DESARROLLO INDUSTRIAL CON CERVEZA ARTESANAL, NO DA

  escribe Germán Pinazo


¿ES POSIBLE PENSAR EN UNA ARGENTINA INDUSTRIAL O ES UNA ILUSIÓN DE UN DESARROLLISMO FUERA DE ÉPOCA?

Si el principal generador de puestos de trabajo es (¿o era?) la fábrica industrial, ¿de qué hablamos hoy cuando hablamos de industrialización? ¿Es posible pensar en procesos de desarrollo industrial desde países periféricos como la Argentina?

Se escucha y se repite ‘faltó un plan nacional de desarrollo’, una frase en la que coincidirán ortodoxos, heterodoxos y varios oxos más.

Pero lo que no se ha puesto en debate es de qué hablamos cuando hablamos de desarrollo; del mismo modo que no está demasiado claro qué sería industrializarse hoy. Hay que preguntarse por este tema en la Argentina de 2017 en medio de procesos electorales, de propuestas diversas para ‘bajar el costo laboral argentino’, de presiones de los magnates que concurren al Coloquio de Idea, de fábricas que se cierran de un lunes para un martes y de incentivos al emprendedorismo cervecero, y no sólo por qué no se debate el tema de un modelo de desarrollo sino por qué no hay en torno a ello algunos ínfimos consensos.

La respuesta a este interrogante necesita de algunos repasos históricos y si bien no únicamente sí centralmente, en ciertos cambios recientes en “los modos de producción industrial”, que limitan fuertemente los márgenes de maniobra de distintos actores de la periferia, en particular de los Estados. Pero vayamos por partes.

El campo del desarrollo económico, como campo específico dentro de las ciencias sociales, nace en la segunda posguerra mundial, o sea, en la rivalidad entre el occidente del victorioso Estados Unidos ya como primera potencia y el oriente victorioso comandado por la Unión Soviética, intentando argumentar en torno a la cuestión de si los pobres podían salir de la pobreza dentro del capitalismo o ‘la salida’ era por la vía revolucionaria-independentista-comunista.

Como claramente lo señala antropólogo Arturo Escobar (2007, p. 69):

(…) A finales de los cuarenta, la lucha real entre Oriente y Occidente se había desplazado al Tercer Mundo; el desarrollo se convirtió en la gran estrategia para promover tal rivalidad, y al mismo tiempo, impulsar los proyectos de la civilización industrial. La confrontación entre Estados Unidos y la Unión Soviética confirió con ello legitimidad a la empresa de la modernización y el desarrollo; y extender la esfera de influencia política y cultural se convirtió en un fin en sí mismo[1].

Uno de los libros más revisados por la literatura especializada, y quizás el que como ningún otro instaló sentidos y funcionó como ordenador de las discusiones, es “Las etapas del crecimiento económico: un manifiesto no comunista” del historiador económico y asesor de la presidencia de Estados Unidos, W. W. Rostow. 

el debate en la posguerra era si los pobres podían salir de la pobreza dentro del capitalismo o ‘la salida’ era por la vía revolucionaria-independentista-comunista.

El mensaje era claro: la discusión era con el comunismo en tanto alternativa histórica. El discurso del desarrollo económico viene a sostener, junto con un giro en la política exterior norteamericana, que los países pobres podían dejar de ser pobres sin cuestionar los fundamentos de la sociedad capitalista, o, en otras palabras, que podían dejar de ser pobres sin discutir sus estructuras de propiedad.

El debate por el desarrollo se enfocó, en primer lugar, en cómo se abordaban los sucesos en el continente latinoamericano; y, en segundo lugar, a una crítica a la teoría liberal del comercio internacional y a las denominadas visiones lineales sobre el problema del desarrollo.

A diferencia de estas últimas, el estructuralismo latinoamericano alertaba sobre la necesidad de pensar la cuestión del desarrollo desde una perspectiva histórica-sistémica, que diese cuenta de los vínculos y condicionantes entre las naciones que habían tenido procesos de industrialización desfasados en el tiempo. La novedad era entender al capitalismo como sistema mundial, con su centro y su periferia. A partir de ahí si las asimetrías entre los países centrales y los otros sólo profundizaban las asimetrías, se planteó la necesidad de industrializar la periferia como forma tanto de superar el atraso tecnológico como de lograr el bienestar general de la población.

para el desarrollismo latinoamericano industrializarse era romper la dependencia externa y la posibilidad de conciliar una particular estructura de intereses de diversas fracciones de clase

En Latinoamérica la industrialización por sustitución de importaciones – ISI pasó a ser la base económica de un proyecto político mucho más amplio. Industrializarse era no solo romper la dependencia externa que surgía de una particular inserción en la división internacional del trabajo, sino la posibilidad de conciliar una particular estructura de intereses de diversas fracciones de clase.

  • ¿Qué quiere decir esto?

Que si la inserción en la economía mundial vía exportación de productos primarios beneficiaba (casi) exclusivamente a un reducido grupo de grandes terratenientes, con la mentada sustitución de importaciones se desarrollaría una burguesía industrial autónoma y -fundamentalmente- una clase trabajadora cuyo salario era condición de posibilidad de la ganancia de ésta. Más importante aún, con el desarrollo de la discusión teórica estructuralista se llegó a plantear que la distribución progresiva del ingreso no sólo era una consecuencia necesaria del proceso sustitutivo, sino que debía ser uno de los objetivos centrales de la política económica. El problema de la demanda no era sólo un problema de cantidad. La distribución progresiva del ingreso debería redundar en un proceso de diversificación de la demanda, que estimulara (o generara mercados) para la producción diversificada, y en escala, de artículos industriales.

Con esquemas de este tipo, algunos países latinoamericanos, entre ellos y particularmente la Argentina, transitaron entre la segunda posguerra mundial y los años de auge neoliberal, sus momentos históricos de mayor bonanza económica y bienestar social.

  • ARGENTINA, FRONDIZI, Y EL DESEMBARCO DE CAPITALES

Casi de un modo simultáneo, tanto en Brasil como en Argentina tienen lugar, a fines de la década de 1950 y principios de la década de 1960 (bajo las presidencias de Kubistchek y Frondizi, respectivamente) leyes similares de atracción y protección al capital extranjero, las cuales motorizan un novedoso crecimiento de sus industrias, fundamentalmente de bienes de consumo durable, que van a dar inicio a un nuevo momento en la historia de la industrialización.

En verdad, la industrialización sólo pudo profundizarse hacia sectores de mayor contenido tecnológico en la medida en que existió una particular alianza con el capital extranjero que dirigió el proceso industrializador.

la industrialización sólo pudo profundizarse en una particular alianza con el capital extranjero, que dirigió el proceso industrializador.

Lo que nos interesa enfatizar de esta cuestión es el carácter transitorio de esta alianza entre un capital transnacional que viene a sobre-amortizar inversiones y unos países subdesarrollados con una demanda insatisfecha de ciertos productos e interesados en una industria nacionalmente integrada.  

  • ¿Qué quedó de esa alianza en una economía globalizada?

Digamos que los modos de producir bienes y servicios -y, consecuentemente, las estrategias de las empresas con capacidad de operar a escala transnacional y el lugar que le dan a sus unidades fabriles ubicadas en la periferia- han cambiado sustantivamente en las últimas décadas.

Básicamente:

*las empresas transnacionales han ampliado geográficamente las escalas desde donde piensan, fabrican y gestionan la producción de bienes y servicios.

*A diferencia de aquella estrategia de industrialización latinoamericana de los 50-60, hoy en día es posible diseñar el producto en un país desarrollado, fabricar las partes en tres países periféricos distintos, ensamblar el producto final en otro país, y vender desde una locación tanto a países desarrollados como periféricos.

 

Esto quebró el perfil productivo de los países,

achicó poderosamente los márgenes de maniobra de los Estados nacionales y de la acción de los sindicatos,

y en términos generales el lugar de los países en lo que se conoce como división internacional del trabajo.

De este modo, lo que no está en debate y debería estarlo imperiosamente, es que las estrategias de industrialización que se plantean son las que funcionaron medio siglo atrás y que además se pretende que ese modelo de desarrollo funcione como base económica de un proyecto político. Ahí hay que buscar las dificultades para pensar los consensos mínimos.

las estrategias de industrialización que se plantean hoy son las que funcionaron medio siglo atrás 

  • Para ilustrar este proceso con un ejemplo, analicemos datos de la industria automotriz.

La Ford, hace medio siglo, fabricó en Argentina su modelo Falcon durante veintitrés años cuando en Estados Unidos sólo lo había hecho durante ocho (y comenzó a fabricarlo en Argentina un año antes de discontinuarlo en su país de origen). En la actualidad no solo la alemana Volkswagen ha lanzado la primera pick-up en la historia de la marca en Argentina (su modelo Amarok), sino que son varias las empresas transnacionales las que lanzan en el país sus últimos modelos en el mismo año en que son lanzados internacionalmente: el 207 de la marca Peugeot fue lanzando en Argentina en el mismo año en que se estrenaba en Francia y en Corea del Sur, por ejemplo; otro tanto podríamos decir del modelo 407 de la misma marca, o el Agile de General Motors, o el  Fluence de Renault, y así muchos más.

El gran problema es que, a diferencia de lo que ocurría antaño, esas mismas terminales no tienen ningún interés en fabricar todos los componentes del vehículo (y mucho menos de fabricarlos en todos los países en donde realizan tareas de ensamble), por lo que han relegado a las empresas autopartistas dicha tarea. Estas últimas, a su vez, tampoco fabrican todos los componentes en todos los países en donde abastecen a las terminales, sino que, esquemáticamente, eligen un país como centro de fabricación, y muchos otros como centros de ensamblado y/o logística de los mismos productos que ellas fabrican en otros sitios. 

Así las cosas, y para decirlo mal y pronto, Argentina no fabrica autopartes porque las fabrica Brasil u otros países periféricos o centrales.

Para lograr la sustitución de importaciones como ocurrió con la época del desarrollismo no sólo debería tener capacidad técnica sino los recursos para fabricar en una escala que supera ampliamente la propia, porque la tarea no es fabricar motores para su propia industria, sino poder hacerlo para todas las locaciones en donde se lanza un mismo modelo de vehículos.

En términos más generales entonces, en 2017, el capital dedicado a la actividad industrial (independientemente de cuál sea su origen geográfico) que localiza alguna de sus actividades productivas en un país no industrializado, no tiene la necesidad ni de desarrollar allí toda su estructura de proveedores, ni de vender el grueso de sus productos en el mercado interno. Es más, en un escenario donde es posible pensar en estructuras de proveedores que funcionen a escala regional (y en algunos casos global), el desarrollo de sistemas industriales integrados en países periféricos de pequeña escala se convierte en una irracionalidad económica.


En otras palabras, parecen haber entrado en crisis las condiciones técnicas y/o productivas que hacían del desarrollo algo más que un problema técnico; es decir, las condiciones que hacían del desarrollo un término que podía operar en algunos casos como sinónimo de pleno empleo, distribución de la riqueza o bienestar. 

...el capital dedicado a la actividad industrial que produce en un país no industrializado, no tiene la necesidad ni de desarrollar allí toda su estructura de proveedores, ni de vender el grueso de sus productos en el mercado interno

Si logramos entender esto y aceptar que hay una nueva división internacional del trabajo, entonces difícilmente se puede aceptar que la sustitución de importaciones (o el ascenso industrial, o la capacidad de pasar de etapas de bajo valor agregado a etapas de mayor valor en las cadenas globales de valor, o cualquier otro sinónimo que se quiera), sea una posibilidad lógica de desarrollo para todos los países. Y, aun suponiendo que sea posible pensar a priori en la posibilidad de que las empresas ubicadas en países periféricos puedan desarrollar procesos de ascenso industrial a partir de dinámicas de aprendizaje e innovación, no quiere decir que esto pueda constituir una estrategia para todos los países periféricos, ni que esto, pueda generar mejoras sustantivas en las condiciones de vida del conjunto de la población.

Más aún, podría decirse que existe una especie de “complementariedad negativa” entre las estrategias de ascenso industrial de ciertas zonas o países periféricos y el resto, en la medida en que es posible pensar que las empresas con capacidad de operar a escala transnacional eligen ciertas locaciones periféricas por cuestiones de tamaño, costos y/o acceso a recursos naturales como centros de fabricación, mientras otras locaciones quedan reducidas a centros de ensamble.

Nos enfrentamos, entonces, a una situación donde los vínculos entre desarrollo económico (en cualquiera de los sentidos en lo que pueda ser pensado el término) y bienestar, o bien están rotos, o al menos se encuentran en situación bastante difusa.

De allí que los estudios que reconocen el problema de las nuevas escalas productivas de las empresas con capacidad de operar a escala transnacional, no consiguen abordar de un modo satisfactorio cuáles serían las conexiones entre procesos virtuosos de ascenso industrial, generación de empleo y distribución del ingreso…dado que quizás ellos ya no existan. Y, por otra parte, quizás quienes continúan hablando de sustitución de importaciones en el viejo sentido del término, pasan por alto el problema de las nuevas estrategias productivas de las empresas que dirigen los procesos reales de industrialización.

    Es importante finalizar señalando que con esta reflexión no queremos decir que haya que abandonar la idea de un proyecto industrializador ni mucho menos que los países periféricos deban resignarse a una estrategia económica de especialización en la producción de recursos naturales.

    La industrialización sigue siendo, en muchos sentidos, sinónimo de soberanía, y ejemplos como los de la hoy despreciada ARSAT alcanzan para ilustrar la cuestión.

Lo que planteamos es que la visión neo-desarrollista que pretende hoy que la industrialización comandada por las empresas transnacionales pueda solucionar el problema de la generación de empleo y de distribución del ingreso no es suficiente e incluso puede ser contraria para solucionar el problema, y en ese sentido, es necesario repensar el rol del Estado con una radicalidad con la que, a nuestro modo de ver, no fue pensado casi en ninguno de los momentos de nuestra historia.♦♦


  • Germán Pinazo- Investigador-Docente en Universidad Nacional de General Sarmiento - Doctor en Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires-  Autor de 'El desarrollismo argentino / una mirada crítica desde la industria automotriz'

  • Obras visuales de la artista Eva Eislerova

[1] Un razonamiento similar al de Escobar puede encontrarse en Sztulwark (2005, p. 17-18).

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