ABELARDO CASTILLO, in memoriam

Escribe Pedro Cazes Camarero - 2 de mayo de 2017

“In Heaven a spirit doth dwell/ Whose heart-strings are a lute / None sing so wild, so well / As the angel Israfel / And the giddy stars are mute”

 (En el Cielo mora un espíritu, cuyas cuerdas del corazón son un laúd; ninguno canta mejor, ni con tal frenesí, como el ángel Israfel, y las vertiginosas estrellas callan”)


En la agonía de la dictadura que se llamó a sí misma “Proceso”, el fantasma sombrío de las Malvinas permitió que a las cárceles entraran, sin orden ni concierto, centenares de libros hasta entonces vedados a los presos políticos, polvorientas colecciones encuadernadas de viejas revistas “Femirama” o “Leoplán”. También se abrieron para nosotros los anaqueles de las bibliotecas carcelarias. Descolados más por los años que por las lecturas, muchos volúmenes llegaron a las manos de quienes, por una suerte loca, trabajábamos en la sala de encuadernación del penal de Rawson.  De vez en cuando se nos permitía llevarnos algunos de esos libros a nuestras celdas, para hojearlos por las noches. Abelardo Castillo estaba prohibido por la dictadura, que había realizado un auto de fe con sus obras, junto con las de Cortázar, Costantini, Rodolfo Walsh y el famoso Curso sobre la Cuba Electrolítica.

Entre las hojas roñosas y casi ilegibles de un ejemplar sin tapa, creí entrever una foto conocida y pedí prestada la pequeña colección encuadernada que, bajo el foquito mortecino de mi celda, confirmó mi corazonada: los seis únicos números del “Grillo de Papel”, la revista de Abelardo y Humberto Costantini que Frondizi, abocado a la interminable represión a la Segunda Resistencia, había prohibido durante el Plan Conintes, allá por el año 1960. El prodigio de que las obras perdidas y libradas a las llamas -o al siempre higiénico olvido- hubieran sido preservadas en estantes carcelarios era maravilloso. Al día siguiente, encuaderné de nuevo el ejemplar y lo devolví respetuosamente a las colecciones eclécticas de la biblioteca de la cárcel, que había demostrado su eficacia indiscutible para preservarlo.


En el frenesí revolucionario de comienzos de los ’60, ciertos prodigios nos fueron dados y los aceptamos con naturalidad, como si los mereciéramos. ¿Cómo podríamos tolerar el brillo de las generaciones de escritores superpuestas que no cesaban de sumergirnos en un océano de ideas y de maravillosas palabras, relucientes, como nuevas, correlato pensábamos entonces, de la loca audacia de nuestros combates y nuestras insurrecciones? Ese librito de 1963, de un dramaturgo casi desconocido, o más bien conocido por perseguido, no por leído realmente,  Poe aparece como un choborra irredento capaz de conjurar más que nada a las palabras, como nos advertía, alucinado, Baudelaire, desde su ya añejo 1856. Palabras que son la real materia de los sueños, y no las ideas, boludo, Israfel es el ángel, Poe, su fantasma, y ahí el propio Abelardo, conjurándolos a todos en la grisácea mediocridad desencadenada por la penúltima dictadura. Apenas diez años mayor que nosotros, Abelardo aplicó su intrepidez a enfrentarse con el stalinismo, primero, con el fascismo, después, mientras iban desapareciendo Humberto y Rodolfo y muriendo Marechal dejándonos sus cuadernos azules que tanto le gustaban.

Y nosotros, nosotros, sin percatarnos ni entonces ni tardíamente del lujo de tenerlo (todavía) entre nosotros...

De que estuviera con el cuchillo entre los dientes de una prosa que siempre, siempre, resultó la poesía y la música de los tiempos.


Edgar Allan Poe, “Israfel” - (Trad. P.C.C.)

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