo solo era un área de entre tantas otras constitutivas del proyecto, que alcanza en la actualidad más de 12 años de existencia y casi siete sin presentar casos de violencia, ni graves ni leves.

Los requisitos principales que se exigen para ser parte de este grupo y sin excepción, mediante un acuerdo de palabra que los coordinadores hacían y todavía rigen con quienes desean ingresar al lugar, son los de no tomar pastillas (sedantes o antidepresivos) ni tampoco poseer facas (cuchillos o fierros afilados para lastimar). De no cumplirse la condición deberá irse, con todas sus pertenencias y sin ser lastimado. Este modo de solucionar los desacuerdos es excepcional dado que lo común sería que de no acatar las reglas o intente cambiarlas, sea echado mediante linchamientos, puñaladas y sin sus objetos personales. No comprendía bien lo que veía al entrar, la desconfianza de la primera impresión es una herramienta que suele mantenernos vivos en la cárcel.

En un pabellón de población común, en un penal de máxima seguridad, discutían si la esencia precede a la existencia o viceversa, si habría verdades en el conocimiento empírico que David Hume presentaba o en los conceptos cartesianos idealistas quizás, sobre la muerte de Dios, la dialéctica hegeliana o el materialismo histórico. Luego vi otro grupo de personas que entre mate y mate, enseñaban a un muchacho bastante canoso a leer, a pronunciar sílaba por sílaba, riendo de los intentos fallidos, pero en total solidaridad y empatía unos con todos. Llegar a un lugar con estas características, después de haber arribado muerto al hospital por una puñalada que recibí a la altura del cuello y que alcanzó el ápice de mi pulmón derecho, hacen que uno dude de la veracidad de su existencia, de que fuera posible algo así. Irse a dormir sin estar pendiente de que alguien quiera llevarse tus pertenencias, bañarse sin llevar escondido un cuchillo, por si lo intentan sorprender a uno, son cosas que tienen un valor incalculable y desconocido para quienes no vivieron una experiencia como esta. A mí, me preguntaron si había comido, si tenía elementos de higiene o con que cubrirme del frío. Nadie estaba calculando cuánto ganaría con mis zapatillas o mi campera, o con todas mis pertenencias juntas. Eso era fantástico, literalmente de fantasía.  

Al pasar los días la intensidad de los debates y descubrir el significado de palabras como: subjetividad, alienación, comunidad, deconstrucción, holocaustos, guerras modernas, estructuras, ideologías, capitalismo, liberalismo, resistencia o relaciones de poder, entre tantas otras, me alentaron a participar de cerca en la tarea de transmisión de conocimientos. Por la explotación a la que fueron sometidos mis padres para criarme y educarme en un barrio marginado, sumamente hostil y olvidado, logré asistir a la escuela básica. Poseía diversos contenidos literarios pero desordenados, contenidos absurdos y aislados unos de otros, propio de lo que tiene para ofrecer la escuela pública de estos sectores. El hecho era que sabía leer y escribir y en relación cuantitativa con otros compañeros, era mucho decir, ya que no son la mayoría quienes lo hacen.



En la cárcel solo hay pibes olvidados de barrios olvidados. Me preguntaba si no sería mucha casualidad que solo de allí surjan personas malas según muestran las noticias, los enemigos de la historia…que si solo serían los pobres los violentos ladrones adictos que trasgreden las normas. Ser pobres era la condición necesaria para todo lo demás, de no ser así, en las cárceles deberían cohabitar personas de toda clase social pero no las hay. Hice saber de mis limitadas facultades a quienes encabezaban el proyecto por el año 2016, y comencé a integrar el equipo de coordinación para ayudar a otros. Me uní primero como escritor, luego como corrector. Después proyectábamos videos planteando ejes de debates y la dinámica de descubrimientos constantes nos iban mostrando los caminos por donde proseguir. Por supuesto que tratar de construir un espacio así, donde convergen tantas intensidades con personas que vienen estructuradas de una manera muy determinada de cómo se vive en la cárcel, siempre va a generar tensiones indeseadas. Allí es donde el trabajo de deconstrucción (concepto desarrollado por Jacques Derrida) comienza con los coordinadores. Poseer el temperamento y la madurez intelectual/emocional suficiente para entender que los cambios y procesos en las personas requieren de tiempo, energía y, principalmente, voluntad mutua es el principal requisito para mantener equilibrio interno. Lo que hace la diferencia con cualquier otro sitio de enseñanza está en la empatía y la solidaridad. Sabemos cuáles situaciones son las que preocupan a los compañeros, cuándo la impotencia ante la tortura sistemática golpea, cuánto angustian las represarías que se suelen tomar con los familiares o las desalentadoras notificaciones judiciales que esperan de nosotros requisitos que no están a nuestro alcance. Nos acercamos a las celdas cuando alguien se enferma y juntamos medicamentos, tampoco nadie se queda sin comer.

Respecto de los contenidos, a todos se les entrega un libro apenas llegan. Les explicamos que no buscamos personas que tengan un elevado nivel de lectura o escritura o que sea el mejor boxeador del mundo, sino que demuestre compañerismo en la convivencia y respeto por el esfuerzo de  todos por crear este espacio, y obtendrá para sí mismo una gran cantidad de herramientas fundamentales tanto para sobrellevar la vida dentro de estos centros de torturas como para afrontar desde otra perspectiva la realidad social al momento de su egreso a la libertad ambulatoria.

Las lecturas propiciadas, que varían según las diversas capacidades de comprensión y niveles de alfabetización, son presentadas en reuniones grupales donde cada uno explica sobre lo que interpreta de ellas. De esta forma tomamos una mayor dimensión por dónde seguir trabajando particular e individualmente. Primero letras, luego sílabas, luego palabras y por último oraciones. De esta forma podemos asegurar que nadie quede fuera del aprendizaje de la cultura y el arte de expresarse. El proyecto es totalmente autogestionado, discutimos en comunidad sobre las decisiones generales de las temáticas que se abordarán, opiniones ideológicas fundamentadas en datos reales, incluso de cómo administrar los momentos de ocio para que pueda darse con la mayor armonía posible y respetando los tiempos, los ruidos, los espacios y hábitos de todos por igual. Alfabetizamos dentro y fuera del pabellón, damos clases de música, dibujo técnico y pintura, muralismo, gramática, serigrafía y boxeo; también se formó una banda de rock llamada El Guetto de Varsovia, y un grupo estable de teatro que ya ha participado en festivales de cine con cortometrajes. En la actualidad cada integrante elige qué expresión artística desea experimentar o desarrollar. En las clases de filosofía e historia o en las que algún compañero específicamente prepara un tema que desea compartir con el grupo como así también aquellas clases en las que debatimos y analizamos diversos temas con Alberto, asistimos todos sin excepción.

En días de publicación cartonera de los libros, se trabaja en conjunto. Algunos cortando cartones, otros dándoles la primer mano de pintura para los fondos, otros dibujando, otros corrigiendo las obras de los compañeros en la computadora, otros cosen los libros, otros los van ordenando en cajas. Hemos escrito, corregido, editado, publicado y donado más de 32 mil libros de diferentes géneros literarios a jardines y centros comunitarios de los sectores más precarios de las provincias.



Resistimos al olvido desde un proyecto vital con la épica idea de transmitir y generar cultura, expresar en el arte la voz de los nadies y despertar en las personas, ideas que van más allá del mundo material y la situación personal en el encierro. Filosofamos, publicamos libros y desarrollamos virtudes que ni sabíamos que podíamos tener pero ante todo creamos comunidad. Repensamos el concepto de resistencia ya no apoyado en los contenidos teóricos con propuestas a futuro y alimentando los méritos personales sino desde el desarrollo de las conciencias críticas sobre sí mismos y sobre el mundo que los rodea.  Hacemos hincapié en la necesidad y la importancia de visibilizar este proyecto para que no sea disuelto fácilmente. Dado que no se trata de una organización gubernamental, su existencia depende mucho de ello. No buscamos encontrar ni vender una receta de cómo o qué se debe hacer para instalar un tipo ideal de moral o un camino seguro por dónde ir, no es eso lo que se pretende ya que sería imposible. Cada vida y cada infierno son únicos e intransferibles, solo podemos invitar a reconsiderar las alternativas posibles como esta que vive y resiste en la Editorial Cuenteros Verseros y Poetas, aportando desde las individualidades a las luchas más generales en comunidad. <>

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Autobiografía Nicolás Almeida

Tengo 35 años, nacido en Tigre, zona norte del conurbano. Mi viejo de profesión «chapista pintor automotor y changarín.» Mamá, empleada doméstica.

Mi primer ingreso a la cárcel fue en 2009, a Ezeiza (SPF), recién cumplidos los 21 años de edad y recuperé la libertad en 2014. La sentencia por delitos contra la propiedad fue de 7 años, aunque la buena conducta me permitió salir antes.

En 2016 nuevamente fui encarcelado en el ámbito bonaerense (SPB) a cumplir un total de 18 años unificando también la primera condena, ambas por delitos de robo.

Llevo un total de 14 años y estoy a la espera de una respuesta favorable por salidas transitorias. El problema es que no consideran el trabajo editorial ni el que hacemos en el pabellón donde me encuentro, como «partes de un proceso institucional que pueda asegurar una correcta reinserción social», cuál sí?

No conocí jamás a la jueza que ejecuta mi sentencia cuyas respuestas negativas de otorgarme algún beneficio se basan meramente en los informes del servicio penitenciario.

Tal vez tenga algo que ver el hecho de que en una entrevista con una psicóloga del penal le hice saber mi verdadera opinión; que en realidad la sociedad es la que no está preparada para recibir a un ex presidiario. Las estructuras son excluyentes.


Aquí el Facebook de la Editorial

https://www.facebook.com/cuenterosyverseros/?locale=es_LA


El material que publica la revista web www.purochamuyo.com / Cuadernos de Crisis pertenece al Colectivo Editorial Crisis Asociación Civil. Los contenidos solo pueden reproducirse, sin edición ni modificación, y citando la fecha de publicación y la fuente.

REGISTRO ISSN 2953-3945

4 comentarios

  1. Ler o relato testemunhal de Nico é uma verdadeira oportunidade e alegria pela força e lucidez de sua escrita que traduz com clareza o ser humano que é. O texto expressa a coerência e complexidade de pensamento e maneira de entender o mundo a partir de sua condição atual de privação da liberdade. E permite ao leitor conhecer algo do que implica o projeto de «Cuenteros Verseros y poetas» do «Pabellón 4» que desde 2010 se realiza apesar de todas as adversidades institucionais que vivem e enfrentam seus integrantes. Parabéns pela iniciativa de publicar e projetar as vozes dos «nadies» que desde o centro de tortura de Florencio Varela tanto nos ensinam com seu projeto de autoconstrução da consciência crítica e da dignidade humana.

    1. Muchas gracias, obrigado, por los comentarios. La publicación de Nico es la primera. Nuestra revista de cultura y pensamiento crítico editará una narración por mes. Cordiales saludos

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