BAFICI - 20 AÑOS ES MUCHO

Escribe Daniel Lighterman, especial para purochamuyo.com / Cuadernos de Crisis


El BAFICI celebró este año sus 20 ediciones. Amado por vanguardista, odiado por elitista, es sin dudas el festival de cine independiente más importante de Latinoamérica. Aunque la edición estuvo plagada de menciones al aniversario, por lo bajo, el clima fue más bien medido. Sigue siendo un festival único e importante para el séptimo arte, pero el devenir de los años lo ha transformado cada vez más en un evento social y político, alejándolo de lo que verdaderamente importaba, el cine de autor.

La primera edición del BAFICI tuvo lugar en 1999. Era imposible entonces saberlo, pero se estaban sentando en ese momento las bases para lo que iba a transformarse en el festival cultural más importante de la ciudad de Buenos Aires. Aunque la repercusión a nivel público fue mucho más modesta que la que se pudo conseguir años después, los más de cien mil espectadores que acudieron a aquellas funciones se encargaron de potenciar la cifra de asistencias del año siguiente, con un boca a boca más que merecido. Y es que la oferta de películas del Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente era única en su estilo. ¡Incluso considerando el panorama mundial, no había muchos festivales que tuviesen la oferta y variedad que acá se proponía!

Pero la realidad es, como bien explicó Ricardo Manetti en una entrevista a la revista Imagofagia allá por el 2011[1], el BAFICI surge desde una necesidad mucho más básica que la de buscar un nicho donde los amantes del cine independiente pudiesen ver sus películas. La realidad es que, el cine independiente nacional, en ese momento denominado “Nuevo cine argentino” necesitaba un lugar donde mostrarse con la importancia que este merecía.

Moebius (1996, Gustavo Mosquer) y Pizza Birra Faso (1998, Israel Adrián Caetano, Bruno Stagnaro) habían puesto en boga una nueva identidad en el cine joven argentino, que empezaba a quedarle chica a la distribución que la FUC (Universidad del cine) podía lograr. Cecilia Felgueras, subsecretaria de Cultura de la Ciudad en ese momento, encargada de eventos culturales tan innovadores como por ejemplo “Buenos Aires no duerme”, notó que en la gente había un particular interés en estas nuevas formas de interacción con el arte, y sabiendo que el espacio de la FUC era insuficiente, convocó a Manetti para desarrollar lo que en ese momento se pensó como una ventana para un nuevo cine, y que tuvo en su primer edición, la participación del film Mundo grúa (1999, Pablo Trapero) confirmando que este festival podría ser la perfecta catapulta para la nueva generación de cineastas que tenían que competir con los ‘viejos dinosaurios’ que acaparaban los recursos del Instituto de Cine, y de las salas dedicadas al cine arte. Trapero fue a transformarse, luego, en el más importante y prolífero director de esa generación, pero eso es anecdotario para otro escrito, así como lo es el nuevo cine argentino.

The Bottomless Bag - BAFICI 2018


Sin embargo, ser ventana de ese cine argentino que hoy día ya no se denomina más “nuevo”, demostró que hacía falta más espacio y recursos, y el BAFICI necesitó un impulso más fuerte, que vino de la mano de Quintín, un Quintín lejano al que hoy día puede decir en voz alta “no fueron 30.000” o que piensa que puede interrumpir la conferencia de prensa de un director para “retarlo” por hablar de política al comienzo de una función, aquel Quintín amante del cine que co-fundó y dirigió la prestigiosa revista justamente titulada “El amante del cine”.

Quintín (Eduardo Antín en su DNI) es una figura controversial, odiado por muchos, pero la verdad tiene que ser dicha, es ‘el’ responsable de que el BAFICI sea lo que es. El festival se transformó en una verdadera ventana para ver el cine independiente, pero primordialmente el cine de autor. Personajes como Tsai Ming Liang, Gus Van Sant, Sang-soo Hong encontraron una pantalla para mostrar sus obras a un público entendido. Por más que el festival tuvo su sede principal en la multinacional cadena Hoyts del Abasto, el público que asistió desde su primer edición era mayormente ávido de escaparle a una cartelera por demás comercial (y si nos resultaba comercial en el 2002, que pensaríamos en ese momento si supiésemos que hoy la cartelera se ocuparía de enero a diciembre con producciones basadas en Comics, Star Wars, monstruos gigantes y películas escatológicas).

Snowy Bing Bongs - BAFICI 2018


Las primeras ediciones del BAFICI se caracterizaron por ser caóticas. La era pre-digital marcaba el inconveniente de tener mucha información a mano y muchas dificultades para poder usarla. La venta anticipada de entradas arrancaba con los horarios impresos en un archivo de Word que el público recién podía revisar en la boletería de los cines el mismo día en que tenían que sacar las entradas.

El año 2002 fue mi primera experiencia completa en el BAFICI, y por completa me refiero a ir todos los días, ver películas a conciencia, buscar en el catálogo directores y hasta países de origen (siendo Corea del Sur el que se transformó en mi favorito). Todavía recuerdo ese primer asomo al festival, cuasi prehistórico para los estándares de hoy día. Ese año además de ir a la pesca de cualquier posible joya cinematográfica, el festival proyectaba una retrospectiva del director Hou Hsiao-Hsien, junto con el estreno de su última película Millennium Mambo, y la proyección del film Gerry (2002, Gus Van Sant).

Llegué al Hoyts media hora antes de la apertura del shopping (una hora antes de la apertura de los cines) ¡y ya tenía treinta personas adelante!, treinta personas que al igual que yo, estaban yendo a ver qué días y a qué horas daban las películas que querían ver. Demás está decir que los dos cajeros del cine tuvieron que llamar colaboradores, y las cuatro cajas que atendieron a quienes pacientemente nos poníamos a mirar los horarios impresos en las más de 40 hojas tamaño A4, no dieron abasto. Dos horas después, al retirarme con más de cuarenta entradas en mis manos, la fila ya superaba las ciento cincuenta personas.

Las funciones eran igual de caóticas, ninguna empezaba a horario, muchas tenían la presencia de sus directores pero no tenían tiempo para la andanada de preguntas que el público quería realizar. Muchas funciones estaban sobrevendidas y las películas duraban a veces más de lo que decían en el catálogo, haciendo que de una película a la siguiente uno llegase tarde. Pero no importaba nada, porque en cada una de las funciones se veía una película que, más allá de ser buena o mala, representaba una forma única de ver el cine. Ese fue el gran aporte que le hizo Quintín al festival, dotar al cine independiente de una impronta tal, que el conjunto lo hacía parecer como un cine unificado, donde la división por géneros, presupuestos, países de origen y hasta códigos cinematográficos desaparecían. El BAFICI era un lugar donde el cine contaba historias diferentes, o las mismas historias pero de forma diferente.

Viaje A Los Pueblos Fumigados - BAFICI 2018


El problema era que nadie quería a Quintin (lo cual fuera algo probablemente justificado) y como el festival es un hecho político y no solo cultural, a Quintín le hacen una linda cama, y él sin dudarlo, se duerme la siesta. Le ofrecieron crear el Marfici, lo crea. Le ofrecieron dirigirlo, lo dirige. Y después le dijeron que era incompatible con dirigir el BAFICI, y lo removieron de su puesto. El Marfici después desapareció y él se quedó sin “su” festival y el BAFICI se quedó sin él.

Desde lo cinematográfico, que su reemplazante fuera Fernando Martín Peña cerró por todos lados: no hay mejor cinéfilo que él y todos lo sabemos. Pero de nuevo, el festival de cine independiente de la ciudad de Buenos Aires es un hecho (cada vez más) político y Peña, que es un cinéfilo de pura cepa, no tiene interés en librar batalla contra los que quieren sacar rédito político, económico y de posicionamiento, y empiezan a forzar en la programación películas y directores que usualmente no deberían tener lugar en las competencias del festival.

El mismo Peña le dijo a Clarín a finales del 2007 que Lombardi (en ese momento ministro de Cultura de la ciudad) ni siquiera le atendía el teléfono cuando él llamaba. Las constantes presiones en la programación, la falta de apoyo político para su proyecto de festival (Peña había tratado de impulsar un proyecto en el cual se independice al festival de la dirección política de turno) y la falta de confirmación de la partida presupuestaria, hicieron que Peña no aceptara la renovación de su cargo como director.

Ahí fue que Lombardi entrega sin mucha resistencia la dirección del BAFICI a sus programadores, y mientras Sergio Wolf se hacía cargo de la misma, comenzaba el declive artístico de lo que otrora solía ser un festival de vanguardia. La programación quedó entonces a cargo de gente que hizo presentaciones de películas usando la frase “yo soy fan de Buffy la caza vampiros” y nada de eso puede resultar bien.

Una de las cosas más notorias que había tenido la movida cultural del BAFICI en sus comienzos, es que la frase “cine de vanguardia” no le quedaba grande. Aun cuando se veía una retrospectiva, la búsqueda era meticulosa y lo que se veía en pantalla era siempre de una forma u otra, revolucionario. No era extraño ver en el BAFICI películas que al año siguiente competían en los premios Oscar en la categoría de filmes en idioma extranjero o documental, e incluso se vieron películas que ganaron posteriormente premios en los más importantes festivales internacionales. El cine independiente no se pensaba como el cine producido por fuera de la industria, la concepción del cine en el festival tenía que ver, cada vez más, con el cine de autor.

John-Waters-en-la-Usina-del-Arte-20-BAFICI


En los últimos años sin embargo, hemos visto versiones de Shakespeare “actuadas” por el elenco de Buffy, capítulos de series de TV del prime time proyectadas en pantalla grande, películas dignas de Jorge Polaco, y hasta hemos visto películas que ya habían pasado por los Oscar. El concepto de cine independiente pasó a ser meramente una calificación de tipo económica, donde el origen de los fondos y la producción definen la condición de “independiente”, pero que su contenido artístico no lo refleja de la misma forma.


Philippe-Garrel-Les-Amants-Reguliers-_20-BAFICI


De esa forma, en 2017 se vio en competencia una película con un elenco monstruoso (en el amplio estilo de la palabra) y que dista tanto de aquel añorado concepto de cine independiente cómo sea posible imaginar. Lamentablemente como suele pasar con los eventos relacionados con la política, el director de la película en cuestión termina siendo jurado y programador del mismo festival, y entonces con la resignación que nos caracteriza a los argentinos respecto a nuestros políticos, entendemos los por qué de tan mediocre programación.

El problema de ver al BAFICI arrastrado por los hechos de corrupción y amiguismo político en estos ámbitos es que terminan empantanando el hecho artístico, afectan la calidad del material seleccionado, afectan la credibilidad del cine independiente y exacerban esa imagen de que el BAFICI es un festival para pocos. Y claro que suena ridícula esta queja en tiempos en que la política está matando de hambre a un pueblo, pero la cultura aunque no alimente físicamente, es parte del alimento de la gente. Y quizás da más escozor por pensar que esto ya no es ni siquiera por ajuste, es una cuestión hasta actitudinal.

Este año, marcado en América Latina por un retroceso de las democracias con golpes de ultra-derecha disfrazada de ‘buenas formas ajustadas a derecho’, y cuyos nuevos popes provocan hambre, austeridades y evidentes recortes a las políticas de derechos humanos, me dediqué a cubrir en el BAFICI el cine de Latinoamérica. Inmejorable ocasión, pensé.

Malambo El Hombre Bueno - BACIFI 2018


Primer película: un escritor con bloqueo autoral y crisis de los cuarenta.

Segunda película: un documental sobre los fanáticos del Grupo Los iracundos… y así continúa una larga lista de películas que no tienen ningún tipo de testimonio o denuncia sobre la actualidad. Y no cabe otra que ponerse a reflexionar si la omisión es casual o buscada, y basta con ver las otras omisiones artísticas, periodísticas y sociales en nuestro país para rápidamente comprender que detrás de todo esto no hay una simple torpeza artística o la impericia en manejar un evento de la magnitud del festival de cine independiente más importante de la región: las razones son políticas, el vaciamiento cultural es algo buscado y repetido. Lo vivimos primero en el teatro San Martín, lo vimos luego en la intervención del INCAA, y ni hablar los cierres de escuelas, profesorados, cursos, aulas… la movida política detrás de esto ya no puede pasar disimulada.

Los periodistas, por ejemplo, somos tratados irrespetuosamente. Se nos asignan credenciales que a algunos les permiten ver varias películas, y a otros les permiten ver solo las funciones de prensa, impidiendo incluso el ingreso de colegas a funciones en las cuales sobran más de la mitad de las butacas, como si un periodista cubriendo el festival fuese un garronero queriendo ahorrarse la plata de una entrada. Y la respuesta ante el reclamo, es la obvia “las entradas no son caras, se las pueden comprar aparte”. Entonces algunos sí, otros no, otros ni ahí, porque también están los periodistas a los que se les niegan las credenciales.

Porque en definitiva, la mirada interna sobre el BAFICI no es la misma que tienen sus seguidores desde hace años.

Mientras que muchos tratamos de quitarle el peso de festival elitista, las autoridades buscan al mismo tiempo, subrayar ese elitismo y “mejorarlo”.

Así cambió la sede también. El Abasto tenía sus pro y sus contra. Por un lado, la calidad de proyección de las salas no era la óptima para películas que tanto hincapié hacen en la fotografía y el sonido. Este último en particular sufría mucho la sede anterior, que tiene problemas con el aire acondicionado en el segundo piso y siempre se lo escucha durante las proyecciones. Pero donde ganaba era en infraestructura, la oficina de prensa, el meeting-point, los espacios para hacer fila, el patio del zorzal abierto de par en par para albergar a los miles de cinéfilos que asistíamos…el Abasto se mostraba atiborrado y cómodo al mismo tiempo. No era raro encontrar varios grupos de gente a toda hora hablando de cine, incluso muchas veces (más de las que el lector se podría imaginar) en el grupo de gente había un director de los que presentaban la película, actores o distribuidores que negociaban el estreno de la película. Todo en el mismo lugar, con esa impronta festivalera única que daba el encuentro espontáneo. Pero en un momento, se decidió cambiar la sede a un lugar “mejor” y el Village Recoleta recibió el festival en su seno.

El Complejo, cuyo hall central entero es inferior en tamaño incluso al espacio donde en el Abasto se compran entradas, se transformó en el escenario donde los cinéfilos terminamos asistiendo. Los problemas de espacio son minucias en un día de buen clima, y se transforman en verdaderas pesadillas cuando se larga a llover. Las filas no entran en el lobby y los espectadores quedan afuera del cine a merced del clima. Los periodistas tienen que caminar más de dos cuadras hasta las oficinas de prensa y las escasas opciones de comida del “patio de comidas” del Recoleta mal fuerzan al público a ir a comer a algunos de los restaurantes que quedan a la vuelta, caros e incómodos.

Este cambio de sede, que no conformó ya hace 5 años, se sostuvo pese a todas las críticas recibidas. Y así, vimos como el público del festival terminó menguando ante la estrafalaria asistencia que vemos hoy día..gente con poco cine pero con “mucha actitud”. Y así, la única ventaja real de pasar al Village (la calidad de proyección), termina siendo arruinada por la compra de pochoclos que este nuevo público parece no poder evitar, las charlas en medio de las películas y las risas ante la esporádica visión de un genital masculino, entre otras.

El BAFICI, 20 años después, mantiene el nombre, pero de aquello fundacional, poco y nada. Hoy es una cáscara. Se percibe en la calidad de las películas en competencia, se vive en las salas donde al público le da lo mismo si se proyecta Avengers o la última de Santiago Mitre, y hasta en la falta de vergüenza con la cual el festival aplica el criterio de tener como jurado en una de las competencias al director de un film que compite por un premio en la misma edición.

Y entonces veinte ediciones después, nos encontramos que aquel festival que en 1999 surgió como una ventana para el nuevo cine argentino, aquel cine que surgió para reflejar las vivencias y experiencias de una sociedad desahuciada por casi una década de políticas neoliberales, hoy saltea al intermediario y se transforma a sí mismo en el reflejo de los tiempos políticos que corren.

Amiguismo, elitismo, mucha propaganda oficial y una presencia más notoria en las casas de clase media con una propuesta artística mediocre pero llamativa (como proyectar ET, hermosa y conocida película familiar, pero que de independiente no tiene ni el color rojo) mientras por detrás se oculta el vaciamiento cultural de un festival que prioriza en su programación los grandes nombres por sobre las grandes historias, que proyecta gran cantidad de películas que ya tienen asegurada su distribución y estreno en el país y que, llamativamente, deja afuera las películas que nos llevaron a preguntarnos por aquello del cine para representar de una y mil maneras la vida.

¿Y eso, para qué? Se preguntarán algunos...Al cine mejor venir para divertirse, que ya bastantes problemas nos hacemos en casa.♦♦


 Daniel Lighterman es argentino. Crítico de cine, docente de Artes Audiovisuales en las áreas de Montaje y Dirección, y dicta cursos de Análisis e Historia del cine


[1] file:///C:/Users/Dani/Downloads/139-427-1-PB.pdf

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